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Poner palabras a lo que sentimos:

 

el etiquetado emocional

 

 

 

Cristina Muñoz Maho

 

¿Cuántas emociones conoces? Seguramente te vengan a la cabeza las emociones universales, tales como: alegría, miedo, sorpresa o tristeza.

Sin embargo, si te preguntara “qué sientes ahora”, es posible que te cueste elegir qué palabras utilizar para describir tus sentimientos. Es posible que durante una situación difícil, amigos y familiares te hayan preguntado cómo estás y simplemente hayas respondido: “estoy de mal humor”, o “estoy mal”.

Cuando nombramos de forma clara lo que sentimos, ¿qué sucede?

 

 

El poder de nombrar

 

Poner palabras a lo que sentimos, también llamado “etiquetado emocional” (affect labeling) es un proceso con el cual los seres humanos usamos el lenguaje para articular nuestras emociones. Para ello, combinamos información del interior y el exterior (ej. Tensión muscular, respuesta fisiológica, estímulos del entorno) (Givon et al. 2025).

Según Torre y Lieberman (2018), el etiquetado emocional es un paragüas bajo el que se incluyen diferentes formas de nombrar las emociones. Por ejemplo, se puede hacer verbalmente, escribiendo sobre ellas, o seleccionando palabras dentro una lista de emociones.

Nombrar las emociones puede modificar la intensidad de nuestras emociones y su duración, mejorar nuestras relaciones sociales y bienestar, y es clave para ayudarnos a comunicar y entender nuestro mundo emocional, teniendo un papel importante en nuestra experiencia individual y social (Givon et al., 2025).

 

 

Construyendo la emoción: el uso del lenguaje

 

El lenguaje actúa para dar significado a nuestros estados emocionales y nos ayuda a diferenciarlos mejor unos de otros, siendo una herramienta que nos sirve para reorganizar nuestras experiencias emocionales tanto a nivel representacional como fisiológico (Barret, 2017).

Por ejemplo, estudios con pacientes con afasia semántica, los cuales habían perdido palabras asociadas a emociones, mostraban mayor dificultad para distinguir emociones como miedo o enfado. Esto demuestra que, más allá de describir, las palabras nos ayudan a moldear nuestras experiencias emocionales y a dotarlas de sentido, incluso modifican la percepción de dichas experiencias (Souter et al., 2021; citado en Nguyen et al., 2026).

Desde un punto de vista constructivista de la emoción, al acceder a los conceptos emocionales con el lenguaje, mejoramos nuestra habilidad para distinguir entre estados afectivos, lo que reduce la ambigüedad respecto a lo que estamos sintiendo y nos permite modular mejor cómo respondemos ante las emociones (Shukla y Mishra, 2026).

 

 

Una herramienta de regulación emocional

 

Expandir y ganar precisión en nuestro vocabulario emocional tiene beneficios en nuestra regulación emocional.

Se ha mostrado que las personas que describen de forma más específica la emoción que sienten (por ejemplo: “estoy decepcionado”, “estoy frustrado”), en vez de utilizar términos más amplios como “estoy mal”, tienden a tener mejores habilidades de regulación emocional (Nguyen et al., 2026).

A su vez, estudios con niños a los que se ha entrenado para identificar emociones utilizando etiquetas verbales, mejoran notablemente a la hora de categorizarlas, incluso aquellas emociones que aún no han dominado en su etapa del desarrollo (Nguyen et al, 2026).

 

 

Qué dicen los estudios de neurociencia

 

Al nombrar nuestros estados emocionales, activamos de forma incidental patrones de la corteza prefrontal que modulan la actividad del sistema límbico. Como resultado, se atenúa la actividad de la amígdala durante situaciones difíciles, se produce una reducción de la activación fisiológica (ej. nivel de conductancia de la piel) y del nivel percibido de estrés. Esto da lugar a una reducción de la experiencia negativa y un mejor control cognitivo durante la situación emocional (Burklund et al., 2014; Shukla y Mishra, 2026).

Cuando se realizan exposiciones a estímulos emocionales junto con etiquetas emocionales (ej. Ver la fotografía de un accidente junto con la palabra “tristeza”) se ha observado de forma consistente una mayor actividad de la corteza prefrontal ventrolateral y una menor actividad de la amígdala (Torre y Lieberman, 2018).

Este mismo circuito neurológico se fortalece cuando se realizan ejercicios de escritura narrativa respecto a eventos o estímulos negativos (Memarian et al., 2017).

Nombrar nuestras emociones pone en marcha estos procesos regulatorios de forma implícita y automática. Es decir, nombrar nuestras emociones tiene un efecto incluso aunque no nos lo propongamos. Esto lo distingue de otras técnicas de regulación emocional explícitas que requieren más esfuerzo cognitivo (Chen el al., 2026; Koole y Rothermund, 2011; citado en Torre y Lieberman, 2018).

