Estrés vs Ansiedad
Fátima Liern Velasco
Y TÚ, ¿ESTÁS ANSIOSO/A O ESTÁS ESTRESADO/A?
En los últimos diez años términos como “salud mental” y “enfermedad mental” han ganado popularidad en el vocabulario colectivo (Haslam y Baes, 2024). Estudios como el de Xiao et al. (2023), muestran a su vez una creciente expansión semántica de términos como “ansiedad” y “depresión”, siendo empleados cada vez más en contextos amplios y no clínicos, lo que podría generar imprecisiones conceptuales a la hora de hacer un uso correcto de estas palabras, así como dificultades para analizar y delimitar su significado clínico. Una posible explicación a este fenómeno podría ser la presencia de un mundo cada vez más conectado mediante plataformas virtuales, donde existe un mayor acceso a información que en varias ocasiones puede no estar del todo contrastada, lo que nos puede llevar a cometer errores al hacer un correcto empleo de la terminología mencionada (Suarez-Lledó y Álvarez-Galvez, 2021; Starvaggi et al., 2024).
Es entonces cuando observamos que dicha proliferación de términos propios del ámbito clínico en el vocabulario colectivo, ocasionada por un mayor alcance de la información e interés por la salud mental, arroja aspectos tanto favorables como desfavorables. Por una parte, resulta beneficioso al recalcar la importancia de abordar este ámbito tan importante como es la salud mental para cuidar la propia y promocionar la búsqueda de aprendizajes y ayudas en torno a esta área. Por otra parte, se empiezan a apreciar errores y discrepancias en el uso de ciertos términos que conviene tener en cuenta si queremos cuidar apropiadamente nuestra salud mental, ya que conocer sus definiciones correctas nos ayudará a identificar y definir con mayor exactitud qué nos puede estar sucediendo.
Un ejemplo de confusión de términos del ámbito de la salud mental es el comúnmente conocido como “estar deprimido” para referirnos a la tristeza natural que se experimenta tras una pérdida. En este sentido, la tristeza consiste en un estado emocional sano que nos informa de una pérdida mientras que la depresión constituye un término utilizado en un entorno clínico con criterio diagnóstico, cuyo componente más característico no es tanto la tristeza sino el sentimiento de vacío y anhedonia o pérdida de placer por actividades que antes sí nos lo generaban (Maj, 2020). Si bien esta diferencia parece haber ido aclarándose con los años, existen otro par de términos que parecen utilizarse indiscriminadamente y siendo elementos diferenciados, ambos adaptativos pero con significados distintos: la ansiedad y el estrés.
Por qué se confunden: semejanzas y diferencias.
De forma resumida, el estrés, la activación (arousal) y la ansiedad son constructos psicológicos relacionados pero distintos que influyen en la cognición, el comportamiento y el rendimiento (Buenrostro-Jáuregui et al., 2025). Según Buenrostro-Jáuregui et al., (2025), mientras el estrés se define como el proceso de percepción y respuesta ante estímulos desafiantes o amenazantes, la activación o arousal sería la respuesta fisiológica inmediata al estrés, que actúa activando el sistema nervioso autónomo y liberando hormonas para preparar al organismo para la acción. La ansiedad, en cambio, puede surgir tras un estrés prolongado o repetido (estrés crónico) y se vincula con estados emocionales específicos y procesos cerebrales, existiendo aquí la posible confusión en el uso de términos, pues patrones crónicos de estrés pueden inducir comportamientos ansiosos (Buenrostro-Jáuregui et al., 2025).
En cuanto a las semejanzas entre la ansiedad y el estrés, ambos términos son respuestas adaptativas del organismo, de modo que cumplen una función evolutiva: preparan al organismo para afrontar una demanda o posible amenaza (Godoy et al., 2018). Sin embargo, el estrés actúa como una respuesta general de activación mientras que la ansiedad, como emoción que es, se activa de forma puntual dependiendo de las características de la situación (Godoy et al., 2018; Andreescu et al, 2015). De esta manera, el estrés puede activarse tanto en situaciones que produzcan alegría o euforia como en otras que impliquen miedo, rabia o tristeza, mientras que la ansiedad se activa en situaciones puntuales de malestar estrechamente relacionadas con el miedo (Andreescu et al., 2015). Para ello, tanto el estrés como la ansiedad emplean recursos físicos y mentales con el objetivo de generar rápidamente dicha respuesta al estímulo que los despierta (Buenrostro-Jáuregui et al., 2025; Godoy et al., 2018).
