El llanto y sus principales funciones
Fátima Liern Velasco
“Quien bien te quiere te hará llorar”, “llorar no quita penar”, “el que no llora no mama”, “más vale llorar una vez que sufrir toda una vida”. El refranero español nos brinda varias expresiones que caracterizan al llanto por su variedad: unos se refieren al mismo asociado a la pena, otros al ruido que produce y otros a la traición o a su función de alivio inmediata. Como vemos, existe variedad en el concepto y expresión del llanto en el colectivo social. Sin embargo, el llanto ha sido entendido mayoritariamente como una manifestación directa de la tristeza, lo que ha contribuido a limitar su comprensión y, en ocasiones, a estigmatizar su expresión hasta tal punto que dicha respuesta emocional tradicionalmente ha sido interpretada como un síntoma de debilidad (Sierra-Fitzgeral y Mejía-Constaín, 2007). Sin embargo, desde una perspectiva psicológica, el llanto constituye un fenómeno mucho más amplio, que trasciende una única emoción y cumple funciones adaptativas relevantes, especialmente en la regulación emocional.
El llanto: una respuesta emocional compleja
El llanto se define como una conducta psicofisiológica que implica la activación de sistemas emocionales, fisiológicos y corporales, que frecuentemente aparece en contextos de pérdida o frustración, aunque también puede surgir ante situaciones de intensidad emocional elevada, independientemente de su valencia positiva o negativa (Sierra-Fitzgeral y Mejía-Constaín, 2007):
A nivel emocional, estudios defienden la presencia de llanto tanto en emociones clasificadas como placenteras como en emociones displacenteras, siendo las principales: emociones placenteras como alegría, gracia, placer, éxtasis, empatía; y displacenteras como rabia, escape, miedo, sufrimiento, revancha y, por supuesto, tristeza (Bylsma et al., 2019; Sierra-Fitzgeral y Mejía-Constaín, 2007). Así, podemos observar que, aunque culturalmente se ha vinculado al sufrimiento, el llanto también puede aparecer en experiencias positivas. Por ejemplo, es relativamente frecuente llorar ante situaciones de alegría intensa, gratitud o conexión interpersonal profunda, o incluso tras experiencias de elevada activación emocional, como ocurre en algunos casos tras el orgasmo, donde se produce una liberación significativa de tensión acumulada que puede dar lugar al llanto, algo que sucede en el 46% de la población y que, según un estudio de la International Journal of Sex & Marital Therapy, sucede tanto en mujeres como en hombres (Meléndez, 2019). Del mismo modo, emociones como la rabia o la frustración pueden desencadenar el llanto, especialmente cuando la intensidad emocional supera la capacidad de regulación inmediata. Debido a que el llanto se presenta de forma trascendental a todas estas emociones, podemos concluir que existe un mecanismo similar a todas ellas e independiente de su expresión particular, de forma que el llanto actúa como una válvula de regulación que contribuye a procesar la experiencia emocional (Sierra-Fitzgeral y Mejía-Constaín, 2007).
A nivel fisiológico, el llanto emocional es el que se produce acompañando a una emoción, y se diferencia del llanto basal, que consiste en el lagrimeo constante del ojo que mantiene hidratado y limpio el cristalino, así como del llanto reflejo, que aparece ante la presencia de un agente externo o por irritación del cristalino, por ser exclusivo en humanos (Lutz, 1999, como se cita en Sierra-Fitzgeral y Mejía-Constaín, 2007). Para producirse dicho llanto emocional, el organismo activa mecanismos cerebrales implicados en la regulación del mismo, siendo los principales la corteza prefrontal medial, implicada en procesos de regulación del malestar, así como la amígdala y el hipocampo, regiones relacionadas con el almacenamiento de recuerdos y procesos emocionales que incluyen desde la valoración emocional hasta el control de la interacción de las emociones en el comportamiento (Bylsma et al., 2019, Saavedra-Torres et al, 2015). A nivel neuroanatómico, el llanto tiene tal importancia en el organismo que incluso tiene una localización concreta que comparte junto con la risa: la parte dorsal de la unión del mesencéfalo con la protuberancia, conocido como centro gelástico mesencefalopontino (Arias, 2011). Este centro se coordina con otras áreas del cerebro (cerebelo, hipotálamo, tálamo, ganglios basales, y lóbulos temporal y frontal), activando núcleos de pares craneales que, al inervar en sus respectivos músculos implicados, dan origen a la expresión facial del llanto, así como a su vocalización y espiración clónica (Arias, 2011). De hecho, el centro gelástico mesencefalopontino se postula como la explicación de que en ocasiones la risa patológica o en exceso e incontrolable se pueda tornar en llanto (Arias, 2011). Si alguna vez has llorado de risa, ahora ya sabes qué área es la responsable de este proceso.
