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El sesgo de la negatividad

 

 

 

Gisella Brandi

 

Los seres humanos nacemos con un deseo natural de buscar la felicidad, la paz y la estabilidad para sentirnos plenos. En este sentido, nuestra mente persigue constantemente experiencias que nos hagan sentir seguros, valorados y en calma, una afirmación que autores como Gilbert (2006) describen como un sistema básico de regulación emocional orientado a la protección y al bienestar. Sin embargo, la ciencia demuestra que nuestro cerebro no está diseñado para hacernos felices, sino puramente para mantenernos a salvo (Austad, 2020). De este modo, lo que empezó siendo una herramienta para protegernos de peligros reales, hoy se convierte en una tendencia automática a ponernos siempre en lo peor y a rumiar los problemas (Tattersall, 2006).

 

 

Nuestro sistema de alerta

 

Nuestro cerebro no registra de la misma manera lo bueno que lo malo. Cuando aparece algo negativo el sistema nervioso se activa de forma prioritaria en sus áreas más primitivas. Esto nos supone un desgaste considerable porque reaccionamos con mucha más intensidad ante una amenaza que ante una recompensa. Este comportamiento es lo que conocemos como sesgo de negatividad (Baumeister et al. 2001).

 

En nuestro cerebro, la amígdala es la encargada de vigilar constantemente todo lo que nos rodea, es nuestro sistema de alerta. En cuanto detecta cualquier señal de peligro, activa una alarma automática que dispara el miedo, haciendo que nos enfoquemos en esa amenaza mucho antes de que nos dé tiempo a razonar la situación (Öhman y Mineka, 2001). De hecho, este mecanismo de alerta no es algo que aprendemos con los años, sino una herramienta de supervivencia biológica que se activa con fuerza desde nuestro primer año de vida (Vaish et al., 2008).

 

 

Un sistema ultra rápido

 

Esta necesidad de protegernos es tan real que se ha medido físicamente a través de la actividad eléctrica cerebral. Los datos demuestran que, cuando aparece algo malo, el cerebro tarda solo unos milisegundos en reaccionar, atrapando nuestra atención de manera automática para hacernos frente a la amenaza (Carretié et al., 2001). Nuestro cerebro está programado para registrar lo malo con muchísima más fuerza y rapidez que lo bueno, mucho antes de que nos dé tiempo a pensar en ello de manera lógica.

En la práctica, esto explica por qué un pequeño malentendido en el trabajo o un error menor pueden condicionar nuestro estado de ánimo durante horas. Para el cerebro, cualquier inconveniente representa una alerta que exige atención inmediata, mientras que las situaciones positivas, al no suponer ninguna amenaza, se procesan en un segundo plano (Rozin y Royzman, 2001).

 

 

La alerta constante

 

Esta tendencia a mantener la alarma encendida tiene un coste muy alto para nuestro cuerpo. Aunque activar esta respuesta nos ayuda a adaptarnos ante un imprevisto en un proceso llamado alostasis, que es la forma en que nuestro cuerpo cambia para adaptarse a las dificultades, el verdadero problema surge cuando la alerta se vuelve permanente. Esta tensión constante genera un desgaste acumulado en el organismo que se conoce como carga alostática y que acaba dañando la salud (McEwen, 1998).

En gran parte, esta respuesta física se mantiene activa en nuestro día a día debido a la rumiación, un hábito mental que nos hace dar vueltas constantemente a las preocupaciones y al malestar (Nolen-Hoeksema et al., 2008). Al rumiar, el cerebro actúa bajo el sesgo de negatividad, priorizando posibles amenazas para intentar protegernos, pero dejando al cuerpo en un estado de alerta que no puede sostener de forma permanente.

 

 

El sesgo de confirmación

 

Cuando el sesgo de negatividad activa nuestro sistema de alerta, el cerebro busca de forma activa pruebas que confirmen ese peligro. Este mecanismo se conoce como sesgo de confirmación (Nickerson, 1998). Como el sistema nervioso parte de la premisa de que existe una amenaza, filtra la realidad para encontrar cualquier señal que respalde ese temor.

Esto crea un círculo difícil de romper. El cerebro ignora los datos positivos o neutros y se obsesiona con lo que parece negativo. Así, una situación ambigua se interpreta siempre como un ataque, alimentando la ansiedad de forma innecesaria (Baumeister et al., 2001).

 

 

La pausa consciente

 

Pese a la rapidez de este sistema, el ser humano posee una capacidad de control sobre sus respuestas automáticas. El cerebro dispone de una parte encargada del razonamiento y del control de las emociones que puede frenar la respuesta de miedo. El cerebro cuenta con un mecanismo que nos permite razonar y regular esas emociones, lo que actúa como un freno natural frente al miedo (Davidson et al., 2000). El objetivo no es eliminar la alerta, sino aprender a identificar el sesgo justo cuando aparece. Entender que dar vueltas a un problema o buscar pruebas para confirmar un miedo son solo reacciones automáticas de nuestro cuerpo, permite dejar de actuar por impulso y empezar a analizar las cosas con lógica.

 

 

La gestión de nuestras respuestas automáticas

 

Aunque nuestro sistema de alerta es muy rápido, el cerebro tiene capacidad para regular estas reacciones. Como señalan Davidson, Jackson y Kalin (2000), las emociones no son estados estáticos, sino procesos dinámicos. Esto significa que podemos aprender a no dejarnos arrastrar por la primera impresión de peligro.

