El trauma heredado
Gisella Brandi
A veces sentimos emociones o reacciones intensas, miedos que no sabemos explicar o formas de relacionarnos que parecen repetirse sin que entendamos por qué. En muchos casos, estas reacciones se relacionan con experiencias que en su momento se vivieron como amenazantes o difíciles de manejar. Este tipo de situaciones suele definirse como trauma, entendido como un acontecimiento que supera la capacidad de la persona para afrontarlo y que puede dejar efectos duraderos en la manera de percibir y responder al entorno (Dalenberg, Straus y Carlson, 2017). En los últimos años, diferentes estudios han empezado a explorar cómo ciertos traumas vividos por una generación pueden influir en las siguientes. A este fenómeno se le conoce como trauma intergeneracional o trauma heredado. Aunque es un campo en desarrollo, ya contamos con investigaciones que permiten entenderlo mejor (Kellermann, 2001; Bombay et al., 2014).
Qué es el trauma heredado
El concepto de trauma heredado hace referencia a que las consecuencias de una vivencia traumática importante pueden impactar en la descendencia. En el plano psicológico se ha observado que estas experiencias afectan la manera en que una persona educa a sus hijos e hijas y cómo se vincula o expresa sus emociones, formando patrones familiares que pasan de una generación a la siguiente.
Esto se observó inicialmente en supervivientes del Holocausto y sus familias (Kellermann, 2001). En ese trabajo se describe que los descendientes pueden presentar una mayor sensibilidad al estrés, dificultades para regular emociones intensas o una tendencia a mantenerse en alerta. En la línea de estos hallazgos, otro trabajo con hijos de supervivientes del Holocausto mostró que esta descendencia presentaba más depresión y un mayor número de trastornos psiquiátricos a lo largo de su vida. En conjunto, estos estudios sugieren que las experiencias traumáticas de una generación pueden dejar huellas emocionales en la siguiente, incluso cuando los hijos no vivieron el trauma de forma directa (Yehuda, Halligan y Bierer, 2001).
Resultados similares se han documentado en comunidades indígenas que han atravesado traumas históricos prolongados (Bombay et al., 2014). Estos estudios indican que el trauma puede transmitirse a través de las dinámicas familiares y del entorno en el que una persona se desarrolla. Asimismo, se ha observado un patrón parecido en hijos e hijas de veteranos de guerra, quienes presentan una mayor vulnerabilidad emocional y dificultades de regulación cuando el trauma de los padres no ha sido atendido (O’Toole, Dadds, Outram y Catts, 2018).
Cómo se transmite en la convivencia
Este proceso no solo ocurre a nivel biológico, sino también a través de la convivencia. El trauma que no se resuelve acaba influyendo en la crianza, en el tipo de apego que se construye y en las relaciones dentro de la familia. Estas interacciones familiares muestran que el trauma no solo afecta a lo emocional, sino que puede reflejarse en el cuerpo (Isobel et al., 2019). En esta dirección, estudios actuales señalan que estos patrones pueden transmitirse entre generaciones y expresarse en aspectos concretos, como relaciones marcadas por el temor o dificultades en la regulación emocional (Nichol, Curley y Sime, 2025). En esta línea, Mooren et al. (2022) señalan que los síntomas de TEPT en los cuidadores pueden reducir su sensibilidad y disponibilidad emocional, lo que dificulta la construcción de un apego seguro y aumenta la vulnerabilidad al estrés en los hijos.
Cómo el trauma deja huellas en el cuerpo
Desde el ámbito biológico, se ha observado que el entorno puede influir en la expresión de nuestros genes a través de mecanismos epigenéticos. Uno de los trabajos más relevantes en el estudio del trauma intergeneracional es el de Yehuda et al. (2016), realizado con descendientes de personas que sobrevivieron al Holocausto. Los resultados apuntan a que el trauma puede producir modificaciones biológicas que se mantienen en la descendencia. En lugar de transmitirse como un recuerdo, estos cambios aparecen en la forma en que el cuerpo responde al estrés o a situaciones que se perciben como amenazantes, lo que sugiere que un trauma intenso puede dejar marcas biológicas que influyen en cómo la siguiente generación gestiona el estrés.
