Amor imaginado, vínculo real
¿Dónde quedó mi cuento de Hadas?
Mónica Mohedas Rodríguez
Hoy en día, en un mundo donde abundan las promesas de compatibilidad perfecta y los discursos sobre el amor ideal, muchas personas se embarcan en relaciones con la esperanza de encontrar a su “media naranja”, ese ser ideal que encaje a la perfección con sus deseos, expectativas y sueños.
Esta búsqueda del amor perfecto, alimentada por cuentos de hadas, redes sociales, modelos culturales y experiencias compartidas, está impregnada de idealizaciones y expectativas que prometen una plenitud emocional casi mágica. Sin embargo, cuando estas fantasías se enfrentan a la realidad, con sus contradicciones, imperfecciones y desafíos cotidianos, no es raro que aparezca el desencanto.
Las relaciones reales no siempre se ajustan a lo que imaginamos, requieren mucho más que afinidad o compatibilidad. Implican esfuerzo, autoconocimiento, capacidad de diálogo y madurez emocional. Cuando el ideal se impone sobre la experiencia, puede surgir una brecha dolorosa entre lo que se espera y lo que realmente se vive en el vínculo amoroso. Reconocer esta distancia no significa renunciar al amor, sino comenzar a construirlo desde un lugar más consciente y humano.
Con este artículo invitamos a reflexionar sobre cómo se construyen y transforman nuestras ideas sobre el amor y las relaciones de pareja. A través de un recorrido por teorías psicológicas como la propuesta triangular de Sternberg, aportes del psicoanálisis sobre la idealización y estudios empíricos e investigaciones, exploramos cómo el contraste entre lo que idealizamos y lo que realmente vivimos puede influir en nuestras decisiones afectivas, generar tensiones, decepciones y, en muchos casos, abrir la puerta a vínculos más conscientes y maduros.
El Amor Idealizado: una Construcción Cultural y Psíquica
Diversos estudios han demostrado que nuestras ideas sobre el amor y las relaciones de pareja no surgen de manera espontánea, sino que se construyen social y culturalmente a lo largo del tiempo. El modelo de ideal romántico que promete plenitud, fusión emocional y felicidad eterna, se configura a partir de múltiples influencias como la familia, la educación, los medios de
comunicación y los mitos culturales que lo perpetúan. Investigaciones como las de Fonseca (2019) señalan que el amor romántico se sostiene sobre pilares como la familia patriarcal, la maternidad idealizada y narrativas que promueven la entrega total y la exclusividad afectiva. A su vez, estudios como el de Cortez (2021) advierten que los medios digitales y audiovisuales refuerzan estos ideales, especialmente entre adolescentes, generando expectativas poco realistas y fomentando dinámicas de control y dependencia emocional.
Desde la psicología, se ha observado que la consistencia entre el ideal de pareja y la percepción de la relación influye directamente en la satisfacción afectiva y en los intentos de regulación emocional dentro del vínculo (Arrieta & Núñez, 2010). Además, investigaciones en adolescentes muestran que los mitos del amor romántico pueden justificar la violencia en el noviazgo y dificultar el establecimiento de relaciones igualitarias (Hernández Domínguez et al, 2020).
Este desfase entre lo que se desea y lo que se elige puede generar tensiones internas y externas. La pareja se convierte en un espejo que refleja no solo lo que el otro es, sino también lo que uno proyecta sobre él. En este sentido, el amor idealizado no es solo una fantasía cultural, sino también una construcción psíquica. Desde la infancia, aprendemos a imaginar el amor como una experiencia sublime, donde el otro nos completa y nos hace felices. Esta idea se refuerza en la familia, los medios y la cultura, generando un modelo de pareja ideal que muchas veces se aleja de la realidad.
En conjunto, estas evidencias nos invitan a cuestionar el modelo del “amor perfecto” y a promover una visión más realista, flexible y saludable de las relaciones de pareja.
