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La Ortorexia:

 

cuando la obsesión por la salud nos enferma

 

 

 

Cynthia Morillas Arauz

 

Al escuchar la expresión “Trastorno de la Conducta Alimentaria” (TCA), suele evocarse la imagen de una adolescente obsesionada con la delgadez o de alguien que reduce drásticamente su ingesta de alimentos. Sin embargo, la relación patológica con la comida abarca un espectro mucho más amplio que, con frecuencia, se disfraza de intenciones saludables. La mayoría de las personas que padecen Ortorexia Nervosa no persiguen la pérdida de peso ni se ajustan al perfil clínico tradicional de un TCA. De hecho, Bratman (1997), quien introdujo el término, señala que la ortorexia no se define por el temor a engordar, argumentando que la restricción calórica no constituye el rasgo esencial del concepto y que existen individuos con un peso aparentemente normal cuya vida social y psicológica se encuentra gravemente alterada por su patrón alimentario. En esta misma línea, Varga et al. (2013) sostienen que el interés por la nutrición no implica en sí mismo la presencia de una patología; únicamente cuando la búsqueda de «pureza» alimentaria se transforma en una fijación compulsiva que anula la identidad del individuo es posible hablar de un trastorno.

 

 

¿Qué es la Ortorexia?

 

La ortorexia aún no está catalogada como un trastorno mental independiente en los manuales diagnósticos de referencia como el DSM-5; no obstante, se reconoce y aborda en la práctica clínica como una variante de severidad considerable dentro de los TCA. Aunque comparte ciertas manifestaciones con la anorexia nerviosa y el trastorno obsesivo-compulsivo (TOC), presenta particularidades distintivas.

A pesar de la existencia de diversos modelos explicativos, la investigación reciente coincide en caracterizarla como una fijación patológica por el consumo de alimentos biológicamente puros, «limpios» o considerados correctos (Donini et al., 2004). Entre sus rasgos principales destacan una extrema rigidez dietética, la evitación fóbica de productos procesados (así como de aquellos con conservantes, pesticidas o azúcares añadidos) y una alteración significativa de la vida cotidiana en función del cumplimiento de estas normas.

Asimismo, Koven y Abry (2015) destacan una marcada moralización del acto de comer: la persona experimenta una sensación de superioridad moral al acatar sus propias reglas, seguida de intensos sentimientos de culpa y ansiedad desproporcionada en caso de ingerir algún alimento catalogado como «tóxico».

 

 

 Dimensiones de la preocupación dietética

 

La literatura clínica propone una diferenciación entre dos formas de aproximación a la nutrición. La ortorexia saludable (o interés sano) describe a aquellos individuos que eligen alimentarse de forma nutritiva como acto de autocuidado, manteniendo la flexibilidad en contextos sociales y sin experimentar malestar si se desvían de su planificación. Por el contrario, la ortorexia nervosa se vincula a un patrón restrictivo e inflexible en el que la dieta se convierte en el eje central de la existencia y determina la autovaloración del individuo. Investigaciones como las de Depa et al. (2017) respaldan esta distinción, señalando que ambas dimensiones permiten delimitar el momento en que un hábito inicialmente saludable transita hacia un comportamiento disfuncional.

 

 

 Prevalencia

 

Estimar la prevalencia de la ortorexia en la población general resulta complejo; no obstante, revisiones científicas recientes sugieren un incremento notable durante la última década. Se ha documentado una mayor vulnerabilidad en determinados colectivos: entre los profesionales y estudiantes del ámbito de la salud (como nutrición y medicina), atletas de alto rendimiento y practicantes habituales de yoga o fitness, la incidencia de conductas ortoréxicas supera la media poblacional (Dunn y Bratman, 2016). Asimismo, la normalización de dietas restrictivas en estos entornos dificulta la detección temprana, ya que la disciplina exhibida suele ser socialmente reforzada.

 

 

 Patrones de comportamiento

 

Se han identificado diversos patrones actitudinales y de comportamiento característicos de este cuadro. En el ámbito interpersonal, resulta frecuente el aislamiento social progresivo: el individuo evita asistir a compromisos o restaurantes por el temor a no controlar la selección de ingredientes o los métodos de preparación de los alimentos (Macías et al., 2005).

A nivel afectivo, se observan elevados niveles de ansiedad y una dedicación temporal excesiva (que a menudo supera las tres horas diarias) a la planificación, selección y elaboración del menú. Esta restricción progresiva de grupos alimentarios incrementa el riesgo de deficiencias nutricionales y desnutrición, comprometiendo paradójicamente la salud física que se pretende preservar.

En el plano conductual, es habitual la necesidad de transportar recipientes con comida propia a eventos sociales, así como una marcada tendencia a juzgar los hábitos alimentarios del entorno cercano.

 

 

 Estructuras cerebrales

 

Los hallazgos en neurociencia sugieren que en los trastornos de la conducta alimentaria de tipo restrictivo predomina un procesamiento cognitivo rígido de los estímulos alimentarios y las reglas. Kaye et al. (2013) señalan que la corteza prefrontal —región clave en el control cognitivo, la toma de decisiones y el perfeccionismo— presenta hiperactividad en personas con rasgos obsesivos y anoréxicos. Esta condición neurobiológica se relacionaría con la adherencia inflexible a las normas autoimpuestas y la dificultad para adaptarse al cambio.

