Seleccionar página

Las emociones y su papel social

 

 

 

Fátima Liern Velasco

 

Todos en algún momento hemos experimentado una emoción. Incluso, hemos sido capaces de reconocerla en el gesto o expresión facial de otra persona. Esto último queda respaldado por autores como Ekman (1989, como se cita en Ekman, 1992) o Darwin (1872/1965, como se cita en Ekman, 1992), que concluyeron tras una investigación multicultural que las emociones son universales pues, independientemente del país, manifestaban una expresión facial prácticamente idéntica (ej. arrugar nariz al experimentar la emoción de asco), lo que nos facilita su reconocimiento. Una de las explicaciones que arrojó Darwin sobre este fenómeno fue que las expresiones emocionales inicialmente fueron voluntarias y, debido a su fuerte papel informativo, se convirtieron en un hábito hasta automatizarse (Darwin, 1872/1965, como se cita en Ekman, 1992), lo que refuerza su papel social. Las emociones están tan presentes en nuestras vidas que nos resulta bastante fácil identificar cuándo estamos experimentando alguna de estas, tanto en nosotros mismos como en nuestros allegados. Sin embargo, ¿conocemos el papel que tienen las emociones exactamente?, ¿cuántas son?, ¿para qué sirven? Si bien la principal función de las emociones es adaptativa, estas involucran complejos mecanismos de acción neurobiológicos y plantean múltiples clasificaciones entre los autores que conviene tener en cuenta de cara a un mejor conocimiento de nuestro organismo y autorregulación.

 

 

Emociones: definición y clasificación.

 

La Real Academia de la lengua Española (RAE) arroja la siguiente definición de emoción: “Alteración del ánimo intensa y pasajera, agradable o penosa, que va acompañada de cierta información somática” (RAE, s.f). Esta definición defiende la idea de que las emociones cumplen un papel placentero o displacentero, lo que conecta con la clasificación más utilizada sobre las emociones: positivas y negativas. Según autores como Kemper (1978, como se cita en Bericat, 2012), entre las emociones positivas encontramos aquellas relacionadas con la consecución de poder o status en una interacción social, por ser aquellas que resultan placenteras, que serían la alegría, amor, satisfacción, orgullo, confianza y seguridad. Mientras, entre las emociones clasificadas como negativas encontramos aquellas desagradables y relacionadas con una posible pérdida de poder o posición social, que serían miedo y vergüenza, así como rabia, asco, tristeza, frustración, envidia, odio, resentimiento y venganza (Kemper, 1978, como se cita en Bericat, 2012).

Contrario a lo que pueda parecer a priori, esta clasificación entre positivas y negativas no implica por ello la existencia de emociones buenas/sanas o malas/patológicas, sino que las clasifica en función del agrado o desagrado que generan en el organismo, ya que motivan respuestas de acción diferentes en el mismo (Bericat, 2012). De hecho, lo que determina que una emoción sea patológica o síntoma de patología es cuando ésta deja de cumplir su función adaptativa por manifestarse en exceso o en defecto (ej. exceso de euforia, posible síntoma de manía) (Belloch et al., 2010). A su vez, la definición de emoción que proporciona la RAE enfatiza el carácter somático de las mismas, pues todas ellas se manifiestan físicamente, tanto de forma neurológica como mediante sensaciones perceptivas en el cuerpo, siendo los principales mecanismos involucrados el sistema nervioso autónomo, el sistema endocrino y el sistema inmune (Barret, 2017), como veremos más adelante.

Según su origen evolutivo, las emociones se clasifican en básicas/primarias o secundarias, siendo las primeras aquellas consideradas como respuestas universales, con una respuesta biológica y neurológica innata que las hace evolutivamente relevantes (Bericat, 2012; Bourdin, 2016). Entre las básicas o primarias encontramos las emociones de miedo, ira, tristeza o satisfacción, sorpresa, amor h alegría (Bourdin, 2016; Kemper, 1987; Turner, 1999, como se cita en Bericat, 2012). A diferencia de estas, las emociones secundarias, como el orgullo o la vergüenza, surgen de combinaciones de otras emociones (principalmente primarias) y, lejos de tener un papel biológico innato, se caracterizan por estar muy condicionadas social y culturalmente (Bericat, 2012).