A su vez, la ansiedad y el estrés conllevan una activación fisiológica del sistema nervioso autónomo (principalmente el simpático o SNS), por lo que se manifiestan mediante síntomas similares, siendo algunos de estos: aumento de la frecuencia cardiaca, tensión muscular, respiración acelerada, sudoración e inquietud corporal (Daviu et al., 2019; Godoy et al., 2018). Sin embargo, el estrés activa rápidamente ejes del SNS como el simpático-adreno-medular (SAM) y el hipotálamo-hipófiso-adrenal (HPA), liberando así el cortisol que facilita las respuestas de lucha o huida (Godoy et al., 2018); mientras que la ansiedad activa áreas relacionadas con la anticipación de peligro y la preocupación, como la ínsula (relacionada con la anticipación de estados aversivos o conciencia interoceptiva), la amígdala (que detecta estímulos emocionalmente relevantes), la corteza cingulada anterior (relacionada con procesos de monitoreo emocional ante el conflicto) y la corteza prefrontal y ventrolateral (principal área de regulación cognitiva de las respuestas emocionales del organismo) (Daviu et al., 2019). Según Daviu et al. (2019), tanto estrés como ansiedad comparten también la activación de la amígdala, por ser una estructura central en la detección de la amenaza.
Esta activación promovida por ambos también tiene un impacto en funciones ejecutivas como el pensamiento y la atención, pudiendo quedar alteradas al punto de experimentar problemas de concentración, sensación de fatiga mental, pensamientos repetitivos y una flexibilidad cognitiva disminuida (Belloch et al., 2020). En cuanto a su impacto a nivel emocional, ambos fenómenos despiertan emociones como la irritabilidad, el nerviosismo, la frustración y en casos más graves, la sensación de desbordamiento emocional (Buenrostro-Jáuregui et al., 2025).
Todo lo anterior tiene un impacto en nuestro funcionamiento diario, pues la presencia continua de estados de estrés o ansiedad afectan al bienestar general, pudiendo originar problemas de sueño y peor rendimiento académico/laboral. Dicho malestar motiva respuestas conductuales como la evitación y el escape, y esto sucede tanto en casos de estrés como de ansiedad (Godoy et al, 2018; Daviu et al., 2019). Sin embargo, mantenidas en el tiempo tanto el estrés como la ansiedad pueden ocasionar un agravamiento del organismo, ocasionando faltas de autocuidado y empeoramiento de la sintomatología anteriormente descrita (problemas de sueño, académico-laborales), pudiendo derivar en cuadros patológicos. De hecho, si bien hemos mencionado que tanto estrés como ansiedad son respuestas adaptativas, cuando se produce una exposición de estrés intensa, prolongada o en edades tempranas del desarrollo, puede desbordar al organismo e impedir su capacidad de recuperar el equilibrio, aumentando así la vulnerabilidad a trastornos mentales como la ansiedad (Godoy et al., 2018). Es aquí donde sucede la confusión principal, pues la ansiedad puede entenderse en casos así como una consecuencia de patrones de estrés mal regulados, compartiendo con este la activación de sistemas neurobiológicos implicados en la detección de amenaza y preparación a la acción, aunque diferenciándose en su persistencia e implicaciones clínicas (Godoy et al., 2018).
Aprendiendo a identificar: ejemplos cotidianos de estrés/ansiedad
El estrés suele ser una respuesta emocional y fisiológica en respuesta a un desencadenante externo, por lo que disminuye cuando ese factor desaparece (American Psycological Association [APA], 14 de febrero de 2022). Por el contrario, la ansiedad es un estado prolongado de aprensión o inquietud que puede persistir incluso sin un desencadenante inmediato (APA, 2019). Según Selye (1936, como se cita en Castillo y González-Leandro, 2010), el estrés es una respuesta inespecífica del organismo ante cualquier demanda que altera la homeostasis, y según su teoría del Síndrome General de Adaptación o SGA, dicho estrés comprende tres fases: alarma (reacción inicial y movilización de recursos), resistencia (adaptación continua y mantenida en el tiempo) y agotamiento (agotamiento de reservas adaptativas).
Para clarificar ambos conceptos en el ámbito coloquial, un ejemplo de ansiedad sería manifestar verbalizaciones de tipo “y sí”, que reflejan un miedo hacia el futuro o lo desconocido (ej.“¿y si este trabajo no está a la altura?”, “¿y si mi jefe piensa que no valgo?, ¿y si me despiden?”) (Coutinho et al., 2017). Como podemos observar, a este tipo de pensamientos les suele anteceder una sensación de inquietud que puede venir acompañada de autocrítica (ej. “seguro que no lo he hecho bien”). Es importante conocer estas señales para detectarlas a tiempo y prevenir el proceso, de forma que el objetivo cuando sucedan sea desatender el contenido de su mensaje y prestar atención al mensaje subyacente que realmente transmiten. Un ejemplo podría ser: “vale, estoy pensando así porque esto me preocupa, eso es ansiedad”. Desde ahí podemos dar comienzo a una nueva línea de pensamiento que, en lugar de abrumarnos y empeorar los niveles de ansiedad, nos motive a identificar el problema y resolverlo (ej. “vale ¿qué me preocupa?: haberme equivocado. Eso significa que me importa. Además, estoy a tiempo de preguntar a mis superiores dudas y verificar que lo he entendido correctamente”). En el caso del estrés el camino es distinto, pues este nos revela niveles de activación pero sin dirección emocional. Mientras que la ansiedad refleja una emoción, el estrés refleja activación (ej. “no me da la vida, tengo demasiadas cosas que hacer”).
