Seleccionar página

Y tú, ¿estás huyendo de algo?

 

La evitación y el escape como respuesta aprendida

 

 

 

Fátima Liern Velasco

 

En la vida cotidiana utilizamos constantemente estrategias para manejar el malestar. Lo que a menudo desconocemos es que muchas de ellas son automáticas, poco conscientes e incluso aprendidas en edades tempranas. Entre las más frecuentes se encuentran la evitación y la huida o escape, las cuales tienden a utilizarse como sinónimos, aunque desde la psicología del aprendizaje y la psicología clínica existen diferencias relevantes entre ambos conceptos que conviene tener en cuenta.

Numerosos estudios indican que la evitación experiencial es una de las estrategias más utilizadas en la vida diaria: Mientras algunos modelos de corte psicológico, como el modelo contextual de la Terapia de Aceptación y Compromiso o ACT, muestran cómo las personas intentamos con frecuencia controlar, suprimir o evitar emociones y pensamientos desagradables (Hayes et al., 1999, como se cita en Luciano-Ruiz et al., 2021), existen también modelos cognitivos que abordan la respuesta de evitación, como la terapia de esquemas (Young et al., 2015), que defiende la existencia de tres estilos de afrontamiento: rendición o aceptar que uno y la situación no pueden cambiar, de modo que se desarrolla una tendencia a la repetición; evitación, o desarrollo de estrategias para omitir cualquier pensamiento, emoción o situación que active un esquema; y sobrecompensación, que consiste en actuar, pensar y sentir como si fuera lo contrario al esquema. Investigaciones en población general y clínica señalan que estas estrategias de evitación y escape son principalmente transdiagnósticas, es decir, comparten procesos comunes independientemente del diagnóstico (García-Cerdán et al., 2021), y es por esto que aparecen en ansiedad, depresión, estrés laboral y problemas interpersonales, de modo que no son la excepción sino la norma. Comprender cómo funcionan, por qué se mantienen y qué consecuencias tienen a corto y largo plazo resulta clave para entender otros mecanismos como el estrés, la ansiedad y muchas conductas problemáticas, así como para trabajar en estrategias de afrontamiento que nos ayuden no solo a prevenir consecuencias desagradables sino a mantener una buena regulación emocional y bienestar.

 

 

Mecanismos de evitación y escape: Definición, semejanzas y diferencias principales

 

En cuanto a los procesos de evitación y escape, Mowrer (1951, como se cita en Krypotos et al., 2015) defendió desde la psicología del aprendizaje que ambos son una respuesta natural del organismo, cuyo resultado es la eliminación de una situación aversiva o amenaza. Esto se conoce como refuerzo negativo, ya que alivian o motovan a repetir la conducta al reducir o eliminar una situación de malestar, que en este caso sería una reducción del miedo (Krypotos et al., 2015). El principal beneficio de este mecanismo es a corto plazo, donde evitar o escapar disminuyen de forma breve pero inmediata la ansiedad, el miedo, la culpa o el estrés, lo que actúa como un potente reforzador (LeDoux, 2012). El organismo aprende rápidamente que esa conducta de evitación o escape trae alivio, aunque sea momentáneo y es en este sentido donde ambos procesos están estrechamente relacionados, compartiendo mecanismos de aprendizaje similares Mowrer (1951, como se cita en Krypotos et al., 2015).

En cuanto a las principales diferencias, escapar implica poner fin a un estímulo aversivo que ya está presente (ej. salir de una habitación cuando alguien grita o dejar una tarea cuando ya genera ansiedad intensa) (Bowrer y Hilgard, 1981, como se cita en Krypotos et al., 2015). En cambio, evitar consiste en realizar una conducta para impedir que ese estímulo aparezca (ej. no acudir a una reunión por miedo a sentirse evaluado o posponer una entrega para no enfrentarse a la incomodidad que genera) (Krypotos et al., 2015). Así pues, observamos que la principal diferencia entre ambas es la variable temporal: en el escape, el malestar ya está presente, mientras que en la evitación, el malestar se anticipa (Krypotos et al., 2015).