De hecho, un estudio en el que se pidió durante un mes a los participantes que describieran sus estados emocionales, se encontró una mejoría en sus habilidades de regulación emocional, incluso sin haberles enseñado explícitamente ninguna técnica específica para ello (Nguyen et al., 2026).

 

 

 

Resultados prometedores en casos de ansiedad y trauma

 

Aunque aún los mecanismos subyacentes a este fenómeno se están investigando y los resultados son heterogéneos, se han demostrado claros beneficios del etiquetado emocional como técnica complementaria para trastornos de alta reactividad emocional, con poblaciones con estrés postraumático, trastornos de ansiedad y algunos síntomas somáticos (Shukla y Mishra, 2026, Chen et al. 2026).

  • Trastornos relacionados con ansiedad. En una investigación con pacientes con miedo a las arañas, se pidió a los participantes que, durante la terapia de exposición a imágenes de arañas, expresaran sus emociones, construyendo frases como “tengo miedo de que la araña salte sobre mí”. Los participantes que describieron de forma más rica sus estados de ansiedad y miedo respondieron mejor al tratamiento de terapia de exposición, en comparación con aquellos con los que se usaron otras técnicas como la distracción (ej. “Describe cómo sofá de tu salón”) (Kircanski et al., 2012; Lieberman et al., 2011; citado en Nguyen et al., 2026).

 

En tratamientos de ansiedad social, los investigadores han encontrado que la fuerza de la conexión entre la corteza prefrontal y amígdala durante en tareas de etiquetado emocional predecía el éxito del tratamiento, independientemente del tipo de terapia utilizada (Young et al., 2019). Por otro lado, un estudio de Niles et al. (2015) con personas con miedo a hablar en público añadió evidencia de que estrategias dirigidas a fortalecer estos circuitos neuronales mejoran la eficacia en tratamientos de ansiedad, sobre todo en pacientes con déficits en la regulación.

  • Trastornos de estrés postraumático. Se han encontrado resultados prometedores en terapias para reducir síntomas de trastorno de estrés postraumático en ex-combatientes de guerra, donde se produce mayor mejoría durante el tratamiento en los pacientes que recibieron un entrenamiento para describir emociones en imágenes aversivas relacionadas con combate (ej. “Veo una pistola, eso me asusta.). Además, en un estudio con personas que habían desarrollado trastorno de estrés postraumático debido a terremotos, volver a ver imágenes de terremotos les provocaba menor interferencia en tareas cognitivas cuando las imágenes iban acompañadas de etiquetas emocionales (Burklund et al., 2024, Huang et al, 2013; citado en Chen et al. 2026). 

 

Al nombrar las emociones que sentimos con recuerdos traumáticos, los mecanismos regulatorios implícitos ayudan a enfrentarse al recuerdo con una menor activación emocional, lo que promueve una relación con los estímulos más regulada. Además, el etiquetado emocional reduce la incertidumbre, lo que reduce la ambigüedad durante la exposición (Chen el al. 2026).

Estos mecanismos facilitarían el proceso de extinción de las respuestas de miedo, clave en terapias de exposición que suelen utilizarse para abordar trastornos relacionados con la ansiedad y el trauma. El mecanismo no sería la distracción, sino el uso del lenguaje como herramienta para procesar mejor las emociones (Chen et al., 2026; Torre y Lieberman, 2018).

 

 

¿Cuándo funciona? Resultados variables

 

Se cree que nombrar las emociones como técnica de regulación emocional depende fuertemente del contexto. Funcionaría mejor en contextos de emocionalidad moderada-alta, donde las palabras se introducen de forma externa, y en etapas iniciales del procesamiento de la emoción (Shukla y Mishra, 2026).

En concreto, se ha visto que cuando el malestar es bajo, el etiquetado podría aumentar la activación; por ejemplo, nombrar estados de enfado en escenarios cotidianos, como al conducir, puede aumentar emociones de agresividad (Levy-Gigi y Shamay-Tsoory, 2022). Sin embargo, sí ayuda a atenuar la emoción cuando esta es muy intensa, lo que explicaría por qué funciona en el caso de ansiedad, trauma y fobias, caracterizados por una alta reactividad emocional (Shukla y Mishra, 2026).

Es importante destacar que en algunos contextos clínicos se han arrojado resultados contradictorios, como en el caso de trastornos de abuso de sustancias o casos con síntomas depresivos, en los que esta técnica no regulaba la respuesta o aumentaba la intensidad emocional (McHugh et. al, 2024; citado en Shukla y Mishra, 2026; Given et al., 2025).