Resumiendo, entre todas las características que comparte ansiedad y estrés existe aspecto clave para diferenciarlos: A diferencia de la ansiedad, el estrés no aparece por un miedo anticipatorio sino todo lo contrario: el estrés aparece ante una demanda presente, real y concreta (Buenrostro-Jáuregui et al., 2025). De este modo, la forma de abordar el estrés es aprender a disminuirlo encontrando puntos de control hacia esa demanda, como pueden ser organizarse mejor, priorizar las tareas relevantes, reforzar la importancia de respetar los descansos para evitar saturarnos, entendiendo que forman parte del progreso y son distintos al concepto de abandonar. Conocer la diferencia entre ansiedad y estrés nos ayuda a saber detectar nuestro estado actual para ponerle una solución adecuada y de calidad, al saber identificar si se trata de una preocupación basada en un suceso incierto o futuro (ansiedad) o si se trata de un estado de activación mantenido en el tiempo ante una situación presente que empieza a genera agotamiento (estrés prolongado).
Referencias:
American Psychological Association. (14 de febrero de 2022). What’s the difference between stress and anxiety? Knowing the difference can ensure you get the help you need. https://www.apa.org/topics/stress/anxiety-difference?utm
Andreescu, C., Mennin, D., Tudorascu, D., Sheu, L. K., Walker, S., Banihashemi, L., y Aizenstein, H. (2015). The many faces of anxiety: Neurobiological correlates of anxiety phenotypes. Psychiatry Research: Neuroimaging, 234(1), 96–105. https://doi.org/10.1016/j.pscychresns.2015.08.013
Buenrostro-Jáuregui, M.H., Muñóz-Sánchez, S., Rojas-Hernández, J., Alonso-Orozco, A.I., Vega-Flores, G., Tapia-de-Jesús, A., y Leal-Galicia, P. (2025).
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Belloch, A., Sandín, B., y Ramos, F. (2020). Manual de psicopatología (Vol. 1, 3.ª ed.)
Castillo, M. D., y González Leandro, P. (2010). Estrés y ansiedad: Relación con la cognición. En 11º Congreso Virtual de Psiquiatría, Interpsiquis. https://www.researchgate.net/publication/274376678_Estres_y_Ansiedad_Relacion_con_la_cognicion
Coutinho, F. C., Dias, G. P., Marques, R. S. F., Rangé, B. P., Brasil, M. A. A., Filpi, A., y Nardi, A. E. (2017). Adaptación de un protocolo cognitivo-conductual de trastornos de ansiedad generalizada para pacientes con bajo nivel educativo. Temas em Psicologia, 25(3), 1411–1426. https://doi.org/10.9788/TP2017.3-22
Daviu, N., Bruchas, M. R., Moghaddam, B., Sandi, C., y Beyeler, A. (2019). Neurobiological links between stress and anxiety. Neurobiology of stress, 11, 100191. https://doi.org/10.1016/j.ynstr.2019.100191
Godoy, L. D., Rossignoli, M. T., Delfino-Pereira, P., Garcia-Cairasco, N., y de Lima Umeoka, E. H. (2018). A Comprehensive Overview on Stress Neurobiology. Frontiers in Behavioral Neuroscience 12:127. https://doi.org/10.3389/fnbeh.2018.00127
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Suarez-Lledó, V., y Álvarez-Galvez, J. (2021). Prevalence of health misinformation on social media: systematic review. Journal of Medical Internet Research, 23(1), e17187. https://doi.org/10.2196/17187
Starvaggi, I., Dierckman, C., y Lorenzo-Luaces, L. (2024). Mental health misinformation on social media: review and future directions. Current Opinion in Psychology, 56, 101738. https://doi.org/10.1016/j.copsyc.2023.101738
Xiao, Y., Baes, N., Vylomova, E., y Haslam, N. (2023). Have the concepts of ‘anxiety’ and ‘depression’ been normalized or pathologized? A corpus study of historical semantic change. PLoS ONE, 18(6), e0288027. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0288027
