La selectividad alimentaria:
un desafío neurosensorial en la nutrición
Cynthia Morillas Arauz
Cuando escuchamos la expresión “quisquilloso con la comida” nos viene a la cabeza la imagen de un niño caprichoso que se niega a comer verduras o de un adulto con un paladar infantil. Sin embargo, la selectividad alimentaria extrema y su relación con la neurodivergencia es un fenómeno mucho más complejo e involuntario de lo que pensamos. La mayoría de las personas neurodivergentes que limitan su dieta no lo hacen por terquedad ni encajan con la imagen de alguien malcriado. De hecho, Thomas et al. (2017) señalan que la evitación de alimentos en estos perfiles no debe definirse como un simple problema de conducta o falta de disciplina. Señalan que la negativa a probar nuevos platos no es el rasgo esencial del concepto, y que hay personas que desean genuinamente tener una dieta variada, pero experimentan un bloqueo sensorial o miedo que les impide tragar. En esta línea, Bourne et al. (2020) apuntan que la selectividad extrema no implica un deseo de alterar la imagen corporal (como en la anorexia) y que, en realidad, comer puede representar una experiencia verdaderamente abrumadora y agotadora para un sistema nervioso atípico.
¿Qué es la selectividad alimentaria y el TERIA?
En el ámbito clínico, la forma más severa de esta selectividad se conoce como TERIA (Trastorno de Evitación/Restricción de la Ingesta de Alimentos, o ARFID por sus siglas en inglés). Aunque comparte la restricción de calorías con otros Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA), no son lo mismo, ya que en el TERIA no existe una preocupación por el peso o la forma del cuerpo.
Existen distintos modelos para explicar este fenómeno, pero la investigación reciente coincide en que, en la población neurodivergente (especialmente en el Autismo y el TDAH), se trata de una manifestación directa de un procesamiento sensorial atípico y diferencias en la función ejecutiva (Koomar et al., 2021).
En esta misma línea, Dovey et al. (2008) añaden que suele observarse una «neofobia alimentaria» prolongada (rechazo a alimentos nuevos), donde la persona experimenta altos niveles de ansiedad ante olores, texturas, colores o temperaturas específicas que su cerebro interpreta como una amenaza.
Subtipos de restricción alimentaria
La literatura clínica plantea una clasificación que diferencia tres formas principales en las que se manifiesta esta evitación. La evitación por sensibilidad sensorial se asocia con un rechazo basado en las propiedades físicas de la comida (por ejemplo, rechazar alimentos crujientes, o aquellos donde se mezclan texturas como un yogur con trozos de fruta). La restricción por falta de interés suele relacionarse con una pobre interocepción (dificultad para sentir las señales internas de hambre) o con la disfunción ejecutiva, muy común en el TDAH, donde el esfuerzo de pensar qué comer y prepararlo resulta paralizante. Por último, existe la evitación por miedo a consecuencias aversivas, que aparece cuando la persona ha sufrido un atragantamiento, vómito o dolor gastrointestinal previo, y desarrolla un pánico fóbico a que vuelva a ocurrir al comer. Estudios han respaldado que estos subtipos, que a menudo se superponen en personas autistas o con TDAH, ayudan a comprender la diversidad en la forma en que se expresa el sufrimiento a la hora de sentarse a la mesa.
Prevalencia
La prevalencia del TERIA y de la selectividad alimentaria severa en la población general es baja (alrededor del 3 %), pero las cifras se disparan drásticamente al observar a la población neurodivergente. Las revisiones recientes sitúan que hasta un 70 % u 80 % de las personas dentro del espectro autista presentan algún grado de atipicidad o dificultad significativa en su alimentación (Råstam, 2008). Algunos autores también apuntan a que en el TDAH existe una mayor presencia de alteraciones nutricionales debido al olvido de las comidas o al consumo compulsivo de carbohidratos en busca de dopamina rápida. De forma similar, se ha observado que en adultos neurodivergentes no diagnosticados en la infancia, estas dificultades alimentarias suelen mantenerse en secreto por vergüenza al juicio social.
Patrones de comportamiento
Se han identificado varios patrones de comportamiento que aparecen con frecuencia en personas neurodivergentes con estos rasgos. En el plano dietético, suele aparecer el uso de safe foods (alimentos seguros): comidas predictibles que siempre saben y se sienten igual (como ciertos ultraprocesados, pasta sola o galletas de una marca específica), lo que proporciona calma al sistema nervioso (Cermak et al., 2010).
A nivel afectivo, estas personas suelen mostrar altos niveles de estrés anticipatorio antes de eventos sociales que giran en torno a la comida (cenas de empresa, reuniones familiares). En la misma línea, esto ayuda a entender por qué a menudo prefieren comer solos: el ruido, las luces de un restaurante y la presión de comer algo desconocido provocan una sobrecarga sensorial.
En el ámbito conductual, suelen aparecer rasgos como el food jagging (comer exactamente lo mismo todos los días durante semanas y, de repente, aborrecerlo para siempre), la revisión exhaustiva de la comida en busca de «imperfecciones» y la incapacidad fisiológica para tragar si la textura no es la esperada.
Estructuras cerebrales
La investigación en neurociencia indica que el procesamiento del sabor, el olor y el hambre funciona de manera diferente en cerebros neurodivergentes. Green et al. (2015) señalan que la ínsula, una región fundamental para la interocepción y la integración sensorial, muestra una hiperconectividad en personas con hiperreactividad sensorial. Esto significa que un sabor que para un cerebro neurotípico es «un poco amargo», para un cerebro neurodivergente puede sentirse como un ataque químico insoportable.
