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Estrés infantil y adolescente

 

 

 

 

Ana del Río Vega

 

Al igual que sucede en la edad adulta, todos los niños y adolescentes pasan por momentos de estrés. Es importante destacar que cualquier acontecimiento que suponga un cambio para el niño, también le puede generar estrés en mayor o menor medida. Podríamos decir que el estrés es la respuesta normal a los cambios, que por otra parte, son también algo normal en la vida de cualquier ser vivo. Además, esto es independiente de la naturaleza del cambio, es decir, de si este es positivo o negativo, aunque es más frecuente que aparezca en el último caso.

En general, el estrés surge en los niños cuando aparece un cambio al que adaptarse, para el que prepararse o del que protegerse. Hace que el niño se prepare para esa nueva situación.

 

 

¿Cuál es la diferencia entre estrés positivo (eustrés) y estrés negativo (distrés)?

 

Existen momentos en que el estrés no sólo no es perjudicial, sino que puede ser incluso beneficioso para los niños. Cuando el estrés es puntual y en pequeñas dosis, puede ser positivo siempre y cuando el menor cuente con la ayuda necesaria para gestionar la situación, ya que en estos casos puede funcionar como estímulo positivo para hacer frente, de forma exitosa, a un nuevo reto. Este tipo de estrés, de duración más o menos breve, ayuda a que los menores desarrollen capacidades y habilidades para lograr un objetivo. Puede aparecer la motivación necesaria para intentar hacer cosas nuevas, desarrollando así sus fortalezas internas y su capacidad de concentración y compromiso de cara a alcanzar una meta. Algunos ejemplos de este tipo de situaciones pueden ser los exámenes, las competiciones deportivas, las funciones artísticas, etc. Una vez superado el reto, el estrés desaparece y se va consolidando un aprendizaje que ayudará al niño a crecer y a madurar, aumentando la confianza en sí mismo.

Sin embargo, también existen circunstancias en que un exceso en la intensidad, frecuencia o duración del estrés puede acarrear problemas para la salud física y mental del niño.

Efectivamente, esto sucede cuando el estrés es demasiado intenso, bien porque la situación que lo provoca es prolongada en el tiempo o por la propia gravedad de la misma. En estos casos, el menor puede verse superado y carecer de las herramientas y ayuda necesarias para manejar con éxito la situación estresante.

 

 

¿Cuáles son las principales fuentes de estrés en los niños?

 

En el caso de los niños, el estrés puede estar relacionado con situaciones o experiencias vividas en diferentes contextos, de manera cotidiana o, en casos más graves, puede también ser generado por acontecimientos vitales complejos y repentinos, como un cambio de ciudad o de país, en que se dejan atrás amistades, colegio, parte de la familia y todo lo que hasta el momento ha representado el mundo del niño, que en estas situaciones puede suponer hasta el cambio de idioma.

En este último grupo se incluyen también las enfermedades graves y duraderas (que pueden requerir el ingreso temporal del niño en un hospital), la pérdida de un ser querido, la separación de los padres o la integración de un nuevo miembro en la familia: nuevos hermanos (bebés), nueva pareja de alguno de los padres, etc.

 

Otra fuente de estrés muy importe para el niño es la que tiene que ver con su contexto escolar. En el momento de iniciar la etapa escolar, los niños se enfrentan a situaciones nuevas, que en la mayoría de los casos pueden añadir una dosis extra de estrés al estado mental del niño. Los nuevos compañeros, los profesores, los propios padres y hasta el mismo niño en sí, más alterado y excitado de lo normal, se convierten en estresores potenciales.

Una vez iniciada la trayectoria escolar, surgen otras fuentes de estrés (materias estudiadas, deberes, notas, cambio de clase, de etapa escolar, de colegio o incluso de profesor, afectando esta última circunstancia especialmente a los niños más pequeños, puesto que  los mayores ya cuentan con más recursos para gestionar este tipo de cambios).

Las interacciones sociales dentro del ámbito escolar son también un punto importante a tener en cuenta, ya que a menudo son causantes de situaciones estresantes. Las que merecen especial atención son los posibles enfados o peleas con otros niños y el trato recibido por parte del resto de compañeros y de los profesores. En este ámbito, el acoso escolar o bullying, representa una de las causas principales de estrés y malestar emocional de niños y adolescentes en los centros educativos, provocándoles graves efectos negativos en su salud física, psicológica y rendimiento académico.

Por último, es importante señalar que también existen fuentes de estrés relacionadas con otro tipo de actividades, como las extraescolares: deportes, idiomas, actividades artísticas en general, etc.

En esta línea irían también las consideradas como placenteras y de ocio; fiestas, celebraciones, excursiones, viajes, etc.

La sobrecarga de cualquiera de estas actividades puede transformar el carácter, a priori agradable y apetecible de las mismas, en una fuente potencial de estrés.