 

 

Función de la emoción

 

Hoy sabemos que todas las emociones cumplen una función adaptativa más allá de ser primarias o secundarias, positivas o negativas, por lo que ninguna emoción es en sí misma patológica, sino que son sistemas de información y regulación que han evolucionado para favorecer la supervivencia y el ajuste al entorno (Ekman, 1992; Vecina-Jiménez, 2006). Según García-Gullón et al., (2024) las emociones cumplen tres funciones principales: adaptativa, social y motivacional. Por un lado, informan de desajustes en el organismo procedentes de estímulos externos o internos motivando así respuestas de autorregulación (García-Gullón et al., 2024). Por otro lado, las emociones tienen una función social al permitir expresar y recibir información de interés del medio por compartir expresiones fácilmente reconocibles, permitiendo que nuestras redes de pertenencia se mantengan en óptimas condiciones y potenciar las relaciones sociales (García-Gullón et al., 2024). Por último, las emociones tienen una función motivacional, pues dirigen al organismo a resolver posibles desbalances de los que está siendo informado, dirigiendo así la conducta en búsqueda de situaciones placenteras y evitando situaciones desagradables (García-Gullón et al., 2024). Desde una perspectiva de salud integral, las emociones pueden entenderse como indicadores del estado interno del organismo, pues se entiende que estas funcionan como sistemas de alerta que informan de necesidades satisfechas o insatisfechas, de coherencia o conflicto entre lo que ocurre y lo que se espera, y cada una lo hace a su modo particular (Pinedo-Cantillo y Yáñez-Canal, 2020).

Hasta ahora hemos comentado las principales funciones y beneficios de las emociones. Sin embargo, tan importante es conocer las funciones de las emociones en el organismo como lo es conocer qué función concreta desempeña cada emoción por separado. Por ello, a continuación se muestra una breve descripción fundamentada en la literatura científica de las emociones principales: El miedo prepara al organismo para la huida o la protección ante una amenaza (Vecina-Jiménez, 2006); la ira moviliza energía y prepara para el ataque para defender límites (Vecina-Jiménez, 2006); la tristeza favorece la retirada y la reflexión tras una pérdida (Pinedo-Cantillo y Yáñez-Canal, 2020); el asco provoca rechazo, protegiendo así frente a posibles contaminantes (Pinedo-Cantillo y Yáñez-Canal, 2020; Vecina-Jiménez, 2006); la sorpresa facilita la orientación ante lo inesperado o novedoso (Darwin, 1875, como se cita en Bourdin, 2016); la alegría refuerza conductas que favorecen el bienestar, la ampliación de límites y creatividad, y la vinculación social (Vecina-Jiménez, 2006).

 

 

Localización fisiológica y bases neuroquímicas

 