Qué ocurre en el cerebro
La investigación en neuroimagen también ha mostrado que la exposición a experiencias traumáticas puede producir alteraciones en distintas regiones cerebrales implicadas en la memoria, la regulación emocional y la detección de amenazas. Entre las áreas más afectadas se encuentran la amígdala, el hipocampo, la corteza prefrontal y la ínsula, estructuras que participan en procesos como el aprendizaje del miedo y el control emocional. Estas modificaciones ayudan a comprender por qué ciertas reacciones asociadas al trauma pueden mantenerse en el tiempo (Kunimatsu et al., 2020).
Un estudio reciente analizó si el trauma vivido por una generación podía reflejarse en el cerebro de sus hijos. El trabajo se realizó con niños cuyas madres habían pasado por dos terremotos durante la adolescencia y encontró una disminución en el volumen de la amígdala, junto con una reducción en el hipocampo. Estos resultados sugieren que la exposición a un trauma significativo puede dejar efectos medibles en el desarrollo cerebral de la siguiente generación, lo que se refleja en las diferencias observadas en estas estructuras en los hijos de madres expuestas a un trauma importante (Saregidik, Naldemir, Karaman y Altinsoy, 2022).
Factores de protección
El estudio de Oren et al. (2025) siguió la historia de tres generaciones de una misma familia para entender cómo el trauma puede dejar huellas y, al mismo tiempo, cómo pueden aparecer formas de adaptación con el paso del tiempo. La investigación comenzó con supervivientes del Holocausto y continuó con sus hijos y sus nietos. Desde esta perspectiva se pudo observar cómo el trauma había dejado su huella en cada generación y también, cómo la familia fue encontrando herramientas y formas más sanas de relacionarse. Los resultados mostraron que muchos cuidadores que habían crecido en entornos profundamente afectados por el trauma desarrollaron lo que se conoce como crianza compensatoria.
Esto se vio en que muchos cuidadores intentaron dar a sus hijos un entorno más estable y sensible que el que ellos mismos habían tenido.
También se observó que estos cambios no se quedaban en la generación de los cuidadores, sino que en la tercera generación aparecían señales de mayor estabilidad emocional y vínculos más seguros, lo que apunta a que estas formas de adaptación van tomando fuerza con el paso del tiempo.
En esta misma línea, Mooren et al. (2022) señalan que las familias pueden desarrollar formas de adaptación incluso en contextos de trauma severo. Los autores destacan que la capacidad de reorganizarse no depende solo de los cuidadores, sino también del apoyo cultural y comunitario que rodea a la familia, lo que contribuye a sostener procesos de resiliencia y a fortalecer vínculos más estables entre generaciones.
Conclusiones
Las investigaciones revisadas indican que el trauma puede transmitirse entre generaciones, aunque este proceso no es definitivo ni permanente. Trabajos como el de Oren et al. (2025) muestran que, incluso en familias que han atravesado experiencias muy duras, pueden surgir con el tiempo formas de adaptación que favorecen la creación de vínculos más seguros. A esto se suma la evidencia de Mooren et al. (2022), quienes destacan que el apoyo comunitario y cultural puede acompañar a las familias en momentos de estrés y fortalecer procesos de resiliencia, ampliando así la comprensión de cómo se construyen entornos más protectores a lo largo del tiempo.
Reconocer el trauma y darle un espacio para ser comprendido es un paso fundamental para poder transformarlo. La evidencia muestra que el malestar no desaparece simplemente con el tiempo, sino que tiende a mantenerse si no se aborda de manera consciente. Miller y Rasmussen (2010) señalan que las dificultades del día a día pueden volver a activar o mantener el malestar, por lo que el acompañamiento terapéutico resulta útil para reconocer qué aspectos siguen afectando en el presente y para fortalecer las herramientas necesarias para afrontarlos.
De manera complementaria, Betancourt et al. (2015) y Tol et al. (2013) señalan que las intervenciones en trauma son más eficaces cuando se abordan desde una perspectiva amplia, que contemple no solo el trabajo individual, sino también el entorno que acompaña a la persona. Según estos autores, la recuperación mejora cuando se consideran las dinámicas familiares, escolares, comunitarias y otros sistemas que influyen en la vida diaria. Desde esta mirada, el proceso de sanación no depende únicamente de los recursos personales, sino también de las condiciones relacionales y contextuales que pueden facilitar o dificultar el cambio.
