La zona de confort
Gisella Brandi
Seguro que alguna vez has escuchado la frase “sal de tu zona de confort”, como si fuera sinónimo de estancamiento. Entendemos zona de confort como un estado en el que la persona se mueve dentro de situaciones conocidas que generan una sensación de seguridad y estabilidad emocional. Es un estado en el que nos movemos usando solo lo que ya sabemos hacer para que nada falle y así mantener nuestra ansiedad bajo control, evitando cualquier riesgo que nos haga sentir fuera de lugar (White, 2009).
A pesar de que suele presentarse como un problema, este estado cumple una función importante en nuestro bienestar. De hecho, Von Mohr et al. (2023) señalaron que sentirse seguro influye en la forma en que una persona se mueve en el mundo y en cómo organiza la distancia que mantiene con los demás. Es un espacio que nos permite recuperar estabilidad y escuchar lo que necesitamos. Desde ahí podemos decidir si queremos dar un paso hacia algo nuevo o si es mejor quedarnos un poco más en lo que conocemos.
La tendencia a evitar los cambios tiene una base biológica, el cerebro humano está diseñado para priorizar la seguridad. Cuando una situación es ambigua o impredecible, la amígdala incrementa su actividad y favorece respuestas de alerta que nos llevan a buscar lo familiar para recuperar estabilidad. Grupe y Nitschke (2013) explicaron que la incertidumbre aumenta la ansiedad porque el cerebro interpreta lo impredecible como un posible riesgo. Por ello, ante situaciones ambiguas, la amígdala incrementa su actividad para favorecer respuestas de alerta que nos lleven a buscar lo familiar.
En esta línea, Sterling (2012) explicó que cualquier cambio supone un esfuerzo extra para el organismo y activa respuestas internas que intentan protegernos y ahorrar energía. Desde esta perspectiva, el cerebro funciona intentando predecir lo que va a pasar y por eso prefiere moverse en entornos conocidos donde no necesita gastar demasiados recursos. Salir de lo previsible obliga al cuerpo a reajustar sus funciones, lo que genera un desgaste de energía importante. Por eso, volver a la zona de seguridad es una herramienta necesaria para que el organismo recupere sus recursos y pueda mantener el equilibrio.
La seguridad como base del crecimiento
Sentirnos seguros es lo que permite que el cuerpo se relaje y que la mente pueda explorar situaciones novedosas sin activar las alarmas. Como se mencionó anteriormente, si el sistema nervioso está centrado en protegernos ante una amenaza, se dificulta el aprendizaje (Grupe y Nitschke, 2013). Esta necesidad de seguridad no es solo una cuestión de comodidad, sino de eficiencia mental.
Esta necesidad de seguridad no es solo una cuestión de comodidad, sino de eficiencia mental. Como explica Pessoa (2009), los procesos emocionales y los cognitivos comparten los mismos recursos en el cerebro. Cuando nos sentimos bajo una amenaza o un estrés excesivo por abandonar nuestra zona segura, estos sistemas compiten entre sí. Si el cerebro dedica sus esfuerzos a gestionar esa alerta emocional, nuestra capacidad para razonar, planificar y aprender se ve afectada.
Este desgaste tiene un impacto directo para nuestro aprendizaje. Según Robinson et al. (2013), cuando el cerebro prioriza la detección de posibles riesgos ante la incertidumbre, lo hace a costa de funciones complejas como la memoria de trabajo. Esto se traduce en que, mientras estamos ocupados gestionando la sensación de amenaza que nos produce estar fuera de nuestro lugar seguro, nuestra capacidad para integrar y retener información nueva se reduce. Por todo esto, la zona de confort es esencial para el progreso y aprendizaje.
La comodidad como parte del equilibrio
La comodidad suele interpretarse como falta de ambición, pero es una parte esencial del equilibrio psicológico. Sentirnos seguros disminuye la activación emocional y permite que podamos acercarnos a situaciones nuevas sin que aparezca la sensación de amenaza. Desde esta perspectiva, la zona de confort no actúa como un límite, sino como un espacio desde el que el cambio puede iniciarse cuando contamos con la estabilidad necesaria para sostenerlo (Hartley y Phelps, 2012).
Dado que el organismo no puede sostener un nivel alto de activación de forma continuada, requiere periodos de descanso para restablecer la homeostasis (Sterling, 2012). En este contexto, Muraven y Baumeister (2000) demostraron que nuestra capacidad de esfuerzo y de gestión emocional no es infinita, sino que funciona como un recurso limitado que se agota con el uso. La zona de confort no es una falta de voluntad sino el entorno necesario donde dejamos de consumir esa energía para que el sistema se recupere. Estos momentos de recuperación forman parte del proceso de adaptación y permiten afrontar situaciones nuevas sin sentirse desbordado.
Avanzar cuando hay recursos
Avanzar no depende solo de vivir situaciones nuevas sino de que el cerebro pueda proteger esa información. Como explica Wixted (2004) los recuerdos recién formados son muy vulnerables y cualquier actividad mental intensa puede borrarlos si no han tenido tiempo de consolidarse. En este contexto, la zona de confort cumple una función esencial permitiendo que el cuerpo asiente el conocimiento y nos permita equilibrarnos para dar el siguiente paso.
Todo esto encaja con el concepto de ventana de tolerancia propuesto por Siegel (1999). Este modelo describe el rango de activación en el que nuestro sistema nervioso es capaz de procesar la información y responder a las demandas del entorno sin desbordarse. Cuando nos mantenemos dentro de este rango podemos analizar lo que nos sucede y tomar decisiones conscientes. Sin embargo, el hecho de abandonar la zona de seguridad sin los recursos necesarios puede llevarnos a traspasar ese límite y activar una respuesta de estrés excesiva. En ese momento, al priorizar la supervivencia, el cerebro deja en un segundo plano la reflexión y termina bloqueando el aprendizaje.
