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Aspectos psicológicos y dolor crónico

 

«Una vida con dolor»

 

 

 

 

Irene de la Cuesta Garbín

 

El dolor es la causa principal que lleva a las personas a la búsqueda de ayuda. Nos alarma de que algo de nuestro organismo está siendo perjudicial, lo que supone una sensación desagradable que atenta contra nuestra salud y que nos moviliza para poder pararlo. El dolor, por tanto, tiene una función adaptativa de supervivencia. La principal razón por la cual acuden los pacientes a los centros de salud es porque existe algún tipo de dolor: de espalda, de cabeza, de garganta, muscular, de pecho etc. Como bien sabemos, no todos los dolores son físicos, existen los dolores emocionales que también tienen un impacto en nuestra salud.

El dolor debe existir en nuestras vidas pues tiene una función de supervivencia necesaria, el problema viene cuando ese dolor persiste en el tiempo y se resiste a los tratamientos que se esperan que deban remediarlo. Por ello, en este artículo hablaremos del dolor crónico y su relación con diferentes aspectos psicológicos.

 

 

¿QUÉ ES EL DOLOR?

 

Para comenzar, vamos a definir qué es lo que entendemos actualmente por “dolor”. Históricamente las definiciones del dolor han ido cambiando a lo largo del tiempo. En un inicio se hacía alusión a lo físico, es decir, se consideraba como una sensación que responde a una agresión tisular estableciéndose una relación directa, a mayor gravedad de la herida mayor dolor. Hoy en día la definición de dolor es mucho más amplia y abarca más sensaciones, no solo las físicas. Una de las definiciones más utilizadas es la proporcionada por la Asociación Internacional para el Estudio del Dolor que la define así: “Experiencia sensorial y emocional asociada a una lesión real o potencial”. Esta definición tiene dos puntos clave: el primero, la introducción del concepto experiencia emocional ya nos dice que el dolor no tiene porqué ser exclusivamente físico, sino que puede ser psicológico; el segundo, es que el término potencial quiere decir que se puede experimentar dolor sin que exista una lesión real (Queraltó, 2005). En la actualidad se apuesta por abordar el dolor desde una perspectiva biopsicosocial donde se tiene en cuenta tanto factores biológicos, sociológicos y psicológicos.

 

 

¿QUÉ ENTENDEMOS POR DOLOR CRÓNICO?

 

El dolor crónico es definido como un dolor que aún habiéndose utilizado los tratamientos adecuados y efectivos, no desaparece, excediendo el tiempo previsto para su curación. De esta forma, lo que anteriormente era considerado un síntoma, se termina transformando en una enfermedad en sí misma con graves consecuencias en la calidad de vida de la persona.

Es considerado como un problema de salud pública ya que es una de las principales causas de consulta por la que van las personas a los centros de salud. En la actualidad tiene una alta prevalencia y se estima un incremento de su incidencia a lo largo de los años, lo que supondrá un descenso de la calidad de vida de la población. El dolor crónico supone un impacto en términos económicos y sociales, ya que muchos gastos se tienen que emplear para dar cobertura a todas aquellas personas que necesitan de tratamientos asociados al dolor crónico para poder mejorar su calidad de vida (Cifuentes, Ramírez y Betancurt, 2018).

 

 

ASPECTOS PSICOLÓGICOS Y DOLOR CRÓNICO

 

Las emociones negativas tienen un componente adaptativo asociado al dolor ya que nos moviliza a buscar una solución. El problema surge cuando ese dolor no cesa y se convierte en crónico, pues de esa forma pierde valor la alarma de movilización que ejercen las emociones negativas y pierden su función adaptativa pudiendo desarrollarse algún trastorno afectivo. Estas alteraciones del estado del ánimo, junto con creencias y pensamientos desesperanzadores, terminan convirtiéndose en la principal razón por la cual el dolor crónico se hace muy difícil de tratar.

Ante el sufrimiento de dolor crónico no todos reaccionan ni sienten lo mismo.  A continuación se explica aquellas emociones que con más frecuencia se presentan en pacientes con dolor crónico: ansiedad, depresión e ira. Es habitual que se manifieste más de una de estas emociones juntas.

 

ANSIEDAD

La ansiedad es de las emociones que están más relacionadas con el dolor crónico. Constituye una de las respuestas psicológicas que más influyen de manera temprana en la experiencia del dolor. El efecto que tiene la ansiedad en la vivencia del dolor es potenciadora, es decir, intensifica el dolor que existe de base, y mantenedora, lo que hace que se prolongue esa sensación de dolor y del estado de alerta ante las sensaciones nocivas. Por lo tanto, la ansiedad actúa sobre la experiencia subjetiva del dolor de manera directa: cuanto más nivel de ansiedad presente la persona más intenso y desagradable percibirá el dolor (Truyols et al., 2008).

