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Misofonía: cuando los sonidos cotidianos

 

se convierten en una amenaza insoportable

 

 

 

Cynthia Morillas Arauz

 

En nuestro día a día, nos rodea una constante banda sonora de pequeños ruidos: el tecleo en una oficina, la respiración de quien se sienta a nuestro lado en el transporte público o el choque de los cubiertos durante una cena. Para la mayoría de las personas, estos estímulos se filtran y pasan a formar parte de un inofensivo ruido de fondo. Sin embargo, para quienes padecen misofonía, el escenario es radicalmente distinto. Ciertos sonidos específicos, generalmente producidos por otras personas (como masticar, tragar, carraspear o respirar), no solo resultan molestos, sino que desencadenan una respuesta física y emocional abrumadora, dominada por la ira, el asco o la ansiedad extrema. En este contexto de vulnerabilidad sensorial, el instinto más primario es la huida o la protección: el uso constante de auriculares con cancelación de ruido, el aislamiento en habitaciones silenciosas o la evitación de reuniones sociales. Se nos ofrece así un refugio aparentemente «perfecto» donde el silencio nos proporciona una validación incondicional de nuestra paz mental. Como seres que buscan evitar el sufrimiento, resulta natural sentirse atraídos por esta burbuja libre de detonantes. Sin embargo, la vida humana real se construye, de manera inevitable, sobre un entorno ruidoso y compartido. Al acostumbrarnos a bloquear el mundo exterior y evitar la incomodidad inherente a la convivencia, comenzamos a aislarnos del contacto auténtico. En este punto, surge una cuestión fundamental:

 

¿No estaremos saboteando nuestra capacidad de conectar con los demás y vivir plenamente al refugiarnos en un silencio perfecto pero restrictivo?

 

Esta es la realidad que analizaremos a lo largo del presente artículo. Exploraremos cómo la tendencia a evitar los sonidos detonantes puede convertirse en un sofisticado mecanismo de aislamiento y de qué manera la psicología ofrece herramientas para reconectar con el mundo real, abrazando la incomodidad necesaria para mantener nuestros vínculos humanos.

 

 

¿Qué es la misofonía?

 

El término misofonía, que significa literalmente «odio al sonido», describe un trastorno neuroconductual en el que estímulos auditivos específicos (y en ocasiones visuales) provocan una respuesta desproporcionada en el sistema nervioso autónomo. A diferencia de la hiperacusia, donde el problema radica en el volumen o la intensidad del sonido, en la misofonía el factor desencadenante es el patrón y el contexto del ruido. Las investigaciones neurológicas actuales confirman que el cerebro de las personas con misofonía presenta una hiperconectividad anormal entre la corteza auditiva y el sistema límbico, la red cerebral encargada de regular las emociones (Kumar et al., 2017). Debido a esta particularidad neurológica, el cerebro reacciona ante un simple sonido de masticación o respiración activando los mismos mecanismos de alerta y supervivencia que utilizaría ante un peligro inminente. De este modo, el ruido de fondo deja de ser inofensivo para convertirse en una amenaza física y emocional genuina.

 

 

¿Por qué reaccionamos así ante estos sonidos?

 

Experimentar ira o pánico ante el sonido de alguien comiendo no es un signo de debilidad, intolerancia o un mero capricho, sino una respuesta profundamente arraigada en el funcionamiento automático del sistema nervioso. Cuando el cerebro identifica el sonido detonante, la amígdala se activa e inicia la respuesta de lucha o huida.

A nivel conductual, huir del sonido, taparse los oídos o reprender a la persona que lo emite opera como una eficaz estrategia de evitación experiencial. Permanecer en presencia del ruido conlleva un malestar agudo: la tensión muscular aumenta, el ritmo cardíaco se acelera y la angustia se dispara. En cambio, si nos ponemos unos auriculares o abandonamos la habitación, experimentamos un alivio inmediato. Esta reducción instantánea del malestar refuerza dicha conducta de huida y nos empuja paulatinamente a sustituir la interacción social impredecible (donde alguien podría hacer un ruido molesto) por un aislamiento predecible y seguro.

 

 

¿Por qué es un problema refugiarse en la evitación?

 

A pesar de que buscar el silencio proporciona un alivio momentáneo, la evidencia clínica pone de manifiesto la denominada «paradoja de la evitación». Diversas investigaciones psicológicas revelan que la evitación sistemática de los estímulos fóbicos o molestos se correlaciona con un incremento en los niveles de sensibilidad a largo plazo y un deterioro de los indicadores psicosociales (Schröder et al., 2013). Cuando el uso de tapones para los oídos o el aislamiento se transforma en nuestra principal estrategia de regulación emocional, perdemos paulatinamente la tolerancia natural a la frustración y la capacidad de habitar el mundo. Diversos expertos advierten que la dependencia de estas barreras acústicas podría alterar nuestras normas de convivencia, haciendo que actividades cotidianas nos resulten cada vez más complejas, agotadoras o amenazantes.