Por qué salir de la zona de confort también es necesario
Aunque la zona de confort cumple una función reguladora, permanecer siempre dentro de ella reduce la exposición a estímulos que favorecen el aprendizaje. Este proceso no es automático, sino que requiere estímulos que nos saquen de lo habitual. Como señala la investigación de Shors et al. (2012), el cerebro genera neuronas nuevas constantemente en las áreas encargadas de la memoria y el aprendizaje. Sin embargo, estas células mueren en pocos días si no se activan mediante un esfuerzo mental real. Si no salimos de lo que ya dominamos, el sistema interpreta que esos recursos sobran y termina por eliminarlos.
Esta capacidad de cambio es lo que permite que el cerebro se mantenga flexible y no pierda agilidad. Según demostraron Van Praag et al. (2000), cuando nos movemos en entornos variados y rompemos la rutina el cerebro se fortalece y se vuelve más eficiente. Es por esto que salir de lo previsible no es una elección personal sino una necesidad biológica para que el sistema siga funcionando bien y sepa cómo reaccionar ante lo que ocurre.
La zona de crecimiento
El aprendizaje no se produce en situaciones de activación extrema ni en estados de completa comodidad. La investigación de Joëls et al. (2006) y De Kloet et al. (2005) muestra que existe un rango intermedio en el que el sistema nervioso puede adaptarse a la novedad sin activar respuestas defensivas intensas.
En esta misma línea Schwabe et al. (2010) señalan que el éxito de este proceso depende de mantener la flexibilidad mental. Mientras que un nivel moderado de alerta nos permite integrar conocimientos de forma consciente, si el desafío es excesivo el cerebro prioriza una respuesta basada en el hábito y la repetición. Por lo tanto, la zona de crecimiento no consiste simplemente en salir de lo conocido sino en encontrar ese equilibrio donde el reto sea atractivo como para activarnos sin forzar al sistema a desbordase.
Pequeños hábitos para salir de la zona de confort de forma equilibrada
Los cambios que favorecen el aprendizaje pueden incorporarse de forma gradual. Investigaciones de Gruber et al. (2014) y Kleim y Jones (2008) sugieren que no se trata de grandes transformaciones, sino de romper la inercia de lo automático mediante estímulos que el sistema pueda integrar con facilidad.
Siguiendo en la misma línea, Maguire et al. (2000) y Draganski et al. (2004) encontraron que pequeñas variaciones en la rutina o la práctica de habilidades breves producen cambios apreciables en la estructura cerebral sin generar inseguridad.
Ideas sencillas para expandir tu zona de confort:
- Cambiar la ruta de camino al trabajo o al supermercado.
- Leer unos minutos sobre un tema distinto al habitual.
- Aprender una habilidad nueva muy simple (una palabra en otro idioma, un gesto, un pequeño ejercicio).
- Alterar el orden de la rutina de la mañana o de la noche.
- Hacer una tarea cotidiana en un lugar diferente de la casa.
- Escuchar un tipo de música que no sueles poner.
Utilizar la mano no dominante para tareas sencillas (como cepillarse los dientes o usar el cubierto).
Conclusión
Buscar este punto medio evita que el sistema se bloquee por estar siempre en alerta o que se oxide por no tener estímulos suficientes. La zona de confort es un espacio necesario para que el cerebro recupere energía y pueda afianzar lo que ha aprendido antes de intentar algo nuevo.
En definitiva, no se trata de abandonar la zona de confort ni de vivir en un cambio constante. Ese espacio estable también es necesario porque ofrece calma y seguridad. Lo ideal es encontrar un equilibrio en el que la rutina siga siendo un apoyo mientras añadimos pequeñas variaciones que mantengan al cerebro activo y con disposición a aprender.
Como hemos visto, la evidencia indica que pequeños ajustes son suficientes para que el cerebro active mecanismos de adaptación sin llegar a desbordarse. Variaciones muy simples en las tareas de siempre, una habilidad fácil de practicar o un cambio mínimo en un entorno conocido pueden abrir nuevas posibilidades.
Referencias
De Kloet, E. R., Joëls, M., & Holsboer, F. (2005). Stress and the brain: from adaptation to disease. Nature Reviews. Neuroscience, 6(6), 463–475. https://doi.org/10.1038/nrn1683
Draganski, B., Gaser, C., Busch, V., Schuierer, G., Bogdahn, U., y May, A. (2004). Changes in grey matter induced by training. Nature, 427(6972), 311–312. https://doi.org/10.1038/427311a
Gruber, M. J., Gelman, B. D., y Ranganath, C. (2014). States of curiosity modulate Hippocampus-Dependent learning via the dopaminergic circuit. Neuron, 84(2), 486–496. https://doi.org/10.1016/j.neuron.2014.08.060
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Hartley, C. A., & Phelps, E. A. (2012). Anxiety and Decision-Making. Biological Psychiatry, 72(2), 113–118. https://doi.org/10.1016/j.biopsych.2011.12.027
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Von Mohr, M., Silva, P. C., Vagnoni, E., Bracher, A., Bertoni, T., Serino, A., Banissy, M. J., Jenkinson, P. M., & Fotopoulou, A. (2023). My social comfort zone: Attachment anxiety shapes peripersonal and interpersonal space. iScience, 26(2), 105955. https://doi.org/10.1016/j.isci.2023.105955
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