FOMO y el peso de la comparación constante
Gisella Brandi
Los seres humanos somos seres sociales por naturaleza. Esta idea tiene un origen muy antiguo, ya en la filosofía clásica, Aristóteles (trad. 2005) describía al ser humano como un animal social. Con esto señalaba que necesitamos relacionarnos con los demás para poder desarrollarnos plenamente. En esta misma línea, autores como George Herbert Mead (1934) indicaron que nuestra identidad se va construyendo y moldeando a través de la interacción con quienes nos rodean.
La comparación como forma de orientarnos
La Teoría de la Comparación Social de Festinger (1954) mostró que tendemos a compararnos con los demás para situarnos y evaluar nuestras capacidades. Esta comparación se activa especialmente cuando vemos que otros participan en experiencias de las que no formamos parte. Esta necesidad de conexión influye en cómo interpretamos lo que ocurre a nuestro alrededor. Y aunque este mecanismo forma parte de nuestra vida cotidiana desde siempre, en el entorno digital se vuelve mucho más intenso.
Esta dinámica se fundamenta en nuestra necesidad de pertenencia, al ver que personas ajenas comparten momentos de los que no formamos parte, surge el temor a quedar al margen. En las redes, ese deseo natural de estar conectados se convierte en una presión constante por compararnos. En este proceso, la autoestima es un factor clave, ya que una autopercepción más frágil nos hace más vulnerables a sentir que estamos perdiendo la conexión con los demás (Malouf, 2022).
A esta tendencia comparativa se suma la búsqueda de validación externa. Es ese impulso de querer recibir señales de aprobación que nos confirmen que lo que hacemos o decidimos está bien. Es algo muy presente en la vida cotidiana, pero cuando dependemos demasiado de esa mirada ajena podemos sentirnos más inseguros y más pendientes de cómo nos perciben los demás. En las redes, donde la respuesta llega de forma inmediata y visible, esta necesidad puede intensificarse y hacernos más sensibles a la comparación (Vogel et al., 2014).
El surgimiento del FOMO y la alteración de la realidad
En este contexto, cuando esta comparación se vuelve constante y está mediada por la inmediatez de las redes sociales, puede transformarse en una sensación más profunda de estar quedándonos atrás, dando lugar a lo que hoy conocemos como FOMO o Fear of missing out. Este concepto, acuñado por Patrick J. McGinnis en 2004, describe el miedo a quedarse fuera de experiencias que otros están viviendo.
El FOMO es un malestar real que nace de esa comparación constante (McGinnis, 2004) . El problema es que, en la era digital, lo que vemos es una selección de los mejores momentos de los demás, lo que distorsiona nuestra percepción y nos hace sentir que siempre nos falta algo (Przybylski et al., 2013).
Además, la velocidad de las redes apenas nos da tiempo a procesar lo que vemos o a cuestionar qué parte es realmente cierta. En este sentido, es importante recordar que en redes sociales solemos seleccionar aquello que proyecta una imagen positiva de quienes somos. El resultado es que terminamos comparando nuestra vida real con una versión editada de la vida ajena.
Esta percepción no surge porque nuestra vida sea insuficiente, sino porque la referencia que utilizamos está filtrada, lo que hace que la comparación no sea objetiva (Chou & Edge, 2012) .
Cómo se manifiesta y afecta nuestro bienestar
El FOMO comienza a experimentarse como una sensación sutil que influye en nuestro bienestar. En ocasiones ese miedo se manifiesta como una inquietud o preocupación que nos empuja a estar más pendientes de lo habitual de vidas ajenas. Aparece entonces un impulso de comprobación constante a través de una necesidad de revisar las redes de forma compulsiva para asegurarnos de que no ha ocurrido nada relevante mientras no estábamos.
Esta vigilancia permanente puede derivar en ansiedad, impactando directamente sobre nuestro equilibrio emocional.
De hecho, algunas investigaciones señalan que el FOMO puede afectar a nuestro bienestar psicológico. Una revisión sistemática (Soriano-Sánchez, 2022) muestra que esta experiencia se ha relacionado con mayores niveles de ansiedad, sentimientos de soledad, menor bienestar emocional e incluso dificultades para descansar adecuadamente. Estos efectos no aparecen de forma aislada, sino que suelen reforzarse mutuamente, alimentando un malestar persistente que se vuelve cada vez más difícil de romper.
