Las necesidades básicas y el diagnóstico en psicología clínica
Fátima Liern Velasco
El ser humano tiene muchas virtudes, entre ellas la capacidad de recuperar el equilibrio en sus funciones, también conocido como homeostasis (Grijalba-Uche y Echarte, 2015). Para ello, cuenta con toda una red de comunicación interna que le informa de cualquier desajuste de cualquier zona del cuerpo. A su vez, dicho sistema tiene la capacidad de repartir el consumo de energía de forma óptima, seleccionando para ello qué necesidades son prioritarias por ser aquellas que, de no estar cubiertas, impiden un correcto ajuste de otras necesidades o, incluso, las entorpecen dando lugar a nuevos desbalances (Cannon, 1911, como se cita en González de Rivera y Revuelta, 1994). Estas necesidades que conforman los pilares de nuestro organismo son las que en el campo de la salud se conocen como necesidades básicas.
Necesidades básicas: primeros acercamientos
La comprensión de las necesidades humanas, especialmente las necesidades básicas, ha sido un eje central de estudio en el campo de la psicología a la hora de intentar hallar la delimitación entre bienestar y psicopatología. En este sentido, diversos autores han propuesto modelos jerárquicos y funcionales que sitúan las necesidades fisiológicas como base imprescindible antes del desarrollo psicológico superior. Uno de los autores más conocidos en este aspecto es Maslow (1991), quien propuso una pirámide de desarrollo ascendente según la cual el ser humano persigue inicialmente mantener cubiertas las funciones básicas de alimentación, respiración, hidratación, etc. Todas las anteriores constituyen un primer peldaño en la jerarquía y, sumadas a las necesidades de seguridad garantizan nuestra supervivencia. Ello permite que, posteriormente, los seres humanos podamos alcanzar y desarrollar otras funciones de la pirámide relacionadas con las necesidades de crecimiento. De esta forma, Maslow (1991) defiende que para lograr una buena estima de nosotros mismos y un óptimo sentido de autorrealización, debemos cubrir primero nuestra necesidad de afecto, afiliación y reconocimiento. Por todo lo anterior, observamos cómo este planteamiento sugiere que la satisfacción de las necesidades básicas es condición necesaria para el funcionamiento psicológico adecuado y un pilar fundamental del desarrollo posterior.
En línea con lo anterior, la teoría de la autodeterminación de Deci y Ryan (2008) defiende que el bienestar y el funcionamiento óptimo del ser humano dependen de la satisfacción de tres necesidades psicológicas básicas: autonomía (sentirse agente de la propia conducta), competencia (sentirse eficaz al realizar dicha conducta) y relación (sentirse conectado con otros). En este sentido, cuando el entorno favorece estas necesidades promueve una motivación más autónoma, mientras que cuando ese mismo entorno las frustra, genera malestar y menor rendimiento (Deci y Ryan, 2008). Si bien esta teoría enfatiza necesidades psicológicas como la autonomía, competencia y relación, también reconoce implícitamente que estas se sostienen sobre la base de un organismo regulado, al menos en el plano biológico, pues de lo contrario dichos mecanismos no podrían suceder. Ambas teorías enfatizan la importancia de asegurar una adecuada satisfacción de nuestras necesidades básicas antes de abordar el plano estrictamente mental, de modo que una adecuada nutrición e hidratación, un buen descanso, un entorno seguro, una buena respiración, etc. configuren un estado óptimo en el organismo desde el cual poder crecer.
