El éxito terapéutico y la autoestima:
¿necesaria o prescindible?
Fátima Liern Velasco
La evaluación del éxito terapéutico suele asociarse a cambios en múltiples áreas del funcionamiento psicológico, entre ellas la autoestima. De hecho, la autoestima parece ocupar un lugar central dentro de muchas aproximaciones terapéuticas, especialmente en los enfoques humanistas, cognitivo-conductuales y terapias de tercera generación (Duro-Martín, 2021a). A su vez, las intervenciones dirigidas al tratamiento de la baja autoestima muestran resultados positivos en la mejoría del paciente independientemente del enfoque clínico de referencia (Duro-Martín, 2021a). Por ello, en el ámbito terapéutico podemos llegar a cuestionarnos si una terapia ha resultado exitosa cuando el paciente ha cumplido los objetivos terapéuticos (ej. extinguir una fobia) aunque no haya experimentado por ello un aumento en su autoestima. Esta ausencia de mejora puede generar confusión, especialmente en profesionales nóveles o en clientes que esperan cambios rápidos (Branden, 2012), lo que plantea la siguiente pregunta: ¿puede considerarse que la terapia ha tenido éxito si el paciente no consigue aumentar su autoestima?
El éxito terapéutico: ¿qué significa exactamente?
Para empezar, en psicología llamamos éxito terapéutico a la consecución de los objetivos de terapia, donde el paciente logra resolver los conflictos que motivaron su consulta así como otros que puedan acontecer durante dicho proceso de terapia, empleando para ello un tratamiento basado en la evidencia científica y adecuado al problema junto con los conocimientos clínicos del psicólogo/a y características, valores y preferencias del individuo o paciente (American Psycological Association, 31 de julio de 2020). En este sentido, cualquier éxito terapéutico requiere matizar qué variables se están evaluando, cuál era el objetivo inicial del proceso terapéutico y cómo se relacionan otros constructos que intervienen en la percepción de uno mismo, siendo de especial interés para el presente artículo el autoconcepto y los estilos atribucionales por estar estrechamente ligados al concepto de autoestima (Vera-Sagredo y Vega-Pinochet, 2024).
En muchos casos, el progreso de la terapia puede observarse en una mejora del manejo emocional, la reducción de síntomas o la adquisición de nuevas habilidades, aspectos que suceden incluso si la autoestima no se modifica de forma inmediata (Palmieri et al., 2022; Daros et al., 2021). Sin embargo, la literatura científica defiende que, aunque la autoestima no dependa exclusivamente de la consecución de objetivos personales, sí que interviene hasta cierto punto en el cumplimento de los mismos (Lindsay y Scott, 2005, como se cita en Duro-Martín, 2021a). En otras palabras, la ausencia de un incremento en nuestra autoestima no invalida necesariamente el éxito terapéutico, aunque sí invita a revisar los objetivos, las resistencias y el tipo de intervención aplicada durante la terapia, ya que contribuye positivamente en dicha consecución de logros. Por todo lo anterior, si deseamos optimizar los resultados del proceso terapéutico conviene conocer mejor dimensiones como la autoestima y aspectos relacionados.
Elementos inseparables: autoestima y autoconcepto
Antes de comenzar vayamos al origen: ¿qué es exactamente la autoestima? La investigación ha demostrado que la autoestima es un fenómeno multidimensional modulado por factores cognitivos, emocionales, sociales y biográficos, por lo que no necesariamente cambia al mismo ritmo que otras variables clínicas (Mejía, Pastrana, 2011, como se cita en Panesso y Arango, 2017). La definición más aceptada es la siguiente: la autoestima consiste en la valoración que el individuo realiza de sí mismo y que integra el reconocimiento consciente de nuestras fortalezas y debilidades, de modo que la valía individual no queda supeditada a los resultados o al rendimiento (Romero-Fernández, 2015). Cuando una persona no tiene bien construida su autoestima tiende a perderse en sus propias emociones, ocasionando múltiples desajustes en la vida adulta como, por ejemplo, buscar el amor en lugares incorrectos o el surgimiento de problemas que requieren intervención especializada (Romero-Fernández, 2015). A menudo la autoestima se reduce coloquialmente a la siguiente pauta: “lo que te pasa es que te tienes que querer más”. Lo interesante de esta afirmación es que parece quedarse en un consejo muy abstracto, pues ¿por dónde empieza uno a quererse?, ¿eso cómo se hace? Es aquí donde entra una herramienta imprescindible para ello: el autoconcepto.