A nivel neurobiológico, las emociones implican la interacción de múltiples estructuras cerebrales como la corteza prefrontal o el sistema límbico, que involucra en el proceso a la amígdala, el hipocampo, la circunvalación del cuerpo calloso y el tálamo anterior (Vecina-Jiménez, 2006). Sin embargo, autores como Barrett (2017) defienden que no existen como tal regiones localizadas relacionadas con cada emoción en particular, sino que el cerebro cuenta con diferentes áreas especializadas que actúan como nodos e interactúan para gestionar las emociones. Barrett (2017), explica en su teoría de la construcción de las emociones cómo nuestro organismo está regulado constantemente, independientemente de si está pensando o sintiendo, por tres sistemas diferenciados que actúan perpetuando el proceso de alostasis o regulación predictiva del medio interno: El sistema nervioso autónomo o SNA, el sistema endocrino y el sistema inmune. De esta forma y según su teoría, las emociones surgen como resultado de un desbalance en el proceso de alostasis, de modo que la tristeza, el enfado o el asco no suceden al activar un circuito propio neuronal, sino que son manifestaciones distintas de esta pérdida de alostasis por parte de alguno de los tres sistemas, que a su vez conectan con regiones visceromotoras como la corteza cingulada anterior, la amígdala o la corteza orbitofrontal para dar información y respuesta al organismo de esta desregulación interna (Barret, 2017). Por otra parte, aunque Barret (2017) defienda la no existencia de circuitos específicos de una emoción, si concuerda con otros autores en que la amígdala, por ejemplo, desempeña un papel central en la detección de amenazas y en el procesamiento del miedo, por lo que puede ser necesaria para el aprendizaje aversivo.

 

 

Manifestación física de las emociones y consecuencias de la supresión emocional: cronificación y somatización

 

Las emociones no son solo experiencias subjetivas, tienen una expresión corporal clara (ej. la tristeza puede sentirse como pesadez corporal o fatiga) (Belloch, 2010). Si estas activaciones son puntuales y coherentes con el contexto, entonces forman parte del funcionamiento normal del organismo y cumplen con sus debidas funciones informativa, social y motivacional anteriormente mencionadas. Cuando estas señales son atendidas, permiten ajustes conductuales saludables (ej. poner límites, pedir apoyo, replantear metas, protegerse) (Pinedo-Cantillo y Yáñez-Canal, 2020; Vecina-Jiménez, 2006). El problema surge cuando la persona bloquea o reprime de forma persistente la experiencia emocional ya que, en esos casos, el cuerpo puede convertirse en el escenario principal de expresión.

De esta manera, cuando las emociones se ignoran de forma sistemática, pueden cronificarse o expresarse de manera disfuncional (Maroti et al., 2021). Por ejemplo, la literatura psicosomática y la investigación en estrés crónico muestran que la activación mantenida del eje hipotálamo-hipófiso-adrenal y la liberación continuada de cortisol pueden afectar al sistema inmunológico, cardiovascular y digestivo (Buenrostro-Jáuregui, 2025), y un cortisol mantenido en periodos de tristeza constantes, no solo produce fatiga y falta de concentración, sino que agrava y aumenta la lista de síntomas hasta alcanzar niveles de somatización que alcanzan patologías como la depresión mayor o la distimia (Belloch et al., 2010). Esto se debe a que cuando una emoción no es reconocida ni simbolizada, el cuerpo puede intensificar las señales hasta cumplir con su función informativa de que algún proceso está en desajuste (ej. contracturas, problemas gastrointestinales, cefaleas tensionales, fatiga persistente) (Petzke y Witthöft, 2024), llegando a encontrarse en estudios como el de Maroti et al. (2021) que los índices de emociones no procesadas se asocian directamente con la gravedad de los síntomas somáticos. En otras palabras, es como si el organismo buscará nuevas formas de llamar la atención sobre algo que no está siendo atendido a nivel consciente, y lo hará hasta que el individuo reaccione y emita una respuesta en consecuencia para restaurar el desbalance del que la emoción está informando (Barret, 2017). De lo contrario, el organismo encontrará nuevas formas, cada vez más intensas y notorias, de hacernos saber que algo no anda bien, pudiendo llegar a originarse un estado de malestar constante del que aparentemente no encontramos motivo u origen, mientras es incentivado por una supresión emocional mantenida en el tiempo que cronifica el malestar e impide la alostasis, provocando en última instancia una desconexión significativa de nosotros mismos, tal y como se refleja en el estudio de Maroti et al. (2021).