Dicha defensa de las necesidades básicas y su papel fundamental en el desarrollo y bienestar también es apoyada desde una perspectiva psicobiológica: Funciones como la nutrición, el sueño y la respiración no sólo garantizan la supervivencia, sino que modulan directamente procesos cognitivos y emocionales, siendo un ejemplo cómo la privación de sueño se asocia con alteraciones en la regulación emocional y aumento del riesgo de trastornos afectivos (O’Leary et al., 2017). Del mismo modo, una alimentación deficiente puede afectar la neurotransmisión, como ocurre en los déficits de hierro, vitamina B12 o ácido fólico vinculados a síntomas depresivos, cómo veremos posteriormente (Reynolds, 2006). Incluso, la perspectiva psicobiológica conecta con otros escalones de la jerarquía de Maslow aparentemente inconexos, como la socialización. Aunque la socialización se considera de naturaleza psicosocial, también constituye una necesidad básica dado su impacto en sistemas neurobiológicos relacionados con el estrés y el apego, como podemos observar en ejemplos como los estudios de Harlow con crías de monos, donde aquellos privados del afecto de la madre desarrollaban un déficit por falta de afecto que deriva en desnutrición, a pesar de tener alcance el alimento, y progresión nociva hacia la inanición e incluso la muerte (Harlow y Zimmermann, 1959).
Consecuencias nocivas de la desregulación de las necesidades básicas
Ahora que ya conocemos las necesidades básicas, así como el papel fundamental que constituyen en nuestra salud y desarrollo biopsicosocial, podemos empezar a concluir algunas de las principales consecuencias perjudiciales de mantener dichas necesidades en un estado óptimo de regulación. En primer lugar, una consecuencia negativa inherente a una desregulación de nuestras necesidades es el propio malestar que genera dicho desajuste, pues todos conocemos la desagradable sensación que es experimentar sed o hambre voraz ocasionalmente y no disponer en ese momento de aquel ansiado vaso de agua o alimento. Es por ello que el organismo cuenta con reservas, así como recursos desagradables (ej. Dolor y rugido de tripas, garganta seca) para avisarnos del desajuste, pues es de esta manera cómo moviliza una búsqueda eficiente de recursos que facilitan la consecución de alimento, agua, abrigo, etc., que nos acerquen a cubrir las necesidades básicas de nutrición, hidratación, seguridad, descanso, etc., respectivamente.
Otro perjuicio de no tener reguladas nuestras necesidades básicas es, cómo ya hemos visto en apartados anteriores, el impedimento que suponen para alcanzar otras áreas también necesarias, como pueden ser lograr autonomía, el sentimiento de realización, necesidades de relación, etc. De hecho, tal es la importancia de las necesidades básicas que un desajuste de las mismas puede incluso dar lugar a errores diagnósticos relevantes, como podría ser el siguiente escenario: un paciente que acude a consulta por sensación de fatiga, dificultad para concentrarse, estado de ánimo decaído y alteraciones en la alimentación. Si tuviéramos que pensar en un diagnóstico funcional desde la psicología clínica, el más compatible sería el trastorno depresivo mayor o relacionados. Sin embargo, imaginemos que este mismo paciente, orientado por su psicólogo, acude a su médico de cabecera para hacerse una analítica que, curiosamente, acaba reflejando niveles de hemoglobina y hematocrito bajos, más un recuento de glóbulos rojos escaso, lo que en un diagnóstico orgánico su médico de cabecera interpreta como un cuadro claro de anemia.
Ambos diagnósticos no son incompatibles y, en tal caso, tiene prioridad el cuadro de anemia por ser una causa orgánica que explica gran parte de los síntomas que experimenta el paciente. En este sentido, los sistemas diagnósticos contemporáneos, como el Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders revisado o DSM-5-TR, establecen explícitamente la necesidad de descartar causas orgánicas antes de confirmar un trastorno mental, como sería en el ejemplo anterior una posible anemia ferropénica (American Psychiatric Association, 2022). Como observamos en el ejemplo, este criterio de exclusión es clave, ya que múltiples condiciones médicas pueden simular sintomatología psiquiátrica y/o psicológica. Siguiendo con nuestro ejemplo, la anemia ferropénica puede manifestarse con fatiga, apatía, dificultad de concentración y bajo estado de ánimo, síntomas que podrían confundirse con un trastorno depresivo mayor (World Health Organization, 2001). Con todo lo anterior queda manifiesto la importancia de explorar las necesidades básicas como un posible desajuste en las funciones básicas del organismo, y como un abordaje clínico adecuado exige la realización de una anamnesis completa y pruebas complementarias básicas, como una analítica sanguínea. Detectar una anemia y tratarla con suplementación de hierro puede revertir el cuadro clínico con alta eficacia y bajo riesgo, lo que a su vez protegería la salud del paciente, evitando intervenciones innecesarias como el uso de antidepresivos y sus posibles efectos secundarios adversos. En otras palabras, con este ejemplo pretendemos ilustrar cómo el fallo en descartar la organicidad puede derivar en sobre medicalización y en la cronificación de problemas tratables.