 

Para ilustrar esta dinámica, consideremos el caso de una persona que experimenta una fuerte reacción misofónica al sonido de sus familiares masticando. Al empezar a cenar en su habitación con la puerta cerrada o viendo series con auriculares, encuentra un alivio inicial: su sistema nervioso se relaja y evita las explosiones de ira. Sin embargo, con el paso del tiempo, esta persona empieza a rechazar invitaciones a restaurantes con sus amistades, al resultarle agotador anticipar los ruidos o pedir a los demás que coman de cierta manera. Para evitar el riesgo del sufrimiento emocional y sensorial, termina alejándose de sus seres queridos, lo que deriva en un aislamiento crónico y en una reducción drástica de su calidad de vida, enmascarada bajo una apariencia de control del entorno.

 

 

¿Cómo puede ayudarnos la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT)?

 

Cuando el recurso a la huida y el silencio actúa como un factor de aislamiento, marcos terapéuticos como la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) aportan herramientas valiosas para restablecer nuestra disposición a vincularnos con el entorno, reconociendo que el malestar sensorial es un componente que, aunque doloroso, no tiene por qué gobernar nuestras decisiones (Hayes, 2013).

Para ello, se trabajan varios procesos fundamentales:

 

  • Aceptación: abrir espacio a la ansiedad, la tensión muscular o la ira que surge ante el sonido detonante. Implica dejar de luchar constantemente contra la reacción fisiológica, abandonar los refugios de silencio absoluto y aceptar que, para compartir la vida con otras personas, a veces debemos estar dispuestos a sentir incomodidad sensorial.
  • Defusión cognitiva: aprender a observar pensamientos como «no puedo soportarlo un segundo más», «lo hace a propósito para molestarme» o «voy a perder el control» como historias automáticas que nuestra mente crea ante el estrés, y no como realidades inflexibles que debamos obedecer ciegamente huyendo del lugar.
  • Contacto con el momento presente: volver a conectar con la riqueza de la experiencia global del ahora, ampliando el foco de atención. En lugar de desarrollar una hipervigilancia exclusiva hacia el sonido de la masticación, aprender a notar simultáneamente el sabor de la propia comida, la temperatura del ambiente y el contenido de la conversación.
  • Acción comprometida hacia los valores: identificar qué tipo de vida queremos realmente (compartir tiempo con la familia, desarrollar una carrera profesional, ir al cine) y dar pequeños pasos hacia ello. Esto significa atrevernos a exponernos gradualmente a los sonidos asumiendo el malestar, porque construir una vida rica y significativa es algo que valoramos más que el silencio absoluto.

 

 

Conclusión

Proteger nuestra audición y buscar momentos de tranquilidad resulta fundamental y legítimo en un mundo sobreestimulado. No obstante, la ilusión de control que genera el aislamiento acústico constante no puede reemplazar la riqueza, la complejidad ni la calidez de compartir espacios vitales con otras personas.

La investigación en psicología nos recuerda que la fricción —incluida la fricción sensorial de convivir con los ruidos biológicos ajenos— constituye un aspecto ineludible de la condición humana. Superar la limitación que impone la misofonía no requiere de un mundo mágicamente silencioso, sino de reentrenar nuestra relación con el malestar. Es perfectamente posible padecer esta condición neurológica sin olvidar que una vida con sentido sólo florece cuando nos mostramos dispuestos a habitar el mundo real, con toda su belleza y todo su ruido.

 

 

 

Referencias

Hayes, S. C. (2013). Sal de tu mente, entra en tu vida. Desclée de Brouwer.

Kumar, S., Tansley-Hancock, O., Sedley, W., Winston, J. S., Callaghan, M. F., Allen, M., … & Griffiths, T. D. (2017). The brain basis for misophonia. Current Biology, 27(4), 527-533.

Schröder, A., Vulink, N., & Denys, D. (2013). Misophonia: diagnostic criteria for a new psychiatric disorder. PLoS One, 8(1), e54706.

Swedo, S. E., Baguley, D. M., Denys, D., Dixon, L. J., Erfanian, M., Fioretti, A., … & Rosenthal, M. Z. (2022). Consensus definition of misophonia: A Delphi study. Frontiers in Neuroscience, 16, 841816.