El «Doomscrolling»:
la trampa de la hipervigilancia digital
Cynthia Morillas Arauz
Cuando se escucha la expresión «adicción a las noticias», frecuentemente se evocan imágenes de personas profundamente informadas, cívicamente comprometidas o con un marcado interés por la actualidad. Sin embargo, el fenómeno del doomscrolling —entendido como el consumo compulsivo de noticias de carácter catastrófico— responde a una dinámica psicológica sensiblemente más angustiosa y paralizante. Quienes dedican periodos prolongados a examinar tragedias a través de sus pantallas no suelen hacerlo con el propósito de prepararse adecuadamente, ni se ajustan al perfil del ciudadano empoderado. En este contexto, Buchanan et al. (2021) destacan que el doomscrolling no debe conceptualizarse como una mera búsqueda de información; los autores sostienen que mantenerse informado no constituye el rasgo definitorio de este fenómeno y que diversos individuos, aun poseyendo un conocimiento exhaustivo sobre las crisis globales, recurren a esta lectura compulsiva en un intento infructuoso de mitigar la ansiedad derivada de la incertidumbre. En consonancia con esta postura, Ytre-Arne y Moe (2021) señalan que la sobreexposición a acontecimientos adversos no se traduce necesariamente en la adopción de medidas orientadas a la resolución de problemas, sino que, por el contrario, tiende a agotar los recursos cognitivos y emocionales del individuo.
¿Qué es el Doomscrolling?
El doomscrolling (o doomsurfing) no se encuentra categorizado como un trastorno mental formal en los manuales de diagnóstico clínicos, sino que se define como un comportamiento desadaptativo y un sesgo cognitivo intensificado por los entornos tecnológicos. Aunque presenta puntos de convergencia con la ansiedad generalizada y el trastorno obsesivo-compulsivo, constituye una entidad con características diferenciales distintivas.
Existen diversos marcos teóricos para conceptualizar este fenómeno; obstante, la literatura científica reciente coincide en describirlo como un ciclo compulsivo en el que el usuario se desplaza de manera continuada e idéntica a través de plataformas digitales y portales de noticias, procesando un flujo ininterrumpido de contenidos de corte negativo (Sharma et al., 2022).
Asimismo, Anand et al. (2021) identifican la manifestación de una paradoja de control: el individuo persigue activamente información con la expectativa de obtener seguridad frente a amenazas globales (conflictos bélicos, emergencias sanitarias o crisis climáticas), pero la exposición continuada a narrativas alarmistas genera, paradójicamente, un incremento sustancial en los niveles de pánico y vulnerabilidad percibida.
Subtipos de consumo compulsivo
A pesar de que la manifestación conductual es idéntica —la interacción táctil continuada sobre el dispositivo—, la motivación subyacente permite distinguir dos perfiles psicológicos diferenciados. Por un lado, el doomscroller preventivo se vincula a un patrón caracterizado por la hipervigilancia ante posibles amenazas; este perfil examina la actualidad bajo la creencia de que la comprensión pormenorizada del peligro otorgará una capacidad anticipatoria para la protección propia y de su entorno. Por otro lado, el doomscroller rumiante suele asociarse a individuos que experimentan estados afectivos de corte depresivo o pesimista, empleando el flujo de noticias desfavorables para confirmar sus esquemas cognitivos previos sobre el entorno. Diversos estudios respaldan esta taxonomía, demostrando que discernir si el motor de la compulsión reside en la ansiedad (búsqueda de control) o en la depresión (sesgo de confirmación negativo) resulta determinante para el diseño de intervenciones orientadas a la interrupción de este hábito.
Prevalencia
La prevalencia del doomscrolling experimentó un incremento significativo a partir del año 2020, consolidándose con posterioridad como un patrón de conducta persistente en amplios sectores poblacionales. Revisiones sistemáticas recientes estiman que esta práctica se halla presente en más del 50 % de los usuarios de dispositivos móviles inteligentes (Price et al., 2022). Asimismo, la literatura identifica grupos de mayor vulnerabilidad: en adolescentes y adultos jóvenes se ha observado una elevada incidencia de fatiga por compasión y ecoansiedad vinculada directamente al tiempo de exposición a pantallas. De modo análogo, aquellos individuos que residen solos o que presentan puntuaciones elevadas en la dimensión de neuroticismo muestran una inclinación sensiblemente superior a involucrarse en estas dinámicas durante el periodo nocturno.
Patrones de comportamiento
Se han delimitado diversos patrones conductuales recurrentes en los sujetos expuestos a dinámicas de doomscrolling. En la esfera intrapersonal, destaca la manifestación de la denominada bedtime procrastination (o posposición del sueño), en la cual el individuo pospone sistemáticamente el descanso nocturno para continuar procesando información de carácter adverso, manifestando dificultad para discontinuar el uso del dispositivo (Kroese et al., 2014).
En el plano afectivo, Baumeister et al. (2001) señalan la emergencia de fenómenos como la indefensión aprendida, el cinismo y una percepción sesgada en la que las amenazas se perciben como omnipresentes. En este orden de ideas, se comprende por qué, tras una exposición prolongada al doomscrolling, los usuarios refieren un descenso notable en su estado de ánimo, acompañado de un incremento en los niveles de irritabilidad intertemporal.
Finalmente, en el plano conductual, se observan indicadores como la verificación compulsiva del teléfono móvil desde las primeras horas de la mañana y alteraciones en la capacidad de atención sostenida en las actividades cotidianas.