 

 

¿Cómo detectar si un niño sufre estrés?

 

Como en el resto de situaciones vitales, la forma que cada menor tiene de reaccionar ante una situación de estrés depende de múltiples factores, por lo que cada niño lo hará de manera diferente. Entre estos factores, algunos son de tipo cultural, otros son educativos, otros ambientales, etc. De todos ellos, los factores culturales juegan un papel importante, ya que tanto las emociones como la forma de expresarlas, puede diferir totalmente de una cultura a otra.

Cada cultura tiene reglas y normas sobre cómo expresar qué emociones, en qué contexto y de qué manera. Por poner un ejemplo, hay culturas en las que no está bien visto llorar en público y, sin embargo, en otras es considerado algo totalmente normal. Lo mismo sucede con la educación recibida por cada niño y las características particulares de su contexto familiar.

Por todo esto y puesto que cada niño es único y diferente del resto, sus reacciones ante el estrés también lo serán. Y no solo eso, sino que en algunas ocasiones, no habrá señales evidentes de que el menor en cuestión esté enfrentándose a una situación de estrés.

En general, los síntomas derivados del nivel de estrés en los niños pueden ser de dos tipos: físicos y emocionales o de alteración de la conducta.

 

Algunos de los síntomas físicos más frecuentes son:

  • Dolor de cabeza.
  • Problemas para dormir y cambios en el sueño.
  • Pesadillas.
  • Cambios en los hábitos alimentarios (reducción del apetito).
  • Mojar la cama por primera vez o de forma recurrente.
  • Molestia estomacal o dolor de estómago poco específico.
  • Debilidad muscular.
  • Otros síntomas físicos sin la existencia de ninguna enfermedad física manifiesta.

 

Entre los síntomas emocionales o de alteración de la conducta se encuentran:

  • Comportamiento agresivo.
  • Comportamiento obstinado e inflexible.
  • Aumento de las manifestaciones de ira o rabia.
  • Irritabilidad sin explicación.
  • Aparición de llanto o gimoteo de manera frecuente.
  • Incapacidad para relajarse.
  • Incapacidad para controlar sus emociones.
  • Ansiedad o preocupaciones.
  • Miedos nuevos o recurrentes (miedo a la oscuridad, a estar solos, a los extraños, etc.)
  • Aferrarse al adulto (madre, padre, abuela, abuelo, hermana o hermano mayor, etc.) y no querer perderlo de vista.
  • Pérdida de motivación o capacidad para concentrarse en tareas.
  • Tristeza.
  • Retroceso a comportamientos típicos de etapas anteriores del desarrollo, incluyendo conductas regresivas como chuparse el dedo, etc.
  • Negativa o desgana ante la participación en actividades familiares o escolares.
  • Problemas de relación con los amigos y compañeros de clase.
  • Retirada social poco característica del niño: no querer hablar con nadie y parecer deprimido.
  • Formulación de preguntas de manera reiterativa.
  • Cambios importantes en su conducta habitual.
  • Quejas físicas: dolor de cabeza, de estómago, malestar inexplicable, etc.

 

 

¿Qué podemos hacer para ayudar a los niños a manejar el estrés?

 

Dado que como adultos no podemos evitar que los niños y adolescentes pasen por episodios de estrés, debemos concentrar nuestros esfuerzos en ofrecerles nuestro apoyo y ayuda para que puedan hacer frente a la situación de la forma más saludable posible.

Como adultos responsables de su educación y bienestar, podemos darles la ayuda necesaria para que dirijan el estrés positivo hacia el objetivo que desean conseguir y desarrollen las habilidades que les permitan enfrentarse con decisión a los constantes cambios de la vida.

Asimismo, en los casos en que el estrés es excesivo, podemos ofrecerles más seguridad y estabilidad protegiéndolos de los efectos nocivos del mismo.

 

El ritmo de nuestra vida diaria, el cumplimiento de los horarios, la resolución de las pequeñas tareas cotidianas, pueden generar pequeños momentos de estrés del que hemos definido como positivo, pero si este no se gestiona de un modo eficaz, se puede convertir en estrés negativo, con sus correspondientes efectos nocivos.

Cuando nos encontramos ante un momento de estrés cotidiano como ir a clase, preparar la mochila, recoger la habitación, hacer los deberes o preparar la entrega de algún trabajo algo más específico, etc., el adulto responsable puede caer en el error o la tentación de intervenir y realizar la tarea, o al menos gran parte de ella, con el objetivo de ahorrar tiempo, respetar los horarios establecidos, cumplir el plazo previsto si se trata de una entrega, o simplemente reducir la ansiedad o malestar que el reto produce en el niño. Sin embargo, esto no es beneficioso para el menor. Es precisamente en los momentos en los que aparece este tipo de estrés, cuando los niños pueden aprender a sacar partido del mismo. Puesto que los niños observan el comportamiento y la forma en que sus adultos de referencia reaccionan ante diferentes situaciones, la mejor opción es enseñarles cómo prepararse para superar la situación, pero no hacerlo por ellos. De este modo, el niño sabrá que cuenta con el apoyo del adulto, y aprenderá a gestionar sus propias emociones para enfrentarse satisfactoriamente al nuevo reto, mientras adquiere y desarrolla las habilidades necesarias para ello. Además, todo esto también le ayudará a prepararse para poder gestionar mayores desafíos en el futuro y convertirse, poco a poco, en un adulto independiente y seguro.