El autoconcepto hace referencia al conjunto de creencias, percepciones y definiciones que una persona tiene sobre sí misma, constituyendo así un contenido descriptivo y relativamente estable de nuestra persona o self (Duro-Martin, 2021b; Gavín-Chocano et al., 2025). La autoestima, por su parte, implica la valoración afectiva asociada a ese autoconcepto: cuánto se aprecia, respeta o valora la persona a sí misma (Duro-Martín, 2021b). Mientras que el autoconcepto responde a la pregunta “¿cómo soy?”, la autoestima responde a “¿me gusta quién soy?”. Si bien autoconcepto y autoestima son dos conceptos casi indistinguibles por estar estrechamente relacionados (Pajares y Shuck, 2001; Shavelson y Bolus, 1982, como se cita en Duro-Martín, 2021b), una modificación cognitiva en la forma de entenderse a uno mismo puede no traducirse de inmediato en un cambio emocional, aunque ambos constructos suelen interactuar de forma significativa. La literatura empírica ha mostrado consistentemente que un autoconcepto más claro, coherente y positivo tiende a correlacionar con niveles superiores de autoestima, confirmando que mejoras en áreas específicas del autoconcepto, como las dimensiones emocional, física y social, predicen mejoras en percepción de competencia, identidad o habilidades sociales y regulación emocional, así como incrementos en la autoestima global (Martín-Talavera et al., 2024; Gavín-Chocano et al., 2025). En cuanto a modelos de psicología, la teoría del self de Rogers sugiere que cuanto más integrado y realista es el autoconcepto, menor es la discrepancia entre el self percibido y el self ideal, lo que facilita una valoración más positiva de uno mismo (Rogers, 1961). Es por todo lo anterior que, desde una perspectiva clínica es de esperar que, si la terapia fomenta el autoconocimiento por su propia naturaleza observacional y reflexiva, también contribuye indirectamente a mejorar la autoestima (Duro-Martín, 2021b).
Otro punto estrechamente relacionado con la autoestima son los estilos atribucionales. Estos implican la forma en que la persona percibe su rendimiento y/o resultados ante cualquier evento, pudiendo ser estos internos/externos (si atribuimos las consecuencias a uno mismo o a factores externos como el azar u otros agentes), controlables/incontrolables (si consideramos que son eventos que escapan de nuestro control o por el contrario podemos manejarlos) y estables/inestables (si consideramos que se repite en el tiempo o se trata de un suceso aislado) (Weiner, 1992; Bandura, 1993; Salanova et al., 2012, como se cita en Li et al., 2023). Otra acepción es la de estilos atribucionales positivos/negativos (en función de si percibimos el resultado como agradable o desagradable). Vera-Sagredo y Vega-Pinochet (2024) hicieron un estudio acerca de los estilos atribucionales en un contexto académico, encontrando que estilos atribucionales causales o internos y positivos correlacionaron con mejoras a nivel motivacional, cognitivo y emocional. En este sentido, alumnos con estilo atribucional positivo tienden a ser más participativos y resolver mejor sus problemas (Huang et al., 2019; González et al., 2012; como se cita en Vera-Sagredo y Vega-Pinochet, 2024). A su vez, la autoestima beneficiaba el pensamiento crítico permitiendo un mejor procesamiento (Quispe-Farfán et al., 2021, como se cita en Vera-Sagredo y Vega-Pinochet, 2024).