Por último, la función corporal del llanto más destacada es la producción de lágrimas emocionales, las cuales inician mecanismos de acción que regulan la emoción originadora y que reducen el malestar que puede estar asociado a dicho llanto (Sierra-Fitzgeral y Mejía-Constaín, 2007). Además, el llanto también se caracteriza por vocalizaciones, donde la voz se modula de una forma característica y asociada al llanto, como expresiones faciales concretas que dan una apariencia al rostro de necesidad de ayuda, simulando desde una cara arrugada y avejentada hasta una expresión relajada seguida de un bloqueo fónico (Murube et al., 1999, como se cita en Sierra-Fitzgeral y Mejía-Constaín, 2007). Atendiendo a todo lo anterior, observamos cómo el llanto puede interpretarse más allá de estar vinculado únicamente como un indicador de tristeza o manifestación exclusiva de lágrimas, sino más bien como una forma de expresión emocional global, por lo que merece más atención de la que a priori pueda parecer. Por otra parte, a nivel conductual, el llanto activa mecanismos de acción tanto en la persona que lo experimenta como en el entorno que lo percibe. Atendiendo a esto último, estudios de responsividad materna confirman que el llanto infantil activa señales de alerta en el cuidador e informa del estado actual del bebé, hasta tal punto que las madres logran reconocer el llanto de su hijo frente al de otros bebés, así como identifican diferentes estilos de llanto en su propio hijo (Escolano-Pérez, 2013).
El llanto y sus funciones principales
En primer lugar, podemos empezar a observar que el llanto cumple una función principalmente reguladora: Por un lado, desde el punto de vista funcional, el llanto puede entenderse como un mecanismo de liberación de tensión donde, ante una sobrecarga emocional, el organismo busca restablecer el equilibrio interno, dando paso a que el llanto, con sus lágrimas, vocalizaciones y expresiones faciales, actúe como una vía de descarga (Bylsma et al., 2019). Esta función reguladora se relaciona con la disminución de la activación fisiológica tras el episodio de llanto, favoreciendo una sensación subjetiva de alivio, y todo ello sucede gracias a la interacción del sistema nervioso simpático y parasimpático de forma conjunta (Bylsma et al., 2019). En este sentido, el llanto se puede identificar como una respuesta que sucede ante una situación estresante, lo que activa áreas del sistema nervioso autónomo o SNA simpático ante la presencia de dichos estresores de forma previa a la ejecución de lágrimas (Bylsma et al., 2019). Posteriormente, el SNA parasimpático se activa, siendo el principal causante del lagrimeo y de esa sensación de relajación que produce llorar, donde también se involucran neurotransmisores como la serotonina, acetilcolina y noradrenalina (Bylsma et al., 2019).
Por otra parte, el llanto también cumple una función comunicativa, pues el mismo facilita la expresión de estados internos que, en ocasiones, resultan difíciles de verbalizar, así como comunica al entorno una alteración del estado emocional (Sierra-Fitzgeral y Mejía-Constaín, 2007). De hecho, se estima que la principal función del llanto es social, pues este no solo permite la regulación de malestar interna sino que, a su vez, favorece la conexión social al informar de un estado interno desajustado, lo que promueve conductas prosociales en el entorno como la empatía y el cuidado, elementos clave en el bienestar psicológico. (Bylsma et al., 2019). Tal es la función social que cumple el llanto que somos la única especie que produce lágrimas durante el llanto emocional, siendo la hipótesis más respaldada que su uso es puramente informativo (Bylsma et al., 2019).
El llanto y diferencias de género
¿Y será verdad que las mujeres lloran más que los hombres? ¿Esta posible diferencia también quedaría mediada por factores sociales o existiría alguna explicación biológica? Pues bien, los estudios indican que las mujeres lloran una ratio de 4-5 veces al mes frente a 0-1 veces al mes que lloran los hombres, aunque la explicación parece ser más cultural que biológica (Bylsma et al., 2019). Parece ser que a nivel biológico existen algunas hipótesis que podrían explicar este fenómeno, como la correlación positiva entre el aumento de prolactina y el llanto (Bylsma et al., 2019). Esta relación aparece de forma más significativa pero en sentido contrario si hablamos de la testosterona, neurotransmisor más presente en el sexo masculino, donde varios estudios hallan resultados significativos entre la presencia de testosterona y ausencia de llanto, lo que podría sugerir que dicho neurotransmisor actúa como mecanismo inhibidor (Bylsma et al., 2019).