El mayor beneficio del empleo de estas estrategias se encuentra en el corto plazo, ya que, como mencionábamos, produce un alivio inmediato. El problema aparece a largo plazo porque al evitar o escapar de forma sistemática la persona no tiene la oportunidad de comprobar que puede tolerar el malestar o que la situación temida no es tan peligrosa como se anticipaba (Craske et al., 2014). Esto impide la ejecución de mecanismos naturales de homeostasis de nuestro organismo, como la habituación y el aprendizaje correctivo, limitando nuestra capacidad de resolver el problema y regularnos (Craske et al., 2014). Estudios clínicos como el de Spinhoven et al. (2017), muestran que la evitación crónica mantiene y amplifica el estrés y la ansiedad, ya que reduce el repertorio conductual y aumenta la sensibilidad a las señales de amenaza, lo cual produce un círculo vicioso donde, paradójicamente, una mayor evitación conlleva un mayor número de razones para seguir evitando o escapando.

 

 

Prevención y detección temprana: intervenir antes de que el problema crezca y estrategias de afrontamiento alternativas

 

La evitación y el escape son recursos que utilizamos con frecuencia y de forma automática, principalmente porque son estrategias útiles aprendidas en edades tempranas (Vila et al., 2003). En este sentido, tanto los inicios de la psicología del aprendizaje como estudios actuales en desarrollo infantil muestran que estos mecanismos de evitación y escape están profundamente ligados al condicionamiento operante y al aprendizaje por consecuencias. Por un lado, autores como Mowrer (1947, como se cita en Vila et al., 2003) explican que evitación y escape se condicionan de forma operante o por contigüidad estímulo-respuesta, mientras que la ansiedad se condiciona clásicamente por mera exposición, y ambos procesos se complementan de tal manera que un estímulo que despierte una respuesta de ansiedad condicionada activará de forma secundaria una respuesta de evitación-escape, lo que se conoce como la teoría de los dos procesos en el papel de miedo. Por otro, autores como Ayllon y Azrin (1968, como se cita en Sos-Peña et al, 1990) observaron mediante su modelo de economía de fichas que la rápida adquisición de acciones reforzadas negativamente explica por qué mecanismos como la evitación y el escape se vuelven tan automáticos y difíciles de detectar en la adultez pues, desde la infancia, los niños descubren que ciertas conductas reducen el malestar (ej. llorar para evitar una tarea, esconderse ante un estímulo que da miedo o buscar distracción ante la frustración), dejando así una impronta o huella desde los inicios que nos indica que contamos con un recurso excepcional para resolver el malestar de forma inmediata.

Sin embargo, resolver el malestar y resolver el problema de origen son conceptos distintos, y es ahí donde autores como Lazarus y Folkman (1984) aportaron un planteamiento alternativo al concepto de “respuesta”: La respuesta o afrontamiento orientados a la demanda o problema, que se centra en lo que la situación requiere, de modo que se resuelve activamente aunque implique incomodidad; y la respuesta o afrontamiento orientados a la emoción, que buscan reducir el malestar interno y se aplican especialmente cuando la respuesta orientada al problema se dificulta (evitar, distraerse, anestesiarse). Ambas respuestas coexisten, pero un mayor equilibrio hacia la orientación a la demanda se asocia con mayor adaptación y bienestar psicológico (Lazarus y Folkman, 1984).

La evitación también puede prevenirse, aprovechando por ejemplo variables como la temporalidad: De esta forma, una entrega importante puede dividirse en tareas pequeñas y manejables, reduciendo el malestar anticipado y la necesidad de huir; como también pueden ser útiles ejercicios de respiración y meditación enfocados en el aquí y ahora que impidan la evasión a largo plazo y la defusión cognitiva (Kabat-Zinn, 1990; Hayes et al., 1999, como se cita en Luciano-Ruiz et al., 2021). Aprender a detectar cuándo una conducta está motivada por la evitación del malestar permite intervenir antes y de forma más compasiva, previniendo a su vez consecuencias nocivas a largo plazo. Además, del mismo modo que la evitación y el escape funcionan como refuerzos negativos naturales del organismo, las conductas alternativas más adaptativas pueden fortalecerse mediante refuerzo positivo (ej. elogios, recompensas externas, aprobación social) que a su vez se pueden entrenar,  como realizar actividades placenteras para la persona o practicar el entrenamiento en habilidades sociales (Lewinsohn y Graf, 1973; Lewinsohn, Muñoz, Youngren y Zeiss, 1978; Zeiss, Lewinsohn y Muñoz, 1979; como se cita en Barraca, 2009). Este proceso favorece la consolidación de respuestas más saludables, reduce la dependencia de estrategias evitativas y promueve una regulación conductual más flexible y equilibrada.

