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La trampa de la autoexigencia

 

 

 

 

 

Gisella Brandi

 

Los seres humanos nacemos con un impulso natural por crecer y superarnos para sentirnos bien con nosotros mismos. De hecho, autores como Ryan y Deci (2020) señalan que esta motivación interna es lo que nos mueve en el día a día. El problema es que, en el mundo actual, ese deseo por mejorar se tuerce y se convierte en una presión interna. Lo que inicialmente nace como una motivación para alcanzar metas individuales puede derivar en autoexigencia desmedida. Actualmente vivimos en una cultura muy enfocada en el rendimiento y el éxito visible, donde la línea entre el esfuerzo saludable y la autocrítica destructiva se ha vuelto muy delgada.

 

 

El perfeccionismo como termómetro

 

La evidencia científica actual divide este fenómeno en dos dimensiones principales (Callaghan et al 2023). Por un lado, están las preocupaciones perfeccionistas, que se centran en el miedo constante a cometer errores, en la autocrítica ante el fallo y en la sensación de no cumplir con las expectativas, siendo esta la parte que más malestar genera por su vínculo directo con la ansiedad y la depresión. Por otro lado, están los esfuerzos perfeccionistas, que implica fijarse metas altas y centrarse en el logro, una autoexigencia que puede incrementar el rendimiento pero que resulta disfuncional si el éxito se convierte en la única vía para validar la autoestima.

El problema de esta dinámica es que el valor personal pasa a depender por completo de los resultados, por lo que la autoestima sube y baja según los logros conseguidos (Hewitt et al., 2017). Cuando la identidad depende de una base tan inestable, cualquier fallo o bajada en el rendimiento deja de ser un simple error en una tarea y se percibe como un fracaso personal absoluto.

 

 

Valgo lo que produzco

 

Cuando nos dejamos llevar por la autoexigencia, la manera de valorar lo que somos cambia por completo. Empezamos a creer que valemos solo por lo que conseguimos y por lo productivos que somos en el día a día, un fenómeno que la psicología conoce como autoestima contingente (Kernis, 2003). Esto hace que nuestra seguridad se vuelva frágil y que necesitemos demostrar continuamente lo que valemos. En este contexto, se deja de trabajar por la motivación de alcanzar una meta y se empieza a actuar únicamente por el miedo a fallar. Este desgaste no se limita al ámbito individual, la ciencia ha demostrado que cuando sentimos que el entorno nos exige ser perfectos, el malestar se traslada inevitablemente a nuestras relaciones, asociándose de forma directa con niveles elevados de problemas interpersonales (Hill et al., 1997). De este modo, la misma rigidez con la que nos medimos termina convirtiéndose en una barrera que nos distancia de los demás.

 

 

El camino al agotamiento

 

La autoexigencia desmedida no se limita a un estilo de pensamiento, sino que se manifiesta de manera conductual en nuestra rutina.Uno de sus efectos más comunes y frustrantes es la procrastinación motivada por la autocrítica y el afecto negativo (Rebetez et al., 2014). El desgaste de vivir bajo este juicio constante es enorme. Mantener esta presión a diario consume energía y nos acaba conduciendo al agotamiento físico y emocional. En este sentido, cuando nos exigimos que todo salga impecable, cualquier fallo deja de ser un simple error en una tarea y se convierte en un fracaso personal. Para protegernos de ese juicio tan duro, el miedo a fallar nos bloquea y terminamos posponiendo lo que tenemos que hacer (Yosopov et al., 2024).

 

 

El camino hacia la autocompasión

 

Cuando nos bloqueamos por culpa de esa presión, la respuesta lógica suele ser exigirnos todavía más. Sin embargo, estudios como los de Neff et al., (2021) muestran que lo que funciona en estos casos es desarrollar la autocompasión. En ocasiones, rechazamos esta idea porque la confundimos con sentir lástima por nosotros mismos o con resignarnos. Sin embargo, la autocompasión consiste en tratarnos con la misma amabilidad y comprensión con la que trataríamos una persona cercana que atraviesa un momento complicado (Neff, 2023). 