La ansiedad y del dolor crónico se encuentran tan entrelazados que muchas veces cuesta diferenciar si lo que siente la persona es consecuencia de la ansiedad por el dolor o es consecuencia del dolor en sí mismo. Una ansiedad continua puede producir aumento de tensión muscular, alteraciones del sistema nervioso y mayor receptividad y aumento de la percepción de los estímulos dolorosos. Como podemos ver, la persona se encuentra en un bucle: tengo dolor– me preocupo y comienzo a tener ansiedad porque el dolor no desaparece – aparece sintomatología ansiosa – tengo más dolor – me preocupo más – aumenta mi sensación dolorosa aunque el estímulo inicial se haya reducido – mi sistema se encuentra más vulnerable a percibir nuevos estímulos nocivos de manera más intensa y duradera.

Numerosos estudios han encontrado que aquellos pacientes que de base no presentaban altos niveles de ansiedad se recuperaban mejor y de manera más rápida, sin embargo, aquellos que presentaban un cuadro clínico ansioso tendían a ser más persistentes en su sintomatología y con frecuencia aparecían nuevos dolores (Truyols et al.,2008). Por todo esto, un tratamiento de dolor crónico siempre tiene que ir de la mano de un tratamiento de la ansiedad, pues una reducción o cese de la sintomatología ansiosa reducirá la carga de dolor experimentada y mejorará la calidad de vida de la persona que sufre un dolor crónico de base.

 

 

DEPRESIÓN

El dolor crónico y la depresión están muy interrelacionados. Ante un dolor que no cesa con ninguna intervención la persona comienza a experimentar sentimientos de desesperanza, indefensión, frustración y tristeza entre otros. Los estudios que se han interesado por esta relación han encontrado que si en un caso de dolor crónico existe depresión, el pronóstico es mucho peor y tiende a cronificarse ambos (Truyols et al., 2008).

La presencia de depresión en estos pacientes produce un agravamiento de las sensaciones físicas de dolor, presenta más cogniciones negativas y derrotistas ante su dolor y enfermedad, mayor dificultad de expresar sentimientos negativos, un mayor aislamiento y reducción de su actividad (Van-der et al., 2017). Todo esto influye de manera muy negativa en la posible recuperación del paciente, disminuyendo su calidad de vida.

Existe una controversia teórica en aquellos que han estudiado estas dos variables sobre cuál de ellas precede a la otra. Algunos autores dicen que aquellas personas que de base tienen un trastorno depresivo o tienen más tendencia a sintomatología depresiva son más propensas a experimentar más sensaciones de dolor, este dolor puede finalmente convertirse en crónico ya que la propia depresión impediría su recuperación. Otros autores postulan que el dolor crónico sería el trastorno primario, que a consecuencia de la reducción de las capacidades personales para llevar actividades reforzantes a causa del dolor que experimentan, acaban desarrollando un trastorno depresivo. En este caso la discapacidad que conlleva el dolor y la estigmatización sufrida serían los predictores más importantes para que la persona acabe desarrollando depresión (Van-der et al., 2017).

 

IRA

La ira es otra de las emociones que tenemos que mencionar dada su alta incidencia en casos de dolor crónico. La ira tiene una fuerte influencia negativa en la adaptación de la persona, tanto al tratamiento como a su entorno. Las personas que sufren de dolor crónico tienen que hacer frente a quejas somáticas persistentes, numerosos fracasos terapéuticos, lidiar con la poca información que se tiene del por qué ese dolor no cesa, adaptar su vida al dolor dejando en ocasiones de poder hacer actividades que les resultan reconfortantes, cese de trabajo o baja laboral, carencia de apoyo social… todo ello supone una fuerte carga emocional difícil de gestionar que en muchas ocasiones acaba expresándose en forma de ira.

Existe otra relación estudiada en la cual la ira sería la precursora del dolor crónico. En el modelo psicodinámico proponen la hipótesis sobre las personas que tienen sentimientos de ira reprimida o no expresada, éstas tienen más probabilidad de manifestar esa ira en forma de dolor. Estudios realizados con pacientes con dolor crónico vieron que tenían mayor tendencia a internalizar la ira y dificultades para expresarla de manera adecuada (Truyols et al., 2008).