Bibliografía
Betancourt, T. S., Meyers-Ohki, S. E., Charrow, A. P., y Tol, W. A. (2013). Interventions for children affected by war: an ecological perspective on psychosocial support and mental health care. Harvard review of psychiatry, 21(2), 70–91. https://doi.org/10.1097/HRP.0b013e318283bf8f
Bombay, A., Matheson, K., y Anisman, H. (2014). The intergenerational effects of Indian Residential Schools: implications for the concept of historical trauma. Transcultural psychiatry, 51(3), 320–338. https://doi.org/10.1177/1363461513503380
Dalenberg, C. J., Straus, E., y Carlson, E. B. (2017). Defining trauma. In S. N. Gold (Ed.), APA handbook of trauma psychology: Foundations in knowledge (pp. 15–33). American Psychological Association. https://doi.org/10.1037/0000019-002
Isobel, S., Goodyear, M., Furness, T., y Foster, K. (2019). Prevención de la transmisión intergeneracional del trauma: Una síntesis interpretativa crítica. Journal of Clinical Nursing, 28 (7-8), 1100–1113. https://doi.org/10.1111/jocn.14735
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Kunimatsu, A., Yasaka, K., Akai, H., Kunimatsu, N., y Abe, O. (2020). MRI findings in posttraumatic stress disorder. Journal of magnetic resonance imaging : JMRI, 52(2), 380–396. https://doi.org/10.1002/jmri.26929
Miller, K. E., y Rasmussen, A. (2009). War exposure, daily stressors, and mental health in conflict and post-conflict settings: Bridging the divide between trauma-focused and psychosocial frameworks. Social Science & Medicine, 70(1), 7–16. https://doi.org/10.1016/j.socscimed.2009.09.029
Nichol, MR, Curley, LJ, y Sime, PJ (2025). La transmisión intergeneracional del trauma, las experiencias adversas en la infancia y las experiencias familiares adversas: una exploración cualitativa de la resiliencia entre hermanos. Behavioral Sciences , 15 (2), 161. https://doi.org/10.3390/bs15020161
Mooren T, van Ee E, Hein I y Bala J (2023) Combatting intergenerational effects of psychotrauma with multifamily therapy. Front. Psychiatry 13:867305. doi: 10.3389/fpsyt.2022.867305
O’Toole, B. I., Dadds, M., Outram, S., y Catts, S. V. (2018). The mental health of sons and daughters of Australian Vietnam veterans. International Journal of Epidemiology, 47(4), 1051–1059. https://doi.org/10.1093/ije/dyy010
Oren, G., Shoshani, A., Samra, N. N., Verbeke, W. J., Vrticka, P., Aisnberg-Shafran, D., y Ein-Dor, T. (2025). From trauma to resilience: psychological and epigenetic adaptations in the third generation of holocaust survivors. Scientific Reports, 15(1), 26193. https://doi.org/10.1038/s41598-025-12085-5
Sarigedik, E., Naldemir, I. F., Karaman, A. K., y Altinsoy, H. B. (2022). Intergenerational transmission of psychological trauma: A structural neuroimaging study. Psychiatry Research Neuroimaging, 326, 111538. https://doi.org/10.1016/j.pscychresns.2022.111538
Tol, W. A., Barbui, C., Galappatti, A., Silove, D., Betancourt, T. S., Souza, R., Golaz, A., & Van Ommeren, M. (2011). Mental health and psychosocial support in humanitarian settings: linking practice and research. The Lancet, 378(9802), 1581–1591. https://doi.org/10.1016/s0140-6736(11)61094-5
Yehuda, R., Daskalakis, N. P., Bierer, L. M., Bader, H. N., Klengel, T., Holsboer, F., y Binder, E. B. (2016). Holocaust exposure induced intergenerational effects on FKBP5 methylation. Biological Psychiatry, 80(5), 372–380. https://doi.org/10.1016/j.biopsych.2015.08.005
Yehuda, R., Halligan, S. L., y Bierer, L. M. (2001). Relationship of parental trauma exposure and PTSD to PTSD, depressive and anxiety disorders in offspring. Journal of Psychiatric Research, 35(5), 261–270. https://doi.org/10.1016/s0022-3956(01)00032-2