 

Las intervenciones psicológicas actuales demuestran que la autocompasión reduce significativamente la ansiedad al actuar sobre tres pilares fundamentales (Neff, 2023):

  1. Autoamabilidad: Consiste en tratarnos con afecto y paciencia cuando las cosas salen mal, en vez de castigarnos con una autocrítica dura que solo nos hace sentir peor.
  2. Humanidad compartida: Es recordar que equivocarse, sufrir o no llegar a todo es algo normal de los seres humanos. Implica reconocer que el error y las dificultades forman parte de la experiencia de cualquier persona, en lugar de sentir que somos los únicos que fallamos.
  3. Atención plena (Mindfulness): Implica sentir y aceptar las emociones difíciles con equilibrio. Implica reconocer las emociones difíciles, sin intentar ignorar el dolor pero sin dejar que ese pensamiento nos arrastre y nos domine por completo.

 

 

Reemplazar el reproche por la aceptación, disminuye el estrés y aumenta la resiliencia psicológica ante las adversidades cotidianas (Geranmayepour y Besharat, 2010). En este sentido, Regular las emociones a través de la autocompasión funciona como un escudo contra el estrés, ya que nos permite normalizar el error y reduce la tendencia a posponer las tareas. La clave no está en renunciar al crecimiento, sino en evitar que la exigencia derive en una parálisis que nos impida actuar (Sirois, 2014).

 

 

Conclusión

 

Querer mejorar es natural, pero hoy es fácil caer en la trampa de creer que solo valemos por lo que producimos. Esa autoexigencia desmedida nos llena de ansiedad, nos hace procrastinar por miedo a fallar y destruye nuestra autoestima. La solución no es presionarnos más, sino aprender a tratarnos con autocompasión, siendo amables con nuestros errores, recordando que fallar nos hace humanos y aceptando nuestras emociones sin que nos dominen. No se trata de renunciar a tus metas, sino de entender que creces más cuando te aceptas que cuando te machacas.

 

 

 

Referencias

Callaghan, T., Greene, D., Shafran, R., Lunn, J., y Egan, S. J. (2023). The relationships between perfectionism and symptoms of depression, anxiety and obsessive-compulsive disorder in adults: a systematic review and meta-analysis. Cognitive Behaviour Therapy, 53(2), 121–132. https://doi.org/10.1080/16506073.2023.2277121

Hewitt, P. L., Flett, G. L., y Mikail, S. F. (2017). Perfectionism: A Relational Approach to Conceptualization, Assessment, and Treatment. Guilford Press

Hill, R. W., Zrull, M. C., y Turlington, S. (1997). Perfectionism and interpersonal problems. Journal of Personality Assessment, 69(1), 81–103. https://doi.org/10.1207/s15327752jpa6901_5

Kernis, M. H. (2003). Toward a Conceptualization of Optimal Self-Esteem. Psychological Inquiry, 14(1), 1–26. https://doi.org/10.1207/s15327965pli1401_01

Neff K. D. (2023). Self-Compassion: Theory, Method, Research, and Intervention. Annual review of psychology, 74, 193–218. https://doi.org/10.1146/annurev-psych-032420-031047

Neff, K. D., Tóth-Király, I., y Knox, M. C. (2021). The development and validation of the Self-Compassion Scale for youth. Journal of Personality Assessment, 103(1), 92–105.

Rebetez, M. M. L., Rochat, L., y Van Der Linden, M. (2014). Cognitive, emotional, and motivational factors related to procrastination: A cluster analytic approach. Personality and Individual Differences, 76, 1–6. https://doi.org/10.1016/j.paid.2014.11.044

Ryan, R. M., y Deci, E. L. (2000). Self-determination theory and the facilitation of intrinsic motivation, social development, and well-being. American Psychologist, 55(1), 68–78. https://doi.org/10.1037/0003-066x.55.1.68

Geranmayepour, S., y Besharat, M. A. (2010). Perfectionism and mental health. Procedia – Social and Behavioral Sciences, 5, 643–647. https://doi.org/10.1016/j.sbspro.2010.07.158

Sirois, F. M. (2014). Procrastination and Stress: Exploring the role of Self-compassion. Self and Identity, 13(2), 128–145. https://doi.org/10.1080/15298868.2013.763404

Yosopov, L., Saklofske, D. H., Smith, M. M., Flett, G. L., y Hewitt, P. L. (2024). Failure sensitivity in perfectionism and procrastination: fear of failure and overgeneralization of failure as mediators of traits and cognitions. Journal of Psychoeducational Assessment, 42(6), 705–724. https://doi.org/10.1177/07342829241249784