Por otro lado, la amígdala (el centro del miedo) se activa de forma exagerada ante la presentación de un alimento desconocido, disparando la respuesta de lucha o huida. Según los investigadores, esto podría explicar por qué intentar obligar a un niño o adulto neurodivergente a comer algo que rechaza provoca un colapso nervioso (meltdown): su cerebro está literalmente reaccionando como si estuvieran a punto de envenenarlo, anulando cualquier razonamiento lógico.
Influencia ambiental
Aunque la base de esta selectividad es neurológica y sensorial, el ambiente influye de forma crítica en cómo se desarrolla y traumatiza a la persona. La cultura tradicional en torno a la mesa, basada en normas neurotípicas («no te levantas hasta dejar el plato limpio», «tienes que probarlo todo»), choca frontalmente con las necesidades neurodivergentes (Zickgraf et al., 2020).
La presión familiar, los castigos y la coacción para comer empeoran drásticamente la ansiedad alimentaria. Según los autores, esto indica que la forma en que se agrava el problema no depende solo del perfil sensorial del individuo, sino de un entorno que invalida su experiencia física, transformando el momento de la comida en un campo de batalla diario que consolida el rechazo hacia los alimentos y daña la autoestima.
Acomodación sensorial: comer sin culpa
Después de tener en cuenta esta interacción entre la biología atípica y la presión social, es vital recordar que existe una forma respetuosa de abordar este desafío. En la neuropsicología actual se habla de la acomodación sensorial y el enfoque de «comer es mejor que no comer» (Fed is best). Naqvi et al. (2019) explican que características como la eliminación de presiones en la mesa, la validación de los alimentos seguros y la exposición lúdica y sin expectativas a nuevas texturas resultan profundamente sanadoras. En este sentido, la compasión hacia uno mismo adquiere especial relevancia: desvincular el valor moral de la comida (la idea de que comer «sano» te hace mejor persona) funciona como un factor protector. Aceptar que cenar cereales o un sándwich todos los días es un éxito si eso mantiene a la persona nutrida y regulada, ayuda a reducir el estrés y paradójicamente abre la puerta a que, desde la calma, se puedan explorar nuevos alimentos en el futuro.
Conclusiones
La selectividad alimentaria en la neurodivergencia es un fenómeno legítimo y profundamente enraizado en la neurología de cada individuo. La investigación muestra que el rechazo a ciertos alimentos no implica mala educación ni capricho, sino que es una respuesta protectora ante un sistema sensorial abrumado o una función ejecutiva agotada. También se ha visto que intervienen factores como la hiperactividad de la amígdala, las diferencias en la interocepción y la incomprensión de un entorno que exige patrones de alimentación estandarizados. Sin embargo, no hay que vivir la comida desde el sufrimiento continuo. Al validar las necesidades sensoriales, abandonar los chantajes y abrazar la flexibilidad, es posible construir una relación más pacífica con la alimentación.
Comer no debería ser un acto de valentía doloroso, sino un espacio seguro y adaptado a la neurología de quien se sienta a la mesa.
Referencias
Bourne, L., Bryant-Waugh, R., Cook, J., y Mandy, W. (2020). Avoidant/restrictive food intake disorder: A systematic scoping review of the current literature. Psychiatry Research, 288, 112961.
Cermak, S. A., Curtin, C., y Bandini, L. G. (2010). Food selectivity and sensory sensitivity in children with autism spectrum disorders. Journal of the American Dietetic Association, 110(2), 238-246.
Dovey, T. M., Staples, P. A., Gibson, E. L., y Halford, J. C. (2008). Food neophobia and ‘picky/fussy’ eating in children: a review. Appetite, 50(2-3), 181-193.
Green, S. A., Hernandez, L., Tottenham, N., Krasileva, K., Bookheimer, S. Y., y Dapretto, M. (2015). Neurobiology of sensory overresponsivity in youth with autism spectrum disorders. JAMA Psychiatry, 72(8), 778-786.
Koomar, T., Thomas, T. R., Pottschmidt, N. R., Lutter, M., y Michaelson, J. J. (2021). Estimating the prevalence and genetic risk mechanisms of ARFID in a large autism cohort. Frontiers in Psychiatry, 12, 668297.
Naqvi, U., y Vancampfort, D. (2019). Feeding difficulties in children with autism spectrum disorder: A literature review. Journal of Autism and Developmental Disorders, 49(12), 4812-4822.
Råstam, M. (2008). Eating disturbances in autism spectrum disorders with focus on adolescent and adult years. Clinical Neuropsychiatry, 5(1), 31-42.
Thomas, J. J., Lawson, E. A., Micali, N., Misra, M., Deckersbach, T., y Eddy, K. T. (2017). Avoidant/restrictive food intake disorder: a three-dimensional model of neurobiology with implications for etiology and treatment. Current Psychiatry Reports, 19(8), 54.
Zickgraf, H. F., Richard, E., Zucker, N. L., y Wallace, G. L. (2020). Rigidity and sensory sensitivity: Independent contributions to avoidant/restrictive food intake disorder symptoms in adults with autism spectrum disorder. Journal of Autism and Developmental Disorders, 50(12), 4305-4315.
