Ecoansiedad:
cuando la crisis climática se instala en nuestra mente
Cynthia Morillas Arauz
La expectativa de mirar hacia el futuro con optimismo colisiona de frente con la realidad contemporánea. Inmersos en una era de sobreinformación, recibimos a diario noticias sobre sequías extremas, pérdida acelerada de biodiversidad y un aumento constante de las temperaturas globales. Aun así, se espera que mantengamos nuestras rutinas (trabajando, consumiendo y planificando a largo plazo) como si el entorno permaneciera inalterable. En este contexto, experimentar miedo, tristeza o desesperanza ante el deterioro del planeta suele no encajar con la visión tradicional del bienestar personal. Con frecuencia, preocuparse en exceso por acontecimientos que escapan a nuestro control individual se minimiza o se percibe como una reacción exagerada. Sin embargo, esta inquietud por el entorno es una respuesta emocional natural y coherente con el tiempo que vivimos. Cuando la angustia por el futuro global nos paraliza o desencadena una culpa constante por cada decisión cotidiana, nuestra salud mental sufre un impacto significativo.
Surge entonces una pregunta fundamental:
¿Cómo podemos vivir el presente y actuar con sentido frente a un futuro que nos resulta amenazante?
Esta es la realidad sobre la que reflexiona este artículo. A lo largo del texto, analizaremos cómo la exposición continua a la crisis climática y la sensación de impotencia pueden derivar en un sufrimiento crónico, así como las herramientas que ofrece la Psicología para afrontar esta incertidumbre sin caer en la parálisis ni en la desesperanza.
QUÉ ES LA ECOANSIEDAD
De acuerdo con la Asociación Americana de Psicología, la ecoansiedad se define como un «temor crónico a sufrir un cataclismo ambiental» (Clayton et al., 2017). Lejos de constituir un trastorno mental catalogado en los manuales diagnósticos tradicionales, se trata de una respuesta psicológica comprensible ante una amenaza real y de alcance existencial. Este fenómeno engloba diversas manifestaciones emocionales: desde la frustración e impotencia ante la inacción institucional, hasta un dolor profundo —conocido como «solastalgia» o duelo ecológico— provocado por la degradación de los entornos naturales con los que guardamos un vínculo afectivo (Cunsolo & Ellis, 2018). En las generaciones más jóvenes, este malestar climático genera un impacto clínico considerable que condiciona profundamente su visión del porvenir (Hickman et al., 2021).
¿POR QUÉ SENTIMOS ECOANSIEDAD?
Experimentar preocupación por el planeta no refleja fragilidad personal, sino empatía y una conexión profunda con el entorno. Como seres humanos, estamos preparados biológicamente para detectar riesgos y reaccionar ante ellos; el desafío actual reside en el modo en que recibimos la información. El hábito del doomscrolling —el consumo compulsivo de noticias alarmantes en medios digitales y redes sociales— sobrecarga nuestro cerebro con señales constantes de peligro. Frente a un riesgo inmediato, la respuesta natural es la huida o el enfrentamiento; sin embargo, ante una amenaza difusa y compleja como el cambio climático, dicha respuesta se bloquea, favoreciendo una sensación de indefensión (Pihkala, 2019). En el ámbito conductual, la ecoansiedad suele conducir a dos patrones principales de afrontamiento (Ojala, 2012): la evitación, caracterizada por la desconexión o distracción constante para eludir el malestar, y la obsesión, manifestada en el intento de controlar de manera rígida el propio impacto ambiental, lo que aporta un alivio efímero pero resulta agotador e insostenible a largo plazo.
¿POR QUÉ LA ECOANSIEDAD ES UN PROBLEMA?