En cuanto al reconocimiento del llanto, un estudio realizado por Sierra-Fitzgeral y Mejía-Constaín (2007), reveló que las mujeres reconocen mejor el llanto que los hombres. Esto se ha interpretado como una posible influencia cultural y de género en la expresión y percepción emocional, ya que existe mayor asociación cultural entre el llanto y vulnerabilidad asociada hacia las mujeres, mientras que los hombres han sido enseñados por esa misma cultura a ocultar dicha vulnerabilidad por ser percibida como demostración de debilidad, la cual los hombres debían evitar de nuevo a toda costa culturalmente (Murube et al., 1999, como se cita en Sierra-Fitzgeral y Mejía-Constaín, 2007). Un dato curioso es que ambos sexos somos más hábiles identificando el llanto de una mujer frente al de un hombre, y esto es debido a que estamos más acostumbrados culturalmente a escuchar a las mujeres llorar (Murube et al., 1999, como se cita en Sierra-Fitzgeral y Mejía-Constaín, 2007). Sin embargo, esto no es debido a que las mujeres lloren más a menudo sino porque, a pesar de ser una función reguladora para ambos sexos, no estamos tan acostumbrados a ver o escuchar a un hombre llorar, siendo históricamente en contextos de cuidado y de hogar donde más presentes han estado las mujeres y donde era más proclive que sucediesen situaciones favorables el llanto, lo que manifiesta otra forma de privación cultural del llanto en los hombres (Murube et al., 1999, como se cita en Sierra-Fitzgeral y Mejía-Constaín, 2007).
Conclusión
El llanto es un fenómeno complejo que va más allá de la tristeza, constituyendo una vía natural y funcional de expresión y regulación común a muchas otras emociones. Ampliar su significado permite liberarlo de estigmas y aprovechar su potencial como recurso psicológico, integrándolo como una comprensión más rica y flexible de la experiencia emocional humana. Por ello, entenderlo como un recurso multifuncional permite normalizar su aparición en distintos contextos y favorecer una relación más saludable con la propia expresión emocional.
De la misma manera, esta reconceptualización implica reconocer que llorar no es un signo de debilidad, sino una herramienta adaptativa que puede facilitar el procesamiento emocional, la autorregulación y la conexión interpersonal. Por ello, independientemente de si esta práctica es más común en hombres o en mujeres, merece la pena abrazar este mecanismo de regulación emocional sin juicios y dejar que un par de lágrimas emocionales broten de vez en cuando para abrir la puerta a valorar sus beneficios en la expresión de emociones diversas, desde la alegría hasta la tristeza, pasando por la rabia, la euforia, y hasta puede que durante la expresión de un orgasmo.
Referencias:
Arias, M. (2011). Neurología de la risa y del humor: risa y llanto patológicos. Rev Neurol, 53(7), 415-21. https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=4520461
Bylsma, L. M., Gračanin, A., y Vingerhoets, A. J. J. M. (2019). The neurobiology of human crying. Clinical Autonomic Research, 29(1), 63–73. https://doi.org/10.1007/s10286-018-0526-y
Escolano-Pérez, E. (2013). El cerebro materno y sus implicaciones en el desarrollo humano. revista de Neurología, 56(2), 101-8. https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=4247574
Meléndez, A. (2019, julio 6). Llorar después de un orgasmo: el trastorno que afecta al 46% de la población. El Mundo. https://www.elmundo.es/papel/lifestyle/2019/07/06/5d1f63bf21efa0c33a8b4637.html
Saavedra Torres, J. S., Díaz Córdoba, W. J., Zúñiga Cerón, L. F., Navia Amézquita, C. A., y Zamora Bastidas, T. O. (2015). Correlación funcional del sistema límbico con la emoción, el aprendizaje y la memoria. Morfolia, 7(2). https://revistas.unal.edu.co/index.php/morfolia/article/view/52874
Sierra-Fitzgerald, O., y Mejía-Constaín, B. E. (2007). Función social de las lágrimas: Una indagación empírica sobre los tipos de llanto emocional (Social function of tears: An empirical inquiry about the types of emotional tearing). Universitas Psychologica, 6(2), 295–308. https://www.redalyc.org/pdf/647/64760209.pdf