La Idealización como Mecanismo Psíquico
Desde el enfoque psicoanalítico, la idealización es vista como un mecanismo natural que nos ayuda a vincularnos afectivamente con otras personas. Sigmund Freud (1914) explicaba que, al enamorarnos, tendemos a exagerar las cualidades del otro, envolviéndolo en una imagen idealizada que no siempre corresponde con la realidad. Más adelante, Melanie Klein (1946) profundizó en esta idea, señalando que solemos dividir nuestras percepciones entre “lo bueno” y “lo malo”, proyectando en la pareja todo lo positivo y dejando de lado lo que nos incomoda.
Idealizar a la pareja puede ser útil al inicio de la relación, ya que nos permite acercarnos emocionalmente. Sin embargo, si esa imagen ideal no se ajusta con el tiempo a la realidad del otro, pueden aparecer frustraciones, conflictos e incluso rupturas. Como señala Lemaire (2021), muchos conflictos de pareja surgen de las dinámicas de idealización y desidealización, procesos inevitables en toda relación afectiva y, especialmente, en las relaciones amorosas. Para que el amor evolucione hacia una forma más madura, es necesario atravesar un proceso de desidealización, en el que aprendemos a aceptar al otro con sus virtudes y defectos.
Además, la idealización también cumple una función protectora y adaptativa protegiéndonos de la ansiedad que genera el contacto con lo desconocido, nos ayuda a reducir el miedo al rechazo, a la soledad o al abandono. Pero cuando la convivencia revela aspectos que no encajan con esa imagen idealizada, se produce una crisis emocional que puede derivar en tristeza, desilusión o, en el mejor de los casos, en crecimiento personal y relacional.
Del Desencanto al Amor Maduro
La desidealización no implica el fin del amor, sino su transformación. Cuando se acepta al otro como es, sin filtros ni proyecciones, se abre la posibilidad de construir un amor más realista y profundo. Fromm (2003) define el amor maduro como la unión que preserva la individualidad, donde se ama al otro no por necesidad, sino por elección consciente.
En este contexto, el pensamiento de este autor aporta una mirada profundamente humanista y crítica sobre el amor, que puede enriquecer nuestra comprensión de las relaciones reales frente a los ideales románticos. Sostiene que el amor no es un sentimiento espontáneo ni garantizado, sino un arte que requiere aprendizaje, disciplina y compromiso. Advierte que, sin trabajo interior, sin autoconocimiento y sin una voluntad activa de amar, estos componentes pueden quedarse en la superficie. Esta visión contrasta con la idea de que el amor “simplemente sucede” y se alinea con la teoría triangular del amor de Sternberg (1998), quien propone que el amor completo se construye sobre la intimidad, la pasión y el compromiso. Sin embargo, en muchas relaciones, los triángulos reales difieren de los ideales, lo que puede generar conflictos y desencuentros.
Por ejemplo, una persona puede esperar un amor consumado, mientras su pareja vive un amor romántico sin compromiso. Esta diferencia en la geometría del triángulo amoroso puede llevar a frustraciones, rupturas o relaciones cíclicas y patológicas. Además, los triángulos amorosos están influenciados por el género, la historia personal y los estereotipos sociales.
Este tipo de amor maduro requiere atravesar el duelo por el ideal perdido, aceptar la ambivalencia y construir acuerdos desde la comunicación y el respeto. Como señala Zúñiga (2025), este amor surge tras el enamoramiento y la desilusión, cuando se puede ver al otro como realmente es y decidir si se quiere seguir compartiendo la vida con él.
El amor maduro no es perfecto, pero es profundo. No se basa en la fusión ni en la dependencia, sino en la capacidad de compartir desde la diferencia. Implica reconocer que el otro no está para cumplir nuestros sueños, sino para acompañarnos en la construcción de una realidad compartida.
