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La banalidad del mal y la polarización

 

 

 

Iván Malango Escribano

 

Uno de los temas más interesantes de la psicología social a lo largo de toda su historia ha sido la dicotomía entre el buen hacer y el perjuicio. Los autores se han planteado muchas veces por qué unos ataquen y otros ayudan, por qué unos traicionan y otros cooperan, en resumen, por qué existen los “buenos” y los “malos”. Las explicaciones han sido muchas, tradicionalmente, se pensaba que existía un pequeño porcentaje de la población que era malvada de manera innata, es decir, quién es malvado lo es de nacimiento. Sin embargo, a raíz de los hechos ocurridos en la Segunda Guerra Mundial algunos científicos se interesaron por el concepto del mal, ya que no parecía muy lógico que en un solo país hubiera tantas personas que hubieran nacido con la capacidad de realizar atrocidades como las que se cometieron.

 

Un científico llamado Stanley Milgram en Estados Unidos llevo a cabo una serie de experimentos en los que pedía a personas corrientes que realizaran una serie de preguntas a otro sujeto que estaba en una habitación a través de un interfono. Cuando el sujeto, al que llamaremos alumno (que era en realidad un actor pagado) daba una respuesta incorrecta a la pregunta se le daba una instrucción al verdadero sujeto del experimento, la primera persona, a la que llamaremos profesor, para que activase un dispositivo que supuestamente le daba una descarga al alumno. Las descargas iban en creciente intensidad y en la última de todas había un “XXX” pintado, lo que claramente indicaba que era una descarga mortal. El profesor podía oír en todo momento al alumno fingiendo quejarse, gritar y, en un momento dado, dejaba de escuchar sus gritos, lo que resultaba aún más preocupante. Los resultados de este experimento dejaron al mundo de la psicología social con la boca abierta. Hasta un 70% de los sujetos experimentales siguieron las órdenes hasta el final, comprendiendo que probablemente estaban dando una descarga mortal al alumno. Se han realizado muchas condiciones diferentes de este mismo experimento y se han obtenido una serie de variables que sabemos que afectan de manera inequívoca a la obediencia de las personas. Por ejemplo, que el experimentador diga: “No se preocupe, yo asumo toda la responsabilidad”, que vaya vestido con una bata, que esté cerca del sujeto, que el alumno no sea visible… Son muchas las maneras de convencer a alguien para que haga cosas que en otras condiciones nunca estaría dispuesto a hacer. Si a esto le sumamos años de adoctrinamiento, propaganda, una situación de guerra, ya sabemos lo que puede ocurrir.

 

Esto es lo que la autora judía Hannah Arendt denominó la Banalidad del Mal, cuando reportó acerca del juicio del infame Adolf Eichmann en Jerusalén. En su artículo, Arendt describió a Eichmann como un hombre normal y corriente, ni más ni menos. No un demonio con cuernos y ojos rojos, ni siquiera un psicópata con mirada criminal, simplemente un hombre de mediana edad, ni guapo ni feo, ni alto ni bajo, ni bueno ni malo. Muchos interpretaron que Arendt estaba defendiendo a Eichmann y la autora fue duramente criticada, sin embargo, lo que Arendt puso de manifiesto no fue que Eichmann no fuera culpable, sino que cualquiera en sus circunstancias podría haber hecho lo mismo. Esto no quita que lo que hizo fuera terrible y que deba ser procesado judicialmente, pero es importante para el mundo tener en cuenta que estos hechos no proceden de un país de locos, sino de unas condiciones bajo las que cualquiera podría verse tentado de hacer lo mismo y, sobre todo, para las que debemos estar preparados. A menudo resulta complicado verse a uno mismo en el espejo y plantearse si yo podría hacer algo como eso, pero es importante recordar que sí, que con las necesidades y obligaciones correctas cualquiera puede llegar a ceder y, si queremos ser verdaderamente libres, tenemos que plantearnos que hay detrás de cada orden, de cada información y de cada elección.

Pongamos un ejemplo un poco más actual para entender cómo pueden estos conceptos afectarnos en nuestro día a día. Hoy en día se habla mucho de las Fake News, que es el término inglés para noticia falsa, pero ¿Cómo funcionan estas Fake News? ¿Por qué son tan efectivas? La respuesta es sencilla, se basan en el concepto propuesto por Phillip Zimbardo de la polarización grupal. Esto, de manera muy resumida, es una manera de explicar cómo la interacción con otras personas e informaciones que se parecen a lo que nosotros ya pensamos hacen que esos pensamientos se arraiguen aún más. De esta manera, cuando vemos un titular como “Un marroquí roba un bolso en Gran Vía”, lo que más nos llama la atención es la palabra marroquí, cosa que la prensa sabe y por eso incluyen en el titular, ya que, al fin y al cabo, los periódicos viven del interés de las personas. Si el titular fuera “Un ladrón roba un bolso en Gran Vía”, nadie se pararía a leer el artículo, porque eso pasa todos los días y a nadie le interesa, pero añadir el matiz de la nacionalidad del delincuente nos lleva a interesarnos por los hechos y prestemos más atención. De esta manera nos vamos polarizando, leyendo siempre el mismo tipo de artículos hasta que un día decimos “Dios Mío, los marroquíes no paran de robar” y es lógico, ya que llevamos años leyendo acerca del mismo tema.

 

Esto es de lo que se aprovechan las Fake News. Una vez nuestra mente ya ha guardado el mensaje “Los marroquíes no paran de robar” cualquier noticia relacionada la daremos por válida y la compartiremos con nuestros seres queridos para informarles. Es importante plantearnos como de veraz es la información que recibimos, de la misma manera en la que debemos alejarnos de órdenes con las que no estamos de acuerdo, debemos alejarnos de informaciones con las que lo estamos demasiado. Si dejamos atrás el pensamiento crítico, puede que un día leamos un titular y nos planteemos “¿Y si levantamos las armas y echamos a los marroquíes?”

 

 

Referencias

Zimbardo, P. (2007) El Efecto Lucifer: El porqué de la maldad. Paidós.

Milgram, S. (1963) Behavioral Study of Obedience. The Journal of Abnormal and Social Psychology, 67(4), 371–378.

Arendt, H. (1963) Eichmann en Jerusalén. Viking Press.