Conclusión
Las necesidades básicas toman su nombre de la importancia crucial que suponen para la base del desarrollo del crecimiento y bienestar de los seres humanos, donde un mal descanso, una mala alimentación o incluso una respiración deficiente pueden suponer la diferencia clave entre una sensación de confort que motive conductas de desarrollo psicológico superior, como la autorrealización, en contraposición con la sensación de hartazgo, agotamiento, mal humor o vacío que impida la movilización hacia recursos adecuados. Es por ello que los modelos psicológicos coinciden en señalar la relevancia de las necesidades básicas fisiológicas, subrayando la necesidad de garantizar primero una adecuada cobertura de dichas necesidades para, posteriormente, poder alcanzar ámbitos de crecimiento puramente psicológico, como la autonomía o la autorrealización. La práctica clínica integra esta perspectiva en sus manuales diagnósticos actuales con un enfoque que no solo mejora la precisión diagnóstica, sino que optimiza la eficacia terapéutica, al considerar prioritario descartar la organicidad antes de atribuir los síntomas a trastornos mentales. Por todo lo anterior, es importante cuidarnos de que aspectos como una correcta alimentación e hidratación, un descanso suficiente, un entorno seguro o una respiración adecuada estén correctamente cubiertos, pues protegen nuestra salud, constituyen la base de nuestro estado óptimo como organismos y permiten al ascenso hacia el desarrollo y crecimiento personal.
Referencias:
American Psychiatric Association. (2022). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5th ed., text rev.; DSM-5-TR). American Psychiatric Publishing.
Deci, E. L., y Ryan, R. M. (2008). Self-determination theory: A macrotheory of human motivation, development, and health. Canadian Psychology, 49(3), 182–185. https://doi.org/10.1037/a0012801
González de Rivera y Revuelta, J. L. (1994). Estrés, homeostasis y enfermedad. En A. Seva (Ed.), Psicología médica (Cap. 45). Ino Reproducciones. https://www.researchgate.net/publication/319904058_ESTRES_HOMEOSTASIS_Y_ENFERMEDAD
Grijalba Uche, M., y Echarte, L. E. (2015). Homeostasis y representaciones intelectuales: Una aproximación a la conducta moral desde la teoría de la emoción de Antonio Damasio. Persona y Bioética, 19(1), 80–98. https://doi.org/10.5294/pebi.2015.19.1.7
Harlow, H. F., y Zimmermann, R. R. (1959). Affectional responses in the infant monkey. Science, 130(3373), 421–432. https://doi.org/10.1126/science.130.3373.421
Maslow, A. H. (1991). Motivación y personalidad. Ediciones Díaz de Santos. 21-66.
O’Leary, K., Bylsma, L. M., y Rottenberg, J. (2017). Why might poor sleep quality lead to depression? A role for emotion regulation. Cognition and Emotion, 31(8), 1698–1706. http://dx.doi.org/10.1080/02699931.2016.1247035
Reynolds, E. (2006). Vitamin B12, folic acid, and the nervous system. The Lancet Neurology, 5(11), 949–960. https://doi.org/10.1016/S1474-4422(06)70598-1
World Health Organization. (2001). Iron deficiency anaemia: Assessment, prevention and control: A guide for programme managers. https://www.who.int/publications/m/item/iron-children-6to23–archived-iron-deficiency-anaemia-assessment-prevention-and-control