Idealización, duelo y reconstrucción
El proceso de desidealización puede vivirse como una pérdida. No se pierde al otro, sino la imagen que se había construido de él. Este duelo, si se elabora adecuadamente, permite reconstruir el vínculo desde una base más realista. Se pasa de amar lo que se imaginaba a amar lo que realmente es.
En este sentido, la psicología, desde sus distintas vertientes, nos invita a comprender estos procesos para acompañar a las personas en la construcción de relaciones más sanas, conscientes y satisfactorias, ayudándolas a identificar sus ideales, sus proyecciones y sus mecanismos de defensa. El objetivo no es eliminar la idealización, sino transformarla en una herramienta de crecimiento.
¿Cómo equilibrar lo imaginado con lo real?
- Reconoce la idealización como parte del inicio: Idealizar no es un error, pero sí es importante ser consciente de que la pareja real no coincide totalmente con la imagen creada. La idealización debe evolucionar hacia una visión más objetiva.
- Acepta la ambivalencia: virtudes y defectos: El amor maduro implica ver al otro tal como es, con luces y sombras. Pregúntate: ¿puedo convivir con sus aspectos difíciles sin resentimiento?.
- Comunicación honesta y frecuente: Hablar de expectativas, límites y necesidades evita suposiciones y reduce la distancia entre lo que se espera y lo que se vive.
- Cultiva paciencia y tolerancia a la frustración: Las relaciones requieren tiempo y trabajo. La inmediatez y la búsqueda de perfección son enemigas del amor real.
- Desarrolla autoconocimiento: Muchas idealizaciones nacen de carencias personales, trabajar en uno mismo fortalece el vínculo.
- Construye proyectos compartidos realistas: Diseña metas alcanzables que reflejen la realidad de ambos, no solo fantasías. Esto refuerza el compromiso y la intimidad.
- Practica el “arte de amar”: Como señala Fromm (2003), amar requiere disciplina, concentración, paciencia y preocupación. No es solo sentir, es elegir y actuar cada día.
En definitiva, idealizar es humano, pero amar implica aceptar. Las relaciones de pareja que se sostienen en el tiempo son aquellas que logran transitar del cuento de hadas al encuentro real entre dos personas completas, que se eligen desde la libertad y la conciencia. Reconocer la diferencia entre el ideal y lo real no significa renunciar al amor, sino abrirse a una forma más profunda, empática y madura de vincularse.
Referencias Bibliográficas
Arrieta, K. M., & Núñez, K. R. (2010). Consistencia ideal-percepción y regulación en las relaciones románticas de adultos jóvenes: El papel de variables personales y de la relación. Summa Psicológica UST, 7(1), 63-78.
Freud, S. (1984). Introducción del narcisismo. En J. L. Etcheverry (Traduc.), Obras completas: Sigmund Freud (Vol. 14). Buenos Aires: Amorrortu. (Trabajo original publicado 1914)
Hernández Domínguez, Yeni Alejandra, Castro Ríos, Ana de Lourdes, & Barrios González, Erika Egleontina. (2020). Creencias del amor romántico en adolescentes: una intervención desde la investigación-acción. Sinéctica, (55), e1095. Epub 20 de enero de 2021.https://doi.org/10.31391/s2007-7033(2020)0055-007
Klein, M. (2021). Notas sobre algunos mecanismos Esquizoides (1946).
Lemaire, J. G. (2021). La pareja Humana: su vida, su muerte. La estructuración de la pareja humana. México: Fondo de Cultura Económica.
Meza Cortez, A. L. (2021). Amor romántico en adolescentes del siglo 21 y la influencia de los medios de comunicación.
Flores Fonseca, V. M. (2019). Mecanismos en la construcción del amor romántico. La ventana. Revista de estudios de género, 6(50), 282-305.
Reyes Zúñiga, M. (2025). La idealización como proceso dentro de la relación de pareja.
Vidal, J. J. V. (2023). Erich Fromm y el arte de amar en la cotidianidad actual.