Además, diversos estudios señalan que el FOMO puede intensificar este malestar psicológico. La presión por mantenerse conectado y la comparación constante en redes pueden aumentar la sensación de dependencia y dificultar la desconexión digital, lo que contribuye a que la ansiedad y la preocupación se mantengan en el tiempo (García-del-Castillo y García-del-Castillo-López, 2023).
Cuando esta dinámica se mantiene en el tiempo, el FOMO no solo influye en cómo nos sentimos, sino también en cómo actuamos. En ciertos momentos, podemos tomar decisiones más por evitar la exclusión que por verdadero interés. Revisamos el entorno digital por inercia, una conducta que refuerza la idea de que nuestra realidad presente siempre queda en segundo plano frente a la expectativa de lo que tendríamos que estar viviendo o experimentando en otro lugar. Con el tiempo, esta sensación puede hacer que nos cueste centrarnos en lo que estamos viviendo, porque parte de nuestra atención sigue puesta en lo que ocurre fuera. Este miedo nos aleja del momento presente y nos hace perder de vista lo que realmente necesitamos y queremos.
Recuperar el presente: del FOMO al JOMO
Frente a este malestar, está empezando a ganar peso la idea del JOMO (Joy of Missing Out) o el placer de perderse cosas. Esta perspectiva no propone aislarse sino recuperar la libertad de elegir dónde ponemos nuestra atención. Este concepto no plantea dejar de estar conectados sino recuperar el control sobre nuestra atención para decidir sobre nuestras prioridades o necesidades (Brinkmann, 2017).
Conclusión
A medida que el FOMO va tomando espacio en nuestro día a día, también influye en la forma en que miramos nuestra propia realidad. Sin darnos cuenta, empezamos a evaluar nuestras acciones frente a fragmentos cuidadosamente seleccionados de la vida de otras personas. Cuando este modo de relacionarnos con lo que vemos en las redes se intensifica, puede aparecer una sensación de que lo que vivimos nunca termina de ser suficiente, como si siempre estuviéramos un paso por detrás de una experiencia más atractiva. Al final, el riesgo no es solo sentir que nuestra vida es incompleta, sino que esa mirada constante hacia fuera nos acabe desconectando de lo que estamos experimentando en el presente.
Bibliografia
Aristóteles. (2005). Política (C. García Gual y A. Pérez Jiménez, trads.). Alianza Editorial. (Obra original publicada ca. 350 a. C.).
Brinkmann, S. (2017). Stand Firm: Resisting the Self-Improvement Craze. Polity Press.
Chou, H. T. G., y Edge, N. (2012). “They are happier and having better lives than I am”: The impact of using Facebook on perceptions of others’ lives. Cyberpsychology, Behavior, and Social Networking, 15(2), 117–121.
Festinger, L. (1954). A theory of social comparison processes. Human Relations, 7(2), 117–140.
García-del-Castillo, J. A., y García-del-Castillo-López, Á. (2023). FOMO y bienestar digital: una revisión actualizada. Revista de Psicología y Tecnología, 12(1), 45–60.
Malouf, E. (2022). Self-esteem and social comparison in digital environments. Journal of Digital Psychology, 4(3), 210–225.
McGinnis, P. J. (2004). The fear of missing out. Harvard Business School Press. Mead, G. H. (1934). Mind, Self and Society. University of Chicago Press.
Przybylski, A. K., Murayama, K., DeHaan, C. R., y Gladwell, V. (2013). Motivational, emotional, and behavioral correlates of fear of missing out. Computers in Human Behavior, 29(4), 1841–1848.
Soriano-Sánchez, A. (2022). FOMO y salud mental: una revisión sistemática. Revista Iberoamericana de Psicología, 15(2), 85–102.
Vogel, E. A., Rose, J. P., Roberts, L. R., y Eckles, K. (2014). Social comparison, social media, and self-esteem. Psychology of Popular Media Culture, 3(4), 206–222.