Comparado con otras técnicas de regulación, el etiquetado emocional puede atenuar la respuesta emocional en comparación con la simple observación de un estímulo. Sin embargo, frente a otras estrategias de regulación más explícitas, como la reevaluación cognitiva, los efectos son variables, y no siempre resulta más eficaz. Estas estrategias requieren reinterpretar deliberadamente la situación e implican en general un mayor esfuerzo cognitivo (Torre y Lieberman, 2018; Shukla y Mishra, 2026).

 

 

 

Conclusiones

Los efectos del etiquetado de emociones no actúan de forma aislada, sino que dependen fuertemente del contexto, como las propiedades del estímulo, tarea y características individuales. (Shukla y Mishra, 2026).

No solamente se ha mostrado que expresar las emociones con palabras puede reducir la intensidad de las mismas, sino que además el vocabulario emocional puede aprenderse y expandirse a lo largo del tiempo, lo que se ha relacionado con beneficios positivos (Nguyen et al., 2026).

Aunque aún hay resultados mixtos en distintos contextos y cuando se compara con otras estrategias de regulación más explícitas, el etiquetado emocional es un proceso implícito involucrado en procesos de regulación emocional (Torre y Lieberman, 2018).

La investigación es clara: poner palabras a experiencias emocionales es una técnica complementaria prometedora para ayudar a regular emociones en contextos y trastornos de alta emocionalidad tales como fobias, ansiedad y trauma. (Torre y Lieberman, 2018; Shukla y Mishra, 2026).

 

 

 

REFERENCIAS

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Burklund L.J., Davies C.D., Niles A., Torre J.B., Brown L., Vinograd M., Lieberman M.D. and Craske M.G. (2024) Affect labeling: a promising new neuroscience-based approach to treating combat-related PTSD in veterans. Front. Psychol. 15:1270424. doi: 10.3389/fpsyg.2024.1270424

Chen, J., van de Vijver, I., Kenemans, J. L., & Baas, J. M. P. (2026). Impact of affect labelling as an implicit emotion regulation strategy on negative and positive emotions. Cognition and Emotion, 1–18. https://doi.org/10.1080/02699931.2026.2616636

Givon, E., Meiran, N., & Goldenberg, A. (2026). The process of affect labeling. Trends in cognitive sciences, 30(5), 422–433. https://doi.org/10.1016/j.tics.2025.09.017

Kircanski, K., Lieberman, M. D., & Craske, M. G. (2012). Feelings into words: contributions of language to exposure therapy. Psychological science, 23(10), 1086–1091. https://doi.org/10.1177/0956797612443830

Levy-Gigi E., Shamay-Tsoory S. Affect labeling: The role of timing and intensity. PLoS One. 2022 Dec 29;17(12):e0279303. doi: 10.1371/journal.pone.0279303. PMID: 36580454; PMCID: PMC9799301.

Lieberman M.D. and Craske M.G. (2024) Affect labeling: a promising new neuroscience-based approach to treating combat-related PTSD in veterans. Front. Psychol. 15:1270424. doi: 10.3389/fpsyg.2024.1270424

Lindquist, K. A. (2013). Emotions Emerge from More Basic Psychological Ingredients: A Modern Psychological Constructionist Model. Emotion Review, 5(4), 356–368. https://doi.org/10.1177/1754073913489750

Memarian N., Torre J.B., Haltom K.E., Stanton A.L., Lieberman M.D.. Neural activity during affect labeling predicts expressive writing effects on well-being: GLM and SVM approaches. Soc Cogn Affect Neurosci. 2017 Sep 1;12(9):1437-1447. doi: 10.1093/scan/nsx084. PMID: 28992270; PMCID: PMC5629828.

Niles, A. N., Craske, M. G., Lieberman, M. D., & Hur, C. (2015). Affect labeling enhances exposure effectiveness for public speaking anxiety. Behaviour research and therapy, 68, 27–36. https://doi.org/10.1016/j.brat.2015.03.004

Nguyen, M. H., Rajendran, D. P. D., & Nanayakkara, S. C. (2025). Beyond happy and sad: Exploring granular affect labeling to enhance emotion regulation ability. International Journal of Human-Computer Studies, 194, Artículo 103403. https://doi.org/10.1016/j.ijhcs.2025.103723

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Torre, J. B., & Lieberman, M. D. (2018). Putting feelings into words: Affect labeling as implicit emotion regulation. Emotion Review, 10(2), 116–124. https://doi.org/10.1177/1754073917742706

Young, K. S., LeBeau, R. T., Niles, A. N., Hsu, K. J., Burklund, L. J., Mesri, B., Saxbe, D., Lieberman, M. D., & Craske, M. G. (2019). Neural connectivity during affect labeling predicts treatment response to psychological therapies for social anxiety disorder. Journal of affective disorders, 242, 105–110. https://doi.org/10.1016/j.jad.2018.08.016