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Dismorfia del selfie:

 

el peso de la perfección digital

 

 

 

Cynthia Morillas Arauz

 

Cuando escuchamos hablar de “problemas de imagen corporal” suele venirnos a la cabeza la influencia de las portadas de revistas de moda o la televisión. Sin embargo, el impacto de la autoedición en nuestra psicología es un fenómeno mucho más íntimo, constante y de bolsillo. La mayoría de las personas que sufren de la llamada «dismorfia del selfie» o «dismorfia de Snapchat» no encajan con una imagen de vanidad extrema. De hecho, Rajanala et al. (2018) señalan que este fenómeno no debe definirse simplemente por el uso habitual de filtros en redes sociales. Apuntan que la búsqueda de la belleza no es el rasgo esencial del concepto, sino que se trata de una aprensión generalizada y angustiosa al comparar el rostro real con una versión digitalizada, idealizada y matemáticamente perfecta de uno mismo. En esta línea, Fardouly y Vartanian (2016) apuntan que el acto de tomarse fotos no es el problema original, sino el mecanismo compulsivo de edición que utilizamos para calmar la ansiedad social que nos genera no encajar en los cánones estéticos algorítmicos.

 

 

¿Qué es la dismorfia del selfie?

 

La dismorfia del selfie no se considera un trastorno independiente en los manuales diagnósticos, sino una manifestación moderna y digital del Trastorno Dismórfico Corporal (TDC). Aunque comparte algunos elementos con la baja autoestima y la ansiedad social, va un paso más allá.

Existen distintos modelos para explicar esta variante, pero la investigación reciente coincide en que se trata de una combinación de autoescrutinio extremo y una desconexión entre el «yo real» y el «yo virtual». Entre sus características destacan la insatisfacción crónica con la propia apariencia, la comparación constante no solo con los demás, sino con el propio avatar filtrado, y una sensación de defecto personal (Tiggemann y Slater, 2014).

En esta misma línea, Cohen et al. (2019) añaden que suele observarse una reducción drástica de la autocompasión, junto con rasgos de aislamiento y dificultades para mostrarse en público sin el «escudo» que proporcionan las alteraciones digitales.

 

 

Dimensiones de la Dismorfia del selfie

 

Aunque a menudo se entiende como un problema estético superficial, algunos autores han planteado una clasificación que diferencia dos formas en las que se manifiesta el malestar. La dimensión interna (o focalizada) se asocia con una obsesión desproporcionada por un rasgo facial específico (como el tamaño de la nariz, la asimetría de los ojos o la textura de la piel) que los filtros suelen borrar o modificar. En contraste, la dimensión externa (o de validación) suele relacionarse con una sensibilidad marcada a la aprobación de la audiencia digital, midiendo el valor del propio rostro a través de métricas cuantificables como los likes o las visualizaciones. Estudios como el de Engeln (2017) respaldan esta distinción, mostrando que estas dimensiones ayudan a comprender cómo la tecnología no solo crea nuevas inseguridades, sino que mercantiliza nuestra autoimagen.

 

 

Prevalencia

 

La prevalencia de la insatisfacción corporal derivada de las redes sociales ha crecido de forma sostenida, siendo un fenómeno mayoritario entre nativos digitales. Las revisiones recientes sitúan la cifra de afectación moderada o alta por encima del 60 % en adolescentes femeninas y mujeres jóvenes, aunque la incidencia en hombres jóvenes está aumentando drásticamente. Algunos artículos médicos alertan de que en el ámbito de la cirugía plástica existe una presencia alarmante de este fenómeno: la Academia Estadounidense de Cirugía Plástica Facial Reconstructiva (AAFPRS) reportó que la mayoría de sus cirujanos atienden a pacientes que ya no llevan fotos de celebridades a las consultas, sino selfies de sí mismos editados con filtros, buscando operarse para parecerse a sus propias fotos.

 

 

Patrones de comportamientos

 

Se han identificado varios patrones de comportamiento que aparecen con frecuencia en personas con altos niveles de esta dismorfia. En el plano interpersonal, suele aparecer la evitación fotográfica en la vida real, es decir, el rechazo a ser fotografiados por terceros donde no tienen el control de la iluminación, el ángulo o la edición posterior.

A nivel afectivo, Sherlock y Wagstaff (2019) describen que estas personas suelen mostrar un estado de ánimo deprimido o ansioso tras pasar tiempo en aplicaciones muy visuales como Instagram o TikTok, e irritabilidad cuando se enfrentan a espejos o cámaras sin filtros predeterminados.

En el ámbito conductual, suelen aparecer rasgos como la compulsión por revisar la propia imagen (tomando decenas o cientos de fotos para elegir solo una), la inversión de horas en aplicaciones de retoque (como Facetune) antes de publicar, y la eliminación de publicaciones que no alcanzan un umbral mínimo de interacción.