 

Para poner esto en práctica, la ciencia propone diferentes estrategias de regulación emocional:

 

  • Etiquetado emocional: Lieberman et al. 2007 demuestran que ponerle nombre a lo que sentimos ayuda a frenar la intensidad de esa alarma automática. . Cuando identificamos claramente una emoción y la nombramos conseguimos que la respuesta del cerebro sea menos intensa y recuperamos la capacidad de pensar con más claridad.

 

  • Reevaluación cognitiva: Según los modelos de Gross (2002), podemos modificar nuestra respuesta ante una situación difícil cambiando la forma en que la interpretamos. Esto consiste en analizar los hechos de manera objetiva para identificar la información que hemos pasado por alto debido a la alerta. Esto nos permite ver que la amenaza suele ser menor de lo que nuestra primera reacción nos sugiere..

 

  • Redirección de la atención: La rumiación mantiene el sistema de alerta encendido durante demasiado tiempo. Para interrumpir este ciclo es necesario desviar el foco hacia una tarea externa y concreta. Esta estrategia es clave porque permite que el cuerpo abandone ese estado de alerta permanente y recupere su equilibrio natural (Nolen-Hoeksema et al. 2008)

 

 

Conclusión

 

Entender que el sesgo de negatividad es una herramienta de supervivencia antigua, y no un error en nuestro funcionamiento, nos permite observar nuestras preocupaciones con otra perspectiva. Aunque no podemos desactivar este radar de amenazas porque es parte de nuestra naturaleza, podemos aprender a gestionar cómo respondemos ante él.

El objetivo no es eliminar esta tendencia a focalizarnos en lo negativo, sino evitar que condiciones todas nuestras decisiones. Al integrar esa pausa consciente, logramos diferenciar entre un problema real y la distorsión que genera este sesgo. De esta manera, podemos recuperar el equilibrio necesario para no vivir en un estado de alerta constante.

 

 

 

Bibliografía

 

Austad, S. (2020). Randolph M. Nesse, Good Reasons for Bad Feelings: Insights from the Frontier of Evolutionary Psychiatry. Evolution Medicine and Public Health, 2020(1), 28–29. https://doi.org/10.1093/emph/eoaa002

Baumeister, R. F., Bratslavsky, E., Finkenauer, C., y Vohs, K. D. (2001b). Bad is Stronger than Good. Review of General Psychology, 5(4), 323–370. https://doi.org/10.1037/1089-2680.5.4.323

Carretié, L., Mercado, F., Tapia, M., y Hinojosa, J. A. (2001b). Emotion, attention, and the ‘negativity bias’, studied through event-related potentials. International Journal of Psychophysiology, 41(1), 75–85. https://doi.org/10.1016/s0167-8760(00)00195-1

Davidson, R. J., Jackson, D. C., y Kalin, N. H. (2000). Emotion, plasticity, context, and regulation: Perspectives from affective neuroscience. Psychological Bulletin, 126(6), 890–909. https://doi.org/10.1037/0033-2909.126.6.890

Gilbert, P. (2006). Evolution and depression: issues and implications. Psychological Medicine, 36(3), 287–297. doi:10.1017/S0033291705006112

Gross, J. J. (2002). Emotion regulation: Affective, cognitive, and social consequences. Psychophysiology, 39(3), 281–291. https://doi.org/10.1017/s0048577201393198

Lieberman, M. D., Eisenberger, N. I., Crockett, M. J., Tom, S. M., Pfeifer, J. H., y Way, B. M. (2007). Putting feelings into words. Psychological Science, 18(5), 421–428. https://doi.org/10.1111/j.1467-9280.2007.01916.x

McEwen, B. S. (1998b). Protective and damaging effects of stress mediators. New England Journal of Medicine, 338(3), 171–179. https://doi.org/10.1056/nejm199801153380307

Nickerson, R. S. (1998). Confirmation bias: a ubiquitous phenomenon in many guises. Review of General Psychology, 2(2), 175–220. https://doi.org/10.1037/1089-2680.2.2.175

Nolen-Hoeksema, S., Wisco, B. E., y Lyubomirsky, S. (2008). Rethinking rumination. Perspectives on Psychological Science, 3(5), 400–424. https://doi.org/10.1111/j.1745-6924.2008.00088.x

Öhman, A.,  Mineka, S. (2001). Fears, phobias, and preparedness: Toward an evolved module of fear and fear learning. Psychological Review, 108(3), 483–522. https://doi.org/10.1037/0033-295x.108.3.483

Rozin, P., y Royzman, E. B. (2001). Negativity bias, negativity dominance, and contagion. Personality and Social Psychology Review, 5(4), 296–320. https://doi.org/10.1207/s15327957pspr0504_2

Tattersall, R. (2006b). Happiness: the science behind your smile. Clinical Medicine, 6(2), 214. https://doi.org/10.7861/clinmedicine.6-2-214

Vaish, A., Grossmann, T., y Woodward, A. (2008). Not all emotions are created equal: The negativity bias in social-emotional development. Psychological Bulletin, 134(3), 383–403. https://doi.org/10.1037/0033-2909.134.3.383