 

 

EL PAPEL DE LA COGNICIÓN EN EL DOLOR CRÓNICO

 

Nuestros pensamientos tienen un gran poder sobre nosotros, cómo interpretemos una situación influirá en cómo la afrontemos y en cómo la vivamos. En el caso del dolor crónico, son los pensamientos catastróficos y el énfasis excesivo en la atención de esas sensaciones dolorosas las que producen que se haga una interpretación exagerada o incorrecta de la situación que se está viviendo.

Otro factor importante son las atribuciones que realizamos del dolor que sentimos. Se ha visto que aquellas personas que sufren de dolor crónico realizan atribuciones y creencias de control externo, es decir, lo que sufren es a causa de otros o del destino. Por lo tanto, si una persona que tiene pensamientos catastrofistas focaliza su atención en esas sensaciones nocivas y atribuye ese dolor a algo fuera de su control, es muy probable que la estrategia de afrontamiento que ponga en marcha no sea efectiva. En sentido contrario, una persona que percibe su dolor como pasajero, focaliza su atención fuera de la sensación nociva y valoran su habilidad para controlar el dolor como efectiva responde mucho mejor a los tratamientos psicológicos (Gaviria & Vieco, 2005).

 

 

ESTADO PSICOLÓGICO DE LOS PACIENTES CON DOLOR CRÓNICO

 

Después de todo lo visto anteriormente, podemos observar cómo el dolor es discapacitante y puede llegar a afectar en todas las áreas: laboral, social, sexual, sueño, alimentación… Es habitual que las personas con dolor crónico se sientan incomprendidas tanto por su entorno cercano como por los profesionales de la salud. En muchos casos al tener un fuerte componente psicológico se sienten culpables de lo que les pasa, incluso pueden llegar a percibir que la gente no se cree verdaderamente que exista su dolor. Finalmente lo que se produce es una perturbación en la calidad de vida de la persona que perjudica gravemente su salud tanto física como psicológica.

Aunque la causa del dolor en la mayoría de los casos es orgánica, los factores psicológicos juegan un papel fundamental, tanto para predecir el grado de discapacidad que el dolor producirá en la persona, como su posible cronificación. El abordaje psicológico en estos casos debe ser cauteloso, pues muchos de ellos son muy reticentes a creer que su dolor puede estar influenciado por factores psicológicos y atribuyen la culpa a los profesionales de la salud que no han conseguido dar con la etiología orgánica de su enfermedad. Sin embargo, estos pacientes pueden beneficiarse mucho de un tratamiento psicológico para poder llevar una vida que no sea controlada por el dolor. El abordaje clínico debe intervenir en aquellas manifestaciones emocionales que esté padeciendo el paciente ya sea ansiedad, depresión, ira u otros, y si es necesario realizar una reestructuración de aquellos pensamientos catastrofistas y atribuciones erróneas.. Todo ello podrá mejorar considerablemente su calidad de vida y por ende mejorar su estado de salud.

 

Dado el impacto social, laboral, económico y personal que supone en la vida de las personas que lo sufren, el tratamiento del dolor crónico debe ser capaz de responder a dos aspectos: conseguir que los sistemas de regulación del dolor operen adecuadamente y en impedir que el dolor se haga dueño de la vida de la persona.

 

 

 

Referencias

 

Cifuentes, D. C. T., Ramírez, D. C., & Betancurt, L. N. (2018). Creencias y calidad de vida en el dolor crónico. Textos y sentidos, (17), 33-58.

Esteve Zarazaga, M. R., López Martínez, A. E., & Ramírez Maestre, C. (2001). Dolor crónico, emoción y afrontamiento. Revista de Psicología de la Salud, 13(1), 47-62.

Gaviria, A. M., & Vieco, P. L. (2005). Aspectos psicológicos del dolor crónico. Dolor y cuidados paliativos. Medellín, Colombia: Corporación para investigaciones biológicas, 32-36.

Truyols Taberner, M., Pérez Pareja, J., Medinas Amorós, M., Palmer Pol, A., & Sesé Abad, A. (2008). Aspectos psicológicos relevantes en el estudio y el tratamiento del dolor crónico. Clínica y salud, 19(3), 295-320.

Queraltó, J. M. (2005). Análisis de los factores psicológicos moduladores del dolor crónico benigno. Anuario de psicología/The UB Journal of psychology, 37-60.

Van-der Hofstadt Román, C. J., Leal-Costa, C., Alonso-Gascon, M. R., & Rodríguez-Marín, J. (2017). Calidad de vida, emociones negativas, autoeficacia y calidad del sueño en pacientes con dolor crónico: efectos de un programa de intervención psicológica. Universitas Psychologica, 16(3), 255-263.