Esto último cobra relevancia en nuestro caso, pues al ser la terapia un entorno en el que como pacientes mantenemos un papel de aprendices, conviene conocer cuáles son las herramientas que pueden facilitar el proceso de consecución de objetivos y crecimiento personal que tiene lugar durante la misma. Es de esperar por ello que adoptar un papel donde atribuyamos los resultados de terapia a nuestro desempeño (interno), confiando en el transcurso de la propia terapia, del terapeuta y de nosotros como agentes activos del proceso terapéutico (controlable y positivo), así como mantenernos constantes durante el proceso (estable) dará lugar a una mejora de resultados y sensación de bienestar con el proceso.
Algunas limitaciones
Anteriormente vimos que, aunque el efecto de un aumento de la autoestima sobre el transcurso de la terapia no siempre se da de forma lineal ni inmediata, constituye un factor mediador en el proceso, así como una hipótesis razonable y respaldada por los modelos centrados en el self. Sin embargo, existen algunos factores que pueden suponer una limitación en el incremento de la autoestima, tales como: la presencia de esquemas desadaptativos tempranos, especialmente esquemas de defectuosidad/vergüenza, subyugación o autoexigencia; historia de traumas, por el potencial impacto que tienen estos en la representación interna del self; el entrenamiento en autocrítica, que a su vez puede verse reforzado por entornos familiares exigentes o invalidantes; la autoexigencia perfeccionista, que dificulta la valoración de los propios logros; y un estilo atribucional negativo, por ser un factor general que predispone al desarrollo del malestar psicológico (Hewitt y Flett, 1991; Frost et al., 1990; Sanjuán et al., 2008). Estos últimos son además conocidos como un factor específico de la depresión, pues estilos atribucionales negativos ocasionan problemas en la motivación, fomentando una visión del mundo, de nosotros mismos o de los demás como negativa, global y estable, lo que abriría las puertas a estados depresivos mayores (Sanjuán et al., 2008).
A su vez, es importante recalcar que cambios profundos, como lo son el incremento de autoconcepto en busca de una mejor autoestima, pueden requerir tiempo para integrarse. Esto es debido a que lo que en terapia se comprende cognitivamente puede tardar semanas o meses en traducirse en un sentimiento de valía. En consecuencia, la ausencia de un aumento claro en la dimensión de la autoestima no implica fracaso terapéutico, aunque sí puede señalar la necesidad de revisar los objetivos, detectar resistencias, o trabajar variables nucleares como el autoconcepto. Por ello, durante el proceso terapéutico se insta, como mencionábamos en apartados anteriores, a confiar en los tiempos que necesita nuestro proceso particular de avance, mientras mantenemos un papel activo y constante durante el mismo.
Entonces, ¿puede considerarse que la terapia ha tenido éxito si el cliente no consigue aumentar su autoestima?
En resumen de todo lo anterior, el proceso terapéutico tiende a promover la conciencia de patrones, la identificación de recursos personales (ej. los estilos atribucionales, la regulación emocional), así como la reorganización narrativa de nuestra perspectiva del yo o self, siendo todos ellos elementos que pueden fortalecer el autoconcepto y la autoestima. A medida que comprendemos mejor quiénes somos y qué capacidades poseemos, suele incrementarse la autovaloración, pues empezamos a entender por qué actuamos de determinada manera y si nos gusta esa percepción de nosotros mismos.
Ahora que ya conoces la definición de autoestima y autoconcepto, así como variables que la limitan, es importante que recuerdes que la terapia puede ser exitosa incluso si la autoestima no aumenta en las primeras fases del proceso. Esto no invalida el progreso terapéutico logrado ni su impacto en otras áreas esenciales. Sin embargo, la evidencia respalda que un autoconcepto más claro, coherente y positivo, así como estilos atribucionales internos, positivos y estables, correlacionan con una mejora significativa en la autoestima. En este sentido la terapia, al fomentar el autoconocimiento y el papel activo del paciente, tiende a favorecer indirectamente esa evolución.
Por todo lo anterior, independientemente de cuál sea el motivo inicial de consulta, resulta recomendable trabajar el autoconcepto, los estilos atributivos personales y la autoestima, ya que ello contribuye a fortalecer el proceso terapéutico y a lograr resultados más sólidos y consistentes en el tiempo, aun cuando el proceso pueda requerir más tiempo del que inicialmente se espera.