 

En cualquier caso, como madre, padre o responsable del menor, hay cosas que puede hacer en su vida diaria para ayudar al niño o adolescente a gestionar el estrés de manera eficaz:

  • Ofrecerle el apoyo necesario mediante el diálogo cuando lo necesite. Escuchar sus problemas y aceptar y validar sus sentimientos le dará más seguridad y le ayudará a sentirse más seguro.
  • Pasar tiempo de calidad en familia y animar al niño o adolescente a hacer cosas de las que disfrute, sólo o en compañía. Las actividades capaces de despertar su interés, también le generan emociones positivas capaces de contrarrestar, en parte, el efecto de las emociones negativas propias del estrés. Es importante no confundir esto con sobrecargar al niño con un exceso de actividades extraescolares o de ocio. No hay que olvidar que ambas son opcionales y la vida de los niños no se debe convertir en una sucesión de actividades organizadas, puesto que carecer de tiempo libre puede tener consecuencias negativas para su desarrollo y, paradójicamente, causarles estrés adicional. Es importante que el niño exprese qué le apetece realmente hacer y con quién, aunque obviamente el adulto pueda servirle de guía y ayudar en el proceso de selección.
  • Permitir que el niño utilice sus fortalezas en su vida diaria. El estrés y los traumas que lo generan pueden hacer que los niños y adolescentes tengan ansiedad y se sientan vulnerables o inseguros. Resolver pequeños retos poco a poco y saberse capaces de obtener logros cada vez mayores, les ayudará a sentirse más fuertes y a aumentar la confianza en sí mismos. Como ya se ha señalado, se puede y se debe brindar apoyo, pero no realizar las tareas por ellos.
  • Pedir ayuda profesional. Existen casos más complejos en los que los niños necesitan terapia para superar el estrés y los problemas que este les genera a nivel físico y mental, sobre todo si dicho estrés ha sido provocado por un acontecimiento complejo o de tipo traumático.

 

En circunstancias así, es posible que los padres no cuenten con las herramientas necesarias para lidiar con la situación de la forma más eficaz y beneficiosa para el niño. En estos casos, lo mejor es empezar un proceso de terapia, en el que los propios padres podrán participar y aprender, de la mano de un profesional cualificado, cuál es la mejor forma de ayudar a su hijo.

Para terminar conviene tener en cuenta que la capacidad personal para manejar el estrés y los problemas cotidianos varía de un niño a otro. Algunos se adaptan bien a los cambios y pueden superarlos con relativa facilidad. Otros los viven como una amenaza para su sensación de bienestar general. Estos casos son los que hay que gestionar de forma eficaz para evitar que se generen problemas mayores. La mayoría de las situaciones a las que se enfrentan los niños forman parte de las tareas que conforman su aprendizaje y crecimiento, pero hay ocasiones como algunas de las citadas en el presente artículo, en que conviene intervenir para evitar que el estado de malestar se prolongue demasiado y se agrave.

 

Del mismo modo, es importante señalar que todos los niños mejoran su capacidad para afrontar las situaciones de estrés si:

  • Ya han conseguido lidiar con los problemas y se sienten capaces de hacerlo.
  • Poseen un adecuado nivel de autoestima.
  • Cuentan con el apoyo emocional de la familia y los amigos.

 

 

Referencias:

 

Trianes, M.V. (1999). Estrés en la infancia: su prevención y tratamiento. Narcea Ediciones.

Compas, B. E. (1987). Stress and life events during childhood and adolescence. Clinical Psychology Review, 7(3), 275–302. https://doi.org/10.1016/0272-7358(87)90037-7

Loredo Martínez, N., Mejía Jiménez, D., Jiménez Bautista, N., y Matus Miranda, R. (2009). Nivel de estrés en niños(as) de primer año de primaria y correlación con alteraciones en su conducta. Enfermería Universitaria, 6(4), 7-14.

American Academy of Pediatrics website. (29 de diciembre de 2020). Helping children handle stress. https://www.healthychildren.org/English/healthy-living/emotional-wellness/Pages/Helping-Children-Handle-Stress.aspx.

American Psychological Association website. (5 de septiembre de 2019). Identifying signs of stress in your children and teens. https://www.apa.org/topics/stress/children.