 

 

Conclusión

En algún grado, todos estamos evitando o huyendo de algo: una emoción, una decisión, una conversación o una responsabilidad. Reconocer esto no implica patologizar ni culpabilizar, sino entender que se trata de mecanismos humanos básicos que, como hemos observado, aportan principalmente un beneficio a corto plazo, algo así como un “respiro”. Adoptar una postura sin juicio como la anterior facilita la detección temprana de estos patrones y reduce la resistencia al cambio, comprendiendo que el problema no es evitar, sino hacerlo de manera rígida y crónica, por sus consecuencias perjudiciales en el largo plazo. Por ello, es importante conocer la función adaptativa de los procesos de evitación y escape, así como procesos alternativos como, por ejemplo, el empleo de estrategias de afrontamiento basado en la solución de problemas o en la regulación de la emoción. Estas suponen una ventaja al ofrecer beneficios a corto y largo plazo que protegen al organismo del desarrollo de problemas más graves o posibles patologizaciones y fomentan un mejor uso de nuestros recursos, flexibilidad del organismo y bienestar sostenido en el tiempo. En este sentido, también es importante conocer y explorar otras posibles estrategias de resolución que nos garanticen un equilibrio adaptativo entre el alivio inmediato y el bienestar a largo plazo, favoreciendo respuestas flexibles que no solo reduzcan el malestar puntual, sino que también promuevan un afrontamiento eficaz, un aprendizaje emocional y el crecimiento personal.

 

 

Referencias:

Barraca Mairal, J. (2009). La activación conductual (AC) y la terapia de activación conductual para la depresión (TACD): dos protocolos de tratamiento desde el modelo de la activación conductual. Edupsykhé. Revista de Psicología y Educación, 8(1), 23–50. https://doi.org/10.57087/edupsykhe.v8i1.3816

Craske, M. G., Treanor, M., Conway, C. C., Zbozinek, T., y Vervliet, B. (2014). Maximizing exposure therapy: An inhibitory learning approach. Behaviour Research and Therapy, 58, 10–23. https://doi.org/10.1016/j.brat.2014.04.006

García Cerdán, L., García Montes, J. M., y Pérez Álvarez, M. (2021). Los tratamientos transdiagnósticos: método de los niveles y terapia focalizada en las emociones. En E. Fonseca-Pedrero (Coord.), Manual de tratamientos psicológicos: adultos (pp. 117–166). Ediciones Pirámide.

Krypotos, A.-M., Effting, M., Kindt, M., y Beckers, T. (2015). Avoidance learning: A review of theoretical models and recent developments. Frontiers in Behavioral Neuroscience, 9, Article 189. https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC4508580/pdf/fnbeh-09-00189.pdf

Lazarus, R. S., y Folkman, S. (1984). Stress, Appraisal, and Coping (pp. 181-223). Springer.

LeDoux, J. (2012). Rethinking the emotional brain. Neuron, 73(4), 653–676. https://doi.org/10.1016/j.neuron.2012.02.004

Luciano, C., Ruiz, F. I., Cil-Luciano, B., y Molina-Cosos, F. I. (2021). Terapias contextuales. En E. Fonseca-Pedrero (Coord.), Manual de tratamientos psicológicos: adultos (pp. 167–206). Ediciones Pirámide.

Sos‑Peña, R., Tortosa Gil, F. M., y Pérez Garrido, A. (1990). El sistema de economía de fichas hoy, tras veinticinco años de aplicación. Revista de historia de la psicología, 11(3–4), 467–480. https://journals.copmadrid.org/historia/art/cdf1035c34ec380218a8cc9a43d438f9

Spinhoven, P., van Hemert, A. M., y Penninx, B. W. J. H. (2017). Experiential avoidance and bordering psychological constructs as predictors of the onset, relapse and maintenance of anxiety disorders: One or many? Cognitive Therapy and Research, 41(5), 867–880. https://doi.org/10.1007/s10608-017-9856-7

Vila, J., Nieto, J., y Rosas, J. M. (Eds.). (2003). Investigación contemporánea en aprendizaje asociativo: Estudios en España y México. UNAM y Ediciones del Lunar. https://doi.org/10.13140/RG.2.1.4850.8967

Young, J. E., Klosko, J. S., y Weishaar, M. E. (2015). Terapia de Esquemas: Guía Práctica (pp. 155-229) Desclée de Brouwer. Bilbao.