Si bien la toma de conciencia ambiental es indispensable para promover cambios, su transformación en angustia persistente termina por limitar la capacidad de acción. La hipervigilancia constante sobre la propia conducta y el temor al mañana generan un desgaste emocional elevado que estrecha el horizonte vital. En casos severos, esta situación puede derivar en aislamiento social debido a discrepancias en valores ecológicos, insomnio recurrente o la postergación de decisiones trascendentales (como la orientación profesional o la maternidad/paternidad) guiadas por el pánico más que por la propia voluntad. Es esta parálisis, y no la implicación ambiental en sí, la que genera sufrimiento y distorsiona el bienestar integral.
Para ilustrar este proceso, consideremos el caso de una persona preocupada por la acumulación de residuos plásticos. Con el propósito de aliviar la culpa, decide consumir exclusivamente productos libres de plástico. Aunque este criterio le aporta serenidad inicial, progresivamente la compra diaria se vuelve una tarea compleja, reduce sus interacciones sociales por no encontrar lugares acordes con sus exigencias y experimenta tensión frecuente en su entorno cercano. En el intento de aplacar la ansiedad mediante un control riguroso, el resultado termina siendo el agotamiento y la frustración.
¿CÓMO PUEDE AYUDARNOS LA PSICOLOGÍA?
Frente al riesgo de que la ecoansiedad conduzca a la desesperanza, enfoques terapéuticos como la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) permiten transformar la relación con estas preocupaciones (Harris, 2011). La intervención no busca invalidar el malestar con falsas certezas de seguridad, sino facilitar herramientas para convivir con la incertidumbre ambiental preservando el equilibrio emocional.
Para ello, la psicología trabaja a través de varios pilares fundamentales:
- Aceptación y validación: Reconocer la legitimidad del duelo ecológico como una expresión de empatía hacia el entorno, dando espacio a las emociones sin intentar reprimirlas.
- Atención al momento presente: Reducir la rumiación sobre escenarios futuros desalentadores, fomentando la reconexión activa con el entorno natural en el día a día.
- Defusión cognitiva: Tomar distancia de los pensamientos absolutistas («no hay solución», «todo está perdido»), reconociéndolos como construcciones mentales y no como realidades definitivas.
- Acción orientada a valores: Orientar la conducta hacia compromisos significativos en lugar de actuar desde la culpa, asumiendo la responsabilidad sobre la propia esfera de influencia sin asumir individualmente la resolución del problema global.
CONCLUSIÓN
La continua exposición a las problemáticas globales ha derivado en formas de malestar antes poco habituales. No obstante, experimentar esta inquietud refleja la importancia que concedemos a nuestro entorno; en última instancia, la ecoansiedad evidencia nuestra propia sensibilidad humana.
La Psicología nos sugiere que el cuidado del entorno requiere también atender la propia salud mental. Es posible observar los desafíos ambientales actuales sin dejarse llevar por la desesperanza, focalizando la atención en aquellas acciones alcanzables hoy y guiadas por nuestros valores fundamentales (Hayes, 2013).
REFERENCIAS
Clayton, S., Manning, C. M., Krygsman, K., & Speiser, M. (2017). Mental Health and Our Changing Climate: Impacts, Implications, and Guidance. American Psychological Association y ecoAmerica.
Cunsolo, A., & Ellis, N. R. (2018). Ecological grief as a mental health response to climate change-related loss. Nature Climate Change, 8(4), 275-281.
Harris, R. (2011). Hacerlo simple: Una guía práctica para la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT). Desclée de Brouwer.
Hayes, S. C. (2013). Sal de tu mente, entra en tu vida. Desclée de Brouwer.
Hickman, C., Marks, E., Pihkala, P., Clayton, S., Lewandowski, R. E., Mayall, E. E., … & van Susteren, L. (2021). Climate anxiety in children and young people and their beliefs about government responses to climate change: a global survey. The Lancet Planetary Health, 5(12), e863-e873.
Ojala, M. (2012). How do children cope with global climate change? Coping strategies, engagement, and well-being. Journal of Environmental Psychology, 32(3), 225-233.
Pihkala, P. (2019). Eco-anxiety and environmental education. Sustainability, 11(23), 7014.