Por su parte, la amígdala —implicada en la respuesta al miedo— manifiesta una activación elevada ante la presencia de alimentos catalogados como «prohibidos». Según los autores, este fenómeno explica la intensa dificultad para flexibilizar la dieta: la señal biológica ante dichos alimentos no se procesa como una opción inocua, sino como una amenaza o un riesgo de contaminación que desencadena una respuesta de alarma fisiológica.

 

 

Influencia ambiental

 

Si bien factores individuales como el perfeccionismo o la necesidad de control predisponen al desarrollo de un TCA, el contexto sociocultural ejerce un papel determinante en el auge de la ortorexia. La denominada «cultura de la dieta» ha permeado bajo el discurso del bienestar (wellness) y la «alimentación limpia» (clean eating). Turner y Lefevre (2017) observaron que un uso frecuente de redes sociales, con especial incidencia en Instagram, se correlaciona de manera directa con una mayor presencia de sintomatología ortoréxica.

La exposición continuada a contenidos que estigmatizan componentes alimentarios (como el gluten, los lácteos o los carbohidratos) sin evidencia científica suficiente contribuye a la difusión de temores alimentarios colectivos. Los autores concluyen que la manifestación de este trastorno no responde únicamente a vulnerabilidades individuales, sino a un entorno digital que refuerza la restricción dietética y moraliza los alimentos, dividiéndolos entre «buenos» y «malos».

 

 

 Flexibilidad cognitiva: La Alimentación Intuitiva

 

Considerando la interacción entre predisposición neurobiológica y factores socioculturales, se han desarrollado intervenciones terapéuticas orientadas a reestructurar la relación con la comida. Desde la psicología clínica se promueven enfoques como la Alimentación Intuitiva y el entrenamiento en flexibilidad cognitiva. Tribole y Resch (1995) señalan que la desmoralización de los alimentos (evitando atribuir un valor ético al consumo de determinados productos), la atención a las señales interoceptivas de hambre y saciedad, y la vivencia del placer gastronómico sin culpa constituyen pilares fundamentales. Asimismo, la reintroducción gradual de alimentos temidos actúa como un factor protector que favorece la regulación de la ansiedad y previene que la búsqueda de la salud derive en un patrón patológico.

 

 

Conclusiones

La ortorexia nervosa constituye una entidad compleja en la que el compromiso con la salud, llevado a un extremo inflexible, se transforma en patología. La evidencia indica que esta fijación no equivale a un estado de bienestar real, sino que constituye un mecanismo de control que conlleva aislamiento social, rigidez cognitiva y malestar psicológico. Asimismo, se constata la participación de factores neurobiológicos vinculados al perfeccionismo y al procesamiento del miedo, modulados por un contexto cultural y digital que incentiva la restricción. No obstante, el fomento de la flexibilidad psicológica y la integración de la salud mental como componente inseparable de la salud integral abren vías efectivas para la recuperación de un patrón alimentario funcional y placentero.

Una alimentación saludable no exige el sacrificio de la vida social ni la vivencia continuada de temor; la verdadera salud presupone la flexibilidad necesaria para relacionarse con la comida con serenidad y libertad.

 

 

 

Referencias

Bratman, S. (1997). Health food junkie. Yoga Journal, 136, 42-50.

Depa, J., Sweeney, V., Fronville, T., Boles, M., Zender, I., Lorig, A. y Meule, A. (2017). Orthorexia nervosa and healthy orthorexia: A refinement of the concept. Eating and Weight Disorders – Studies on Anorexia, Bulimia and Obesity, 22(1), 183-189.

Donini, L. M., Marsili, D., Graziani, M. P., Imbriale, M. y Cannella, C. (2004). Orthorexia nervosa: a preliminary study with a proposal for diagnosis and an attempt to measure the dimension of the phenomenon. Eating and Weight Disorders, 9(2), 151-157.

Dunn, T. M. y Bratman, S. (2016). On orthorexia nervosa: A review of the literature and proposed diagnostic criteria. Eating Behaviors, 21, 11-17.

Kaye, W. H., Wierenga, C. E., Bailer, U. F., Simmons, A. N. y Bischoff-Grethe, A. (2013). Nothing tastes as good as skinny feels: the neurobiology of anorexia nervosa. Trends in Neurosciences, 36(2), 110-120.

Koven, N. S. y Abry, A. W. (2015). The clinical basis of orthorexia nervosa: emerging perspectives. Neuropsychiatric Disease and Treatment, 11, 385-394.

Macías, J. A., Gordillo, L. G. y Camacho, E. J. (2005). Hábitos alimentarios de niños en edad escolar y el papel de la educación para la salud. Revista Chilena de Nutrición, 32(3), 226-231.

Tribole, E. y Resch, E. (1995). Intuitive Eating: A Revolutionary Program That Works. St. Martin’s Press.

Turner, P. G. y Lefevre, C. E. (2017). Instagram use is linked to increased symptoms of orthorexia nervosa. Eating and Weight Disorders – Studies on Anorexia, Bulimia and Obesity, 22(2), 277-284.

Varga, M., Dukay-Szabó, S., Túry, F. y van Furth, E. F. (2013). Evidence and gaps in the literature on orthorexia nervosa. Eating and Weight Disorders, 18(2), 103-111.