 

 

Estructuras cerebrales

 

La investigación en neurociencia indica que el cerebro adolescente y adulto joven es especialmente vulnerable a la validación estética digital. Sherman et al. (2016) señalan que el sistema de recompensa del cerebro, específicamente el núcleo accumbens, muestra una hiperactivación ante la recepción de likes en fotos propias, funcionando de manera idéntica a la respuesta neurológica que generan estímulos como ganar dinero o comer azúcar.

Por otro lado, apuntan que la amígdala y las áreas relacionadas con el procesamiento visual de los rostros (el giro fusiforme) presentan una mayor reactividad al observar rostros hiper-simétricos (los generados por IA y filtros). Según los investigadores, esto provoca que el cerebro se acostumbre a un estándar de belleza irreal, procesando el rostro humano natural (con poros, asimetrías y texturas) como «anómalo» o defectuoso.

 

 

Influencia ambiental

 

Aunque ciertas características de la personalidad, como el perfeccionismo o el neuroticismo, pueden predisponer a alguien a sufrir mayor insatisfacción corporal, el diseño de las aplicaciones influye de forma determinante en cómo se gesta este trastorno. Las cámaras frontales de los teléfonos móviles distorsionan la perspectiva real del rostro, y los filtros embellecedores (que aclaran la piel, agrandan los ojos y afinan la mandíbula) suelen aplicarse de forma automática o estar a un solo toque de distancia. Según Alter (2017), esto indica que la forma en que este rechazo al propio cuerpo se manifiesta no depende solo de la psique del individuo, sino de una arquitectura digital diseñada para capitalizar nuestras inseguridades estéticas y mantenernos modificando nuestra imagen.

 

 

De la Dismorfia a la Neutralidad Corporal (El placer de la autenticidad)

 

Después de tener en cuenta esta interacción entre nuestra psicología y el entorno visual, también es importante recordar que podemos cambiar la forma en que habitamos nuestros cuerpos en la red. La psicología actual propone el paso del hiperfoco estético a la neutralidad corporal (Body Neutrality), es decir, personas que deciden conscientemente valorar su cuerpo por lo que hace y no por cómo se ve en una pantalla. Cohen et al. (2019) explican que características como la alfabetización mediática (entender cómo funcionan los filtros y los algoritmos), la autocompasión y la diversificación del feed (seguir cuentas que muestran cuerpos y rostros reales) resultan vitales en nuestra salud mental. En este sentido, aprender a habitar el presente sin necesidad de documentarlo o alterarlo funciona como un factor protector frente a la angustia estética.

 

 

 

Conclusiones

La dismorfia del selfie es un fenómeno representativo y muy específico de la era de la imagen en la que vivimos. La investigación muestra que esta ansiedad no implica únicamente un exceso de vanidad, sino que refleja un sufrimiento real y un escrutinio asfixiante en un entorno que premia la perfección irreal. También se ha visto que intervienen factores tecnológicos, de diseño de software y neurobiológicos, y que la exposición continua a nuestras propias versiones alteradas daña nuestra autoaceptación. Sin embargo, es posible desarrollar estrategias para relacionarnos con la imagen de manera saludable, transformando la tiranía del filtro en la tranquilidad de la aceptación, recordando que el rostro humano real está hecho para expresar emociones, no para ser una imagen estática y perfecta.

 

 

 

Referencias

Alter, A. (2017). Irresistible: The rise of addictive technology and the business of keeping us hooked. Penguin Press.

Cohen, R., Newton-John, T., y Slater, A. (2019). The case for body positivity on social media: Perspectives on current advances and future directions. Journal of Health Psychology, 26(13), 2365-2373.

Engeln, R. (2017). Beauty Sick: How the Cultural Obsession with Appearance Hurts Girls and Women. HarperCollins.

Fardouly, J., y Vartanian, L. R. (2016). Social media and body image concerns: Current research and future directions. Current Opinion in Psychology, 9, 1-5.

Rajanala, S., Maymone, M. B., y Vashi, N. A. (2018). Selfies—Living in the era of filtered photographs. JAMA Facial Plastic Surgery, 20(6), 443-444.

Sherlock, M., y Wagstaff, D. L. (2019). Exploring the relationship between frequency of Instagram use, exposure to idealized images, and psychological well-being in women. Psychology of Popular Media Culture, 8(4), 482-490.

Sherman, L. E., Payton, A. A., Hernandez, L. M., Greenfield, P. M., y Dapretto, M. (2016). The power of the like in adolescence: Effects of peer influence on neural and behavioral responses to social media. Psychological Science, 27(7), 1027-1035.

Tiggemann, M., y Slater, A. (2014). NetTweens: The internet and body image concerns in preteenage girls. The Journal of Early Adolescence, 34(5), 606-620.