Estructuras cerebrales
Las investigaciones en el ámbito de la neurobiología sugieren que el doomscrolling surge del conflicto entre estructuras cerebrales filogenéticamente antiguas y el diseño de los medios tecnológicos contemporáneos. Rozin y Royzman (2001) analizan el «sesgo de negatividad», una adaptación evolutiva en virtud de la cual el sistema nervioso procesa la información asociada a amenazas de forma prioritariamente rápida e intensa en comparación con los estímulos positivos, activando la amígdala cerebral para mantener un estado de alerta que, en contextos primitivos, garantizaba la supervivencia.
A este mecanismo se suma la implicación del sistema dopaminérgico durante la interacción con interfaces digitales. Cada hallazgo de un titular de carácter alarmante desencadena una liberación dopaminérgica asociada a la obtención de información crítica, incentivando la continuidad de la búsqueda. Según la investigación disponible, este circuito refuerza la dificultad del usuario para finalizar la interacción, en tanto el cerebro interpreta la interrupción del monitoreo como una disminución en la vigilancia ante potenciales peligros.
Influencia ambiental
Si bien el sesgo de negatividad constituye una predisposición innata, el entorno digital ejerce un papel determinante en el desarrollo de este fenómeno. Las plataformas de redes sociales y los medios de comunicación operan en el marco de la denominada «economía de la atención», empleando algoritmos diseñados para maximizar la permanencia del usuario. Dado que los estados afectivos de alta activación (como la indignación, la ira o el temor) conllevan mayores tasas de interacción y retención, los sistemas de recomendación priorizan de manera sistemática los contenidos de corte catastrófico (Brady et al., 2017). De este modo, la consolidación de este patrón no responde únicamente a un déficit en la autorregulación individual, sino a un ecosistema informático estructurado para capitalizar las vulnerabilidades evolutivas del procesamiento humano.
Higiene digital: de la hipervigilancia a la acción
Frente a la interacción entre las bases biológicas y las dinámicas algorítmicas, la psicología de los medios resalta la relevancia de adoptar pautas de higiene digital. Meier y Reinecke (2021) destacan que la delimitación de fronteras de uso (tales como la restricción de dispositivos en las áreas de descanso), el consumo informativo intencional y la desconexión planificada resultan fundamentales para la autorregulación. En este sentido, la restitución de la agencia personal mediante la conversión de la preocupación pasiva en acciones de carácter local (como el involucramiento en iniciativas comunitarias) actúa como un factor protector que contribuye a regular el malestar psicológico y a restaurar la percepción de control sobre el entorno inmediato.
Conclusiones
El fenómeno del doomscrolling evidencia la fricción existente entre las estructuras cognitivas evolutivas y la tecnología digital contemporánea. La evidencia empírica indica que el consumo compulsivo de información adversa no se traduce en un mejor estado de preparación, sino en la exacerbación de la ansiedad, la alteración del sueño y la inducción de indefensión aprendida. Asimismo, se constata la confluencia de mecanismos biológicos, como el sesgo de negatividad, con un ecosistema de medios que incentiva la hipervigilancia. No obstante, la mitigación de estos efectos es factible mediante la comprensión de los mecanismos de captura de la atención y el establecimiento de pautas estructuradas de consumo informativo.
Si bien el acceso a la información constituye un pilar en la sociedad democrática, la preservación del bienestar psicológico requiere evitar la subordinación de la estabilidad emocional a las dinámicas de pánico del entorno digital.
Referencias
Anand, N., Sharma, P., Singh, P., Oswal, S., y Singh, A. (2021). Doomscrolling and its consequences: A narrative review. Journal of Public Health Research.
Baumeister, R. F., Bratslavsky, E., Finkenauer, C., y Vohs, K. D. (2001). Bad is stronger than good. Review of General Psychology, 5(4), 323-370.
Brady, W. J., Wills, J. A., Jost, J. T., Tucker, J. A., y Van Bavel, J. J. (2017). Emotion shapes the diffusion of moralized content in social networks. Proceedings of the National Academy of Sciences, 114(28), 7313-7318.
Buchanan, K., Aknin, L. B., Lotun, S., y Sandstrom, G. M. (2021). Brief exposure to social media during the COVID-19 pandemic: Doom-scrolling has negative emotional consequences, but positive-scrolling does not. PLoS ONE, 16(10), e0257728.
Kroese, F. M., De Ridder, D. T., Evers, C., y Adriaanse, M. A. (2014). Bedtime procrastination: introducing a new area of procrastination. Frontiers in Psychology, 5, 611.
Meier, A., y Reinecke, L. (2021). Computer-mediated communication, social media, and mental health: A conceptual and empirical meta-review. Communication Research, 48(8), 1182-1209.
Price, M., Legrand, A. C., Brier, Z. M., van Stolk-Cooke, K., Peck, K., Dodds, P. S., y Adams, Z. W. (2022). Doomscrolling during COVID-19: The negative association between daily social and traditional media consumption and mental health symptoms. Psychological Medicine, 52(14), 2736-2744.
Rozin, P., y Royzman, E. B. (2001). Negativity bias, negativity dominance, and contagion. Personality and Social Psychology Review, 5(4), 296-320.
Sharma, B., Lee, S. S., y Johnson, B. (2022). The psychology of doomscrolling: How and why we consume negative news. Media Psychology Review, 14(2), 45-62.
Ytre-Arne, B., y Moe, H. (2021). Doomscrolling, monitoring and avoiding: News use in COVID-19 pandemic lockdown. Journalism Studies, 22(13), 1739-1755.