Referencias:
American Psychological Association. (31 de julio de 2020). Understanding psychotherapy and how it works. https://www.apa.org/topics/psychotherapy/understanding
Branden, N. (2012). La psicología de la autoestima. Paidós Ibérica.
Daros, A. R., Haefner, S. A., Asadi, S., Kazi, S., Rodak, T., y Quilty, L. C. (2021). A meta-analysis of emotional regulation outcomes in psychological interventions for youth with depression and anxiety. Nature human behaviour, 5(10), 1443–1457. https://doi.org/10.1038/s41562-021-01191-9
Duro Martín, A. (2021a). Revisión de terapias para la baja autoestima: Perfil clínico y mecanismos de acción. Revista de Psicoterapia, 32(119), 143–164. https://doi.org/10.33898/rdp.v32i119.476
Duro Martín, A. (2021b). Autoestima: Actualización y mantenimiento. Un modelo teórico con aplicaciones en terapia. Clínica Contemporánea, 12(3), Artículo e23. https://doi.org/10.5093/cc2021a16
Frost, R. O., Marten, P., Lahart, C., y Rosenblate, R. (1990). The dimensions of perfectionism. Cognitive Therapy and Research, 14(5), 449–468. https://doi.org/10.1007/BF01172967
Gavín-Chocano, Ó., Sanz-Junoy, G., y Molero, D. (2025). Self-concept and self-esteem: Relevant variables in the life satisfaction of teachers. Education Sciences, 15(6), 673. https://doi.org/10.3390/educsci15060673
Hewitt, P. L., y Flett, G. L. (1991). Perfectionism in the self and social contexts: Conceptualization, assessment, and association with psychopathology. Journal of Personality and Social Psychology, 60(3), 456–470. https://doi.org/10.1037/0022-3514.60.3.456
Li, Y., Dong, W., Tang, H., Guo, X., Wu, S., Lu, G., y Chen, C. (2023) The effect of parenting styles on Chinese undergraduate nursing students’ academic procrastination: the mediating role of causal attribution and self-efficacy. Frontiers in Psychology, 14, Artículo 1167660. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2023.1167660
Martín-Talavera, L., Mediavilla-Saldaña, L., Molero, D. y Gavín-Chocano, O. (2024). The effect of resilience on emotional intelligence and life satisfaction in mountain sports technicians. Apunts Educación Física y Deportes, 155, 1-9. https://doi.org/10.5672/apunts.2014-0983.es.(2024/1).155.01
Palmieri, A., Fernandez, K. C., Cariolato, Y., Kleinbub, J. R., Salvatore, S., y Gross, J. J. (2022). Emotion Regulation in Psychodynamic and Cognitive-Behavioural Therapy: An Integrative Perspective. Clinical neuropsychiatry, 19(2), 103–113. https://doi.org/10.36131/cnfioritieditore20220204
Panesso Giraldo, K., y Arango Holguín, M. J. (2017). La autoestima, proceso humano. Revista Electrónica Psyconex, 9(14), 1–9. Recuperado a partir de https://revistas.udea.edu.co/index.php/Psyconex/article/view/328507
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Romero Fernández, A. (2015). El valor de la autoestima en las relaciones afectivas. Revista de psicoterapia, 26(100), 107-114. https://revistas.uned.es/index.php/rdp/article/view/34806
Sanjuán, P., Pérez, A. M., Ruiz, M. Á., y Rueda, B. (2008, 6 de septiembre). El estilo atribucional negativo como predictor de malestar psicológico. Infocop. https://www.infocop.es/el-estilo-atribucional-negativo-como-predictor-de-malestar-psicologico/
Vera Sagredo, A., y Vega Pinochet, H. (2024). Psychological profile of English pedagogy students: Attributional styles, academic self-concept and self-esteem [Perfil psicológico de estudiantes de pedagogía en inglés: Estilos atributivos, autoconcepto académico y autoestima]. CUHSO, 34(1), 517–534. https://doi.org/10.7770/CUHSO-V34N1-ART641