 

Conclusión

Algunas emociones pueden generar sensaciones incómodas, pero esto no quiere decir que sean obstáculos en el camino del bienestar, todo lo contrario: son parte del propio camino puesto que informan de cuándo ha habido un desajuste y, por tanto, se requiere que prestemos atención. Es decir, las emociones señalan nuestras necesidades, orientan nuestras decisiones y facilitan la adaptación al entorno. Por ello, conocer nuestras emociones, sentirlas y darles espacio constituye una forma de cuidado y de inteligencia vital. El enfoque actual en salud mental no promueve la supresión emocional, sino la regulación y la conciencia, de modo que identificar qué se siente, dónde se siente en el cuerpo y qué mensaje puede estar transmitiendo constituye un primer paso fundamental en el autocuidado. En un contexto cultural que a menudo prioriza la productividad y el bienestar constante, recuperar una mirada integradora sobre la experiencia emocional es un acto de salud, no solo como forma de prevenir enfermedades o la cronificación del malestar, sino también para fortalecer la conexión con uno mismo y con los demás.

 

 

Referencias:

Belloch, A., Sandín, B., y Ramos, F. (2010). Trastornos depresivos. En C. Sánchez Sainz-Trápaga (ed.), Manual de psicopatología (3.ª ed., pp. 199-232). McGraw-Hill.

Bericat, E. (2012). Emociones. Sociopedia. (pp. 1-13). https://www.researchgate.net/publication/289533967_Emociones

Bourdin, G. L. (2016). Antropología de las emociones: conceptos y tendencias. Cuicuilco, 23(67), (pp. 55–74). Escuela Nacional de Antropología e Historia. https://www.redalyc.org/journal/5295/529555490004/529555490004.pdf

Buenrostro-Jáuregui, M.H., Muñóz-Sánchez, S., Rojas-Hernández, J., Alonso-Orozco, A.I., Vega-Flores, G., Tapia-de-Jesús, A., y Leal-Galicia, P. (2025). A comprehensive overview of stress, resilience, and neuroplasticity mechanisms. International Journal of Molecular Sciences 26(7), 3028. https://doi.org/10.3390/ijms26073028

Ekman, P. (1992). An argument for basic emotions. Cognition and Emotion, 6(3/4), (pp. 169-200). https://sanlab.psych.ucla.edu/wp-content/uploads/sites/31/2016/03/Ekman-1992-An-argument-for-basic-emotions.pdf

García Gullón, F. A., Torres Pardo, B., Martín Ruiz, J., y Tajima Pozo, K. (2024). Emoción (Tema 7). En A. López Frutos, J. Campos Pavón, A. Suárez Barrientos y K. Tajima Pozo, (eds.), Manual APIR de Psicología Básica (6.ª ed., pp. 211-242). Academia de Preparación PIR, S.L.

Maroti, D., Ljótsson, B., Lumley, M. A., Schubiner, H., Hallberg, H., Olsson, P. A., y Johansson, R. (2021). Emotional Processing and Its Association to Somatic Symptom Change in Emotional Awareness and Expression Therapy for Somatic Symptom Disorder: A Preliminary Mediation Investigation. Frontiers in psychology, 12, 712518. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2021.712518

Petzke, T. M., y Witthöft, M. (2024). The Association of Emotion Regulation and Somatic Symptoms. Psychosomatic medicine, 86(6), (pp. 561–568). https://doi.org/10.1097/PSY.0000000000001310

Pinedo-Cantillo, I. A., y Yáñez-Canal, J. (2020). Emociones básicas y emociones morales complejas: Claves de comprensión y criterios de clasificación desde una perspectiva cognitiva. Tesis Psicológica, 15(2), (pp. 1–33). https://doi.org/10.37511/tesis.v15n2a11

Real Academia Española. (s.f). Emoción. En Diccionario de la lengua española. https://dle.rae.es/emoci%C3%B3n

Vecina-Jiménez (2006). Emociones positivas. Papeles del Psicólogo, 27(1). (pp. 3-13). https://www.researchgate.net/publication/28112534_